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El acuífero Vanegas-Catorce: sujeto de derecho con todos los fundamentos

Tunuari Roberto Chávez González

El deterioro progresivo del acuífero Vanegas-Catorce, evidenciado por evaluaciones hidrogeológicas y análisis satelitales sistemáticos, confirma que este ecosistema subterráneo atraviesa un proceso acelerado de sobreexplotación, abatimiento y salinización que amenaza la continuidad ecológica del desierto chihuahuense y las prácticas culturales, espirituales y agrícolas en Wirikuta. De acuerdo con la actualización oficial de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), el acuífero presenta un déficit anual de 7.9 millones de m2 y una recarga natural muy limitada, acompañada de una intrusión creciente de aguas fósiles mineralizadas cuya extracción incrementa la conductividad eléctrica del agua y acelera procesos de degradación de suelos (Conagua, 2024).

El artículo técnico-divulgativo “Cuando la noche vuelve al desierto: el camino al colapso hidrológico en Wirikuta”, publicado en Verde Bandera, profundiza en esta tendencia mediante la comparación multianual de índices espectrales (DWSI y NDSaI) de imágenes Landsat 8, mostrando una pérdida sistemática de humedad superficial y un incremento en la salinidad del suelo, especialmente en la sierra de Catorce, zona clave de recarga para el sistema acuífero. (Silván Cárdenas y Chávez González, 2025). Estos patrones son coincidentes con la literatura internacional que documenta el colapso hidrológico de acuíferos áridos sometidos a presiones extractivas prolongadas, donde el abatimiento piezométrico provoca estados de degradación irreversible en escalas humanas (Scanlon, Healy y Cook, 2006; Markovich et al., 2019).

Sin embargo, la amenaza que enfrenta el acuífero trasciende la dimensión físico-química. En el altiplano potosino, el agua sostiene una estructura de vida donde lo agrícola, lo ritual, lo comunitario y lo ancestral se encuentran profundamente entrelazados. Las comunidades campesinas –muchas de ellas descendientes de los antiguos pueblos huachichiles (Valdés, 2015)– mantienen un repertorio ritual ligado a los ciclos del agua y del temporal que constituye un patrimonio vivo de enorme relevancia cultural. Entre estas prácticas destaca la fiesta de San Isidro Labrador, celebrada alrededor del 15 de mayo, que marca el inicio del ciclo agrícola y durante la cual se bendicen semillas, se procesionan imágenes religiosas por los campos y se realizan plegarias colectivas para solicitar lluvias oportunas. En numerosas localidades del altiplano, esta fiesta incluye danzas rituales de “petición de agua” ejecutadas por cuadrillas de danzantes vinculadas históricamente con las antiguas cofradías agrícolas, cuyos movimientos representan el llamado a las nubes y la invocación a los vientos húmedos.

Complementando este ciclo ceremonial están las danzas de agradecimiento por la lluvia, realizadas después de las primeras tormentas de verano, y la fiesta de las espigas, asociada al cuidado espiritual de la milpa y al agradecimiento por la cosecha. Estas prácticas están documentadas en diversos estudios de antropología rural del Bajío y el Altiplano que muestran cómo las comunidades mantienen una relación simbólica con el agua como entidad animada que responde, protege o se ofende según el equilibrio comunitario y ambiental (Arellano Hernández, 2002; Martínez y Sánchez, 2018).

En varias localidades del altiplano potosino persisten también rituales en pozos, ojos de agua y norias donde los campesinos ofrendan flores, velas o espigas para “despertar” el agua al inicio del ciclo agrícola o para “calmarla” cuando perciben señales de sequía o abatimiento. Esta regresión a lo simbólico reproducido desde las tradiciones rurales del norte de México muestra cómo el agua es reconocida no solo como recurso, sino como agente relacional (Galinier, 1990; López García, 2014).

En esta perspectiva campesina del desierto, el agua no es recurso exclusivo, sino vínculo relacional cuya disponibilidad expresa el equilibrio entre la comunidad, la tierra y el cielo. Esa ontología agrícola coincide, en un plano más profundo, con la visión espiritual wixárika, para quienes los manantiales de Wirikuta constituyen portales vivientes que comunican los diferentes niveles del cosmos, y donde el agua encarna palabra, voluntad y memoria ancestral (Neurath, 2013; Liffman, 2011). Aunque cada tradición comunitaria tiene su propio sistema ritual, ambas comparten la comprensión de que la vida agrícola y espiritual depende del respeto a los ciclos hidrológicos. Por ello, la degradación del acuífero no solo afecta la disponibilidad física del agua, sino que interrumpe procesos rituales que sostienen el tejido comunitario y han permitido la permanencia cultural en un territorio árido durante siglos.

En este sentido, el colapso del acuífero Vanegas-Catorce representa también una amenaza a los derechos culturales y espirituales de estas comunidades. El derecho internacional, incluyendo el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (2007), reconoce que los pueblos tienen derecho a mantener sus prácticas espirituales y ceremoniales vinculadas a sus territorios y recursos naturales. Estas normas cobran efectos a pueblos indígenas, para este caso, aplicable a los derechos relacionados con el pueblo wixárika; sin embargo, su espíritu es coherente también con la protección de comunidades rurales con arraigos territoriales profundos cuya identidad depende de sistemas ecológicos específicos, como ocurre en el altiplano potosino.

El derecho mexicano, aunque reconoce el derecho humano al agua en el Artículo 4° constitucional, no cuenta aún con mecanismos suficientes para proteger ecosistemas cuya degradación compromete la continuidad cultural de pueblos o comunidades. La Ley de Aguas Nacionales, que prohíbe otorgar nuevas concesiones en acuíferos sobreexplotados, no ha logrado frenar el deterioro del sistema ni la perforación irregular de pozos, incluso dentro del área natural protegida de Wirikuta. Esta insuficiencia revela la necesidad de un marco jurídico que reconozca la naturaleza como sujeto de derecho, capaz de defender su integridad mediante acciones legales autónomas.

Los precedentes latinoamericanos –como la Constitución de Ecuador (2008), la Ley de la Madre Tierra de Bolivia (2010), o las sentencias colombianas sobre el río Atrato (T-622/2016) y la Amazonía (STC-4360/2018)– muestran que el reconocimiento jurídico de ecosistemas es una herramienta viable y eficaz para activar deberes estatales de restauración ecológica y vigilancia intergeneracional. En México, casos como los cenotes de Yucatán o el río Atoyac demuestran que es posible avanzar en esta dirección desde la judicatura federal. Reconocer al acuífero Vanegas-Catorce como sujeto de derecho permitiría articular un modelo de protección que integre conocimientos hidrológicos, cosmovisiones indígenas y agriculturas rituales del desierto.

El deterioro del acuífero no es solo un fenómeno ambiental, sino la ruptura de un sistema cultural de larga duración. En un territorio donde campesinos y peregrinos han pedido la lluvia, bendecido las semillas, agradecido las cosechas y ofrendado a los manantiales durante siglos, la pérdida del agua equivale a la pérdida de un orden simbólico y agrícola entero. Por ello, la transición hacia un modelo ecocéntrico no es únicamente un imperativo ecológico sino una forma de justicia cultural. Reconocer jurídicamente al acuífero como sujeto de derecho significa garantizar la continuidad de las prácticas rituales que sostienen la vida en el altiplano potosino y respetar las múltiples formas en que estas comunidades han definido, cuidado y celebrado el agua como entidad viva.

Bibliografía

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Tunuari Roberto Chávez González