Jícuri o peyote: la protección a una planta sagrada para los wixárica
Eduardo Guzmán Chávez
Una de las principales preocupaciones del pueblo wixárika es la escasez creciente de la planta sagrada llamada por ellos jícuri y muy ampliamente conocida con la voz náhuatl: peyote, cuyo nombre científico es Lophophora williamsii.
El sobrepastoreo, el calentamiento global y los bajos índices de lluvia son factores a los que se suman en los últimos 30 años el consumo un tanto voraz de peyote por personas no indígenas y el crecimiento de la agroindustria tomatera, chilera, apícola, porcícola y los parques eólicos, conformando el árbol de causas de esta disminución poblacional del peyote sobre todo en el polígono de Wirikuta en el municipio de Catorce, San Luis Potosí.
El jícuri-peyote, en la cosmovisión wixárika, es la huella que deja kauyumarie, el venado cola blanca, héroe civilizador que atraviesa los desafíos para lograr iluminar el mundo hasta entonces a oscuras.
En los alcaloides del jícuri vibra la epopeya de ese acontecimiento primigenio. Wirikuta es la biblioteca sagrada que contiene los libros que conectan a los peregrinos con la conciencia viva que trasciende las coordenadas de tiempo y espacio, transmitiendo consejos para cantar el equilibrio y la renovación de la vida.
Esta planta fue enjuiciada y prohibida en el periodo colonial y en la actualidad es considerada en el Código Federal de Salud de nuestro país como una droga sin ningún valor terapéutico. Solo algunas acotaciones en el Convenio de Viena de 1971, acuerdo mundial sobre la prohibición de sustancias consideradas drogas, permiten el uso del peyote al pueblo wixárika, y aunque se reconoce de manera implícita incluso en el Artículo 2 de nuestra Constitución, no hay ninguna ley en nuestro país que manifieste explícitamente el derecho del pueblo wixárika a su consumo. El intento de algunas asociaciones civiles y científicas por sacar al peyote de ese calabozo prohibicionista y legalizarlo fue rechazado por el pueblo wixárika. También se rechazó tajantemente por medio de una comisión manifestándose en el Senado de la República, un segundo intento no para legalizarlo sino para reclasificar, es decir, sin hacer legal su consumo, para simplemente quitarle su condición de droga.
El argumento por el cual las autoridades del pueblo wixárika se manifiestan en contra de la legalización y de la reclasificación es por el temor de que ambas vías puedan abrir la puerta al saqueo y a la posible entrada de conglomerados farmacéuticos adueñándose mediante patentes de esta planta sagrada.
Algunos defensores de la planta ubican a los visitantes no indígenas que consumen peyote como la principal causa depredadora, y desde hace años insisten en que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) “eleve” a planta en peligro de extinción, como una medida de salvación.
Nos preguntamos si mantenerla en nuestro Código Federal de Salud como una droga o mentir descaradamente diciendo que está en peligro de extinción cuando hay numerosas poblaciones en los estados de Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León, Chihuahua y San Luis Potosí, además de Querétaro, sean estrategias adecuadas.
Queremos exponer que una característica virtuosa de la cosmovisión wixárika para afrontar una situación difícil o delicada es mantener una postura firme positiva que vibra el resultado que se busca. Declararla en peligro de extinción es autoacorralarse en el miedo. Nosotros propondremos blindarla contra las farmacéuticas quitándole el calificativo de droga y que nuestras máximas leyes elevarán al jícuri como tesoro de la botánica nacional deteniendo el saqueo y promoviendo la reforestación del peyote y de toda la variedad botánica en la que se desenvuelve como huella y memoria ancestral.
Eduardo Guzmán Chávez