Espiritualidad y resistencia comunitaria en el desierto sagrado
Eduardo Guzmán Chávez
La Flor de la Conciencia nos convoca... Este desierto es un jardín rebelde. Fue un océano y es un jardín silvestre. Fue llanuras y pastizales con megafauna y es un jardín inmenso. El jardín de la conciencia universal es un semidesierto con la huella de la ‘hacienda’, modelo productivo que en mancuerna con la minería afianzaron la cultura campesina, desplazando hasta su desaparición a las poblaciones nómadas y modificando significativamente su paisaje, pero sigue siendo en pleno siglo XXI el escenario vibrante, impactado –tasajeado considerablemente por una modernidad delirante que en su expansión/extinción no deja de patalear su relato de dominio–, y, sin embargo, no deja de ser ese gran altar donde aconteció y acontece, gracias a la asombrosa persistencia de una noción existencial donde sacro y profano complementan armónicamente una vocación devocional en el pueblo wixárika, la epopeya cíclica renovadora de la iluminación del mundo que gira en ascenso naciente al mismo tiempo que desmoronado se derrumba un modelo insostenible de mundo viejo.
El que cae, mundo atascado de certezas y absolutismos, pretende arrastrar sin embargo lo que no alcanza o no puede entender o le produce pavor por su grado de simpleza y natural majestuosidad. Porque al gran altar de Wirikuta, en el desierto chihuahuense, quizá el más antiguo en México y probablemente el que con mayor vigencia sirve como fuente matriz que enciende y conecta en unidad la conciencia humanidad, le llaman templo, altar, lugar sagrado, universidad incluso, biblioteca sagrada o libro corazón y es un gran acuerdo de naturaleza agreste que levanta remolinos altos de tierra como palabra, y vibra como casa de conocimiento natural, fundamento de pueblos, tesoro biocultural de la humanidad y muy entendido y dispuesto en el diálogo con las serpientes de peregrinos para facilitar el tiempo fértil en la danza anual del planeta, para sanar y ordenar el camino directo del despertar espiritual en el linaje de los pueblos.
Sin embargo, esa matriz de vida es vulnerable a las retroexcavadoras, perforadoras, torres de energía eólica, bonos cuantiosos de química para sostener la dependencia que nubla la memoria y borra radicalmente los paisajes trasformándolos en productividad efímera altamente erosionante.
El altar de Wirikuta, oficialmente reconocido como una área natural protegida por el gobierno de San Luis Potosí con un polígono de 140 mil hectáreas, corre la suerte de otras reservas ecológicas de rango estatal o federal. Pueden contar con Plan de Manejo, ser depositarias de ciertas suertes presupuestales y atraer campañas que mejoren su perfil turístico. Pero si aparece el interés extractivista, por ejemplo de una empresa minera, se diluye cualquier retórica conservacionista. En todo México se tienen lamentables ejemplos de jugosos proyectos muy destructivos de la ecología, plenamente instalados en el corazón de reservas de la biosfera que por ser federales tendrían que ser las mejor cuidadas.
Wirikuta ha padecido el doble discurso de ostentar el membrete de reserva al mismo tiempo que los programas oficiales han promovido la expansión de una industria agroextractivista que arrasa radicalmente el paisaje, empobrece los suelos y agota aceleradamente los acuíferos.
Si el rango que implica una noción de protección ecológica obliga al gobierno como guardián, hay un acertijo difícil si el mismo gobierno está empeñado en subir los índices de productividad a costa de lo que sea. Una dependencia presume la importantísima área biocultural protegida y otra quizá con más presupuesto hace lucir al estado de San Luis Potosí como uno de los principales productores de jitomate y de huevo del país, a costa de haber borrado una buena parte del paisaje dentro del polígono reconocido.
Sin embargo, no podemos olvidar que los distintos reconocimientos pueden ser instrumentos valiosos y son resultantes de la gestión y la movilización del pueblo wixárika, de los campesinos locales y de la sociedad civil. Desde el primer convenio que hubo entre los wixaritari y las autoridades de los distintos ejidos por donde pasa la ruta a Wirikuta, desde los manantiales de Yoliatl, en el municipio de Villa de Ramos, hasta el Cerro del Quemado, en el municipio de Catorce (1989); pasando por los decretos estatales de 1994 y de 2001, el decreto presidencial de López Obrador en 2022, hasta el reciente, en julio de 2025, como patrimonio biocultural de la humanidad por la UNESCO, todos han tenido un trasfondo de resistencia comunitaria y entereza espiritual que rechaza como vía inevitable la del desarrollo ecocida.
Es histórico y gran ejemplo el proceso entre 2010 y 2013 para detener la viruela de concesiones mineras que permitió el gobierno de Felipe Calderón durante su sexenio. Más de 78 concesiones en la sierra de Catorce y en el bajío con la First Majestic Silver por delante amenazado en lo alto de la sierra. La singularidad de la defensa consistió en mantener como punta de la flecha la espiritualidad wixárika. Una red diversa de sociedad civil coordinada con autoridades tradicionales wixaritari y como fundamento y guía el canto de los sabios maraacate o chamanes en diálogo profundo con la naturaleza.
La ceremonia del Peritaje Tradicional en febrero de 2012, así llamada por ser los cantadores los peritos que consultaron el parecer de la Naturaleza como sujeto de derecho, como conjunto de personas sagradas espirituales con corazón y palabra propia, es el ejercicio que demuestra la vocación sagrada del territorio de Wirikuta como fuente de abundancia, como llave sagrada que abre los permisos para la fertilidad. Los rezos de esta ceremonia tuvieron efectos contundentes al romper con una de las peores sequías en más de medio siglo y al conseguir el amparo que detuvo desde 2012 el emprendimiento minero en el polígono de la reserva.
Un poco excedidos en el sentimiento de victoria al detener temporalmente a los consorcios mineros en un juicio aún no resuelto, se permitió el crecimiento en el bajío de los cultivos industriales de jitomate, chiles, plantas eólicas, y dos naves inmensas avícolas y porcícolas con amenaza de expandirse más.
Se trata no de inversiones exclusivamente privadas. Son coinversiones en las que orgullosamente aporta un porcentaje considerable el Estado. Y la estrategia elegida es quebrar la condición de propiedad colectiva de las tierras de uso común de los ejidos, a través, nada menos que de la Procuraduría Agraria; es decir, la instancia creada con la misión de proteger los núcleos agrarios desplegó en el municipio de Catorce a sus visitadores agrarios como facilitadores mediante métodos fraudulentos de la parcelación de las tierras de uso común.
El pequeño ejido de Las Margaritas, de 5 mil 700 hectáreas, crucial como lugar de arribo de todos los peregrinos del pueblo wixárika, ha sido desde 2022 el escenario de una disputa por la tierra. La mayoría de ejidatarios opuestos a la parcelación que la residencia en Matehuala de la Procuraduría Agraria (PA) daba por hecho con documentos falsificados, se coordinó con autoridades del Consejo Regional por la Defensa de Wirikuta (CRW) y lograron que la oficinas centrales de la PA intervinieran directamente destituyendo a la titular de la residencia Matehuala y apoyando la determinación mayoritaria que coincide con los dictámenes forestales avalados por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) y la propia PA que determinan, apegándose al Artículo 59 de la Ley Agraria, que la densidad de bosque que hay en Las Margaritas hacen inviable la parcelación de las tierras de uso común.
No es suficiente. Aunque la ley lo asienta con claridad, hay intereses poderosos pujando por convertir este paraíso de semidesierto en un gran corredor industrial. El solo decreto presidencial o el reconocimiento de la UNESCO no resuelven, podrían ser incluso caballos de troya que confundan, haciendo creer que ya están resguardados los tesoros bioculturales.
La clave es mantener fresca la atención, el diálogo de la espiritualidad profunda que dialoga con la naturaleza y la organización comunitaria abierta a propuestas renovadoras que se capacitan en la vía de cuidar la naturaleza con un enfoque que garantice bienestar o mejor aún buen vivir.
Es de agradecer la existencia de servidores públicos en instancias clave del gobierno federal aplicando la ley. Sabemos que el Estado no es un monolito. Dentro se dirimen posturas opuestas. Solo conformando una sincronía que tenga suficiente base social, que haya claridad y compromiso pueden garantizar el cuidado de esta hermosa biblioteca, esta flor de la conciencia que ahora nos convoca.
Eduardo Guzmán Chávez