Ecoturismo marino: ciencia, conciencia y esperanza en un planeta azul — ecologica
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Ecoturismo marino: ciencia, conciencia y esperanza en un planeta azul

Óscar Guzón

Los océanos son el gran pulmón azul de la Tierra. Más de la mitad del oxígeno que respiramos proviene del trabajo silencioso del fitoplancton. Bajo la superficie oceánica se encuentra la mayor reserva de carbono del planeta.

Bucear con tiburones, flotar sobre un arrecife, remar entre manglares, nadar junto a una tortuga o encontrarse con una grandiosa ballena son experiencias que realmente tocan el núcleo personal. Cada vez que nos encontramos con el océano, nos vemos obligados a realizar tres actos sagrados: 1) observar con curiosidad, 2) tener un alto grado de respeto y 3) actuar siempre con responsabilidad.

Este texto considera cómo este impulso humano de aventurarse en el mar puede convertirse en una fuerza protectora. La observación de ballenas, por ejemplo, es mucho más que un espectáculo, pues también es una oportunidad para reflexionar sobre los límites entre la admiración y la perturbación, entre el amor y la indulgencia.

Beneficios tangibles de la observación de ballenas

El turismo de observación de ballenas sigue siendo una de las expresiones más poderosas del ecoturismo marino. La Comisión Ballenera Internacional (CBI) considera que este tipo de actividad económica genera entre 2 y 2.5 mil millones de dólares cada año, creando alrededor de 13 mil empleos directos. En Alaska, por ejemplo, creó un impacto económico de más de 103 millones de dólares solo en 2019.

En México, los números también hablan. En la laguna Ojo de Liebre, Baja California Sur, los viajes de observación de ballenas grises generan en promedio más de 3 millones de dólares por temporada. En otras lagunas, como San Ignacio, un estudio estima 0.7 millones de dólares en ingresos directos y más de 500 empleos.

La temporada de ballenas azules promedia más de 9 millones de pesos en Loreto. Y en Bahía de Banderas, el beneficio de la observación de ballenas jorobadas genera más de 34 millones de pesos. Para todos los corredores de ballenas, desde el golfo de California hasta el Pacífico sur, el impacto nacional podría ser de cientos de millones de pesos en un buen año.

Pero más allá de esta cifra, el verdadero valor reside en lo intangible. Un niño que ve una ballena por primera vez descubre que el mundo no está destinado a ser conquistado sino reverenciado.

Si se lleva a cabo correctamente, hoy cualquier persona que realice un viaje de observación de ballenas tiene la oportunidad de contribuir al conocimiento y la conservación de estos animales compartiendo sus fotografías, registros y observaciones. Se trata de un evento cada vez más popular conocido como ciencia ciudadana.

Peligros y consecuencias del desarrollo no regulado

Sin reglas claras, el turismo marino puede convertirse en su propia amenaza. Los barcos que se acercan demasiado a las ballenas, el ruido de los motores y la invasión de áreas de descanso y reproducción son todas malas prácticas que socavan la vida de los cetáceos: marsopas, delfines y ballenas. Alteran las rutas migratorias de estas últimas, interfieren con su comunicación, interrumpen la lactancia y el cuidado de sus crías, y aumentan sus niveles de estrés.

Muchos estudios han demostrado que la presencia constante de barcos puede alterar el número, la duración y el tono de los cantos de las ballenas jorobadas, incluso afectando su éxito reproductivo. Se ha observado que las poblaciones sometidas a una presión turística innecesaria abandonan temporal o permanentemente las áreas frecuentemente visitadas, con consecuencias directas en su distribución y densidad poblacional.

El ruido submarino –generado por motores, sonares y tráfico marítimo– ha sido identificado recientemente como un contaminante fantasmal que puede confundir a delfines y ballenas, alterando su ecolocalización y aumentando las posibilidades de varamientos.

Las colisiones con barcos resultan en un alto número de muertes, por lo que las medidas de reducción de velocidad en áreas críticas o el cambio de rutas marítimas podrían prevenir muchas muertes innecesarias.

En México, la NOM-131-SEMARNAT-2010, establece las directrices y especificaciones a las que deben adherirse las actividades de observación de ballenas, para asegurar su protección y conservación. Es una norma obligatoria para todos los proveedores de servicios que operan en aguas de jurisdicción federal.

Entre sus disposiciones se encuentran los límites para los tiempos de acercamiento y observación, así como el número máximo de embarcaciones permitidas cerca de estos cetáceos.

Sin embargo, la verificación gubernamental es escasa y la aplicación de la norma, desigual. En la práctica, la ausencia de supervisión efectiva ha convertido lo que debería ser una regulación firme en una recomendación opcional.

En ausencia de consecuencias reales, muchos proveedores de servicios ignoran la naturaleza obligatoria de la NOM-131-SEMARNAT, operando sin los permisos correspondientes. Esta omisión no solo representa un riesgo para las ballenas, sino también para los turistas que contratan estos servicios, además de fomentar una competencia desleal frente a quienes sí cumplen la ley y apuestan por un turismo responsable.

La ausencia de vigilancia socava en última instancia el propósito original de la norma: asegurar que la admiración por estos gigantes del mar no llegue a amenazar su supervivencia y la fuente de trabajo que genera.

Hay un daño menos obvio, igualmente significativo: la aculturación turística. Sucede cuando el mercado aplica su lógica y mercantiliza el conocimiento ancestral, cuando la relación sagrada entre las personas y el mar se convierte en un “producto marino” a la venta.

Gradualmente, la identidad local se diluye, el sentido de pertenencia se debilita y el respeto que permitió a generaciones establecer un equilibrio entre las personas y el océano desaparece.

Ese desafío ya no es solo técnico –no es solo una cuestión de regulación de distancias o tiempos– sino también ético. ¿Cómo mantenemos la fascinación humana por el mar, sin que esta fascinación nos convierta en invasores?

Porque cuando el turismo evoluciona sin educación ambiental, sin vigilancia continua y sin distribución equitativa de beneficios, ya no es un puente hacia la conservación, y se convierte también en una versión más amable –y por lo tanto más peligrosa– de la crisis que pretende combatir.

Para que el ecoturismo marino sea una fuerza útil y efectiva para un cambio positivo se deben tomar acciones concretas.

Por ejemplo:

  • Fortalecer las cooperativas y mantener los beneficios en las comunidades costeras, certificar a guías que capacitados en biología marina, ética ambiental y atención al visitante.
  • Integrar la ciencia ciudadana en cada recorrido: crear mapas de los avistamientos, documentar con fotografía y video y hacer notas sobre los comportamientos observados.
  • Reducir el impacto acústico con motores silenciosos, rutas rotativas y velocidades bajas.
  • Establecer zonas de exclusión y monitoreo, usando censos, registros acústicos y observación sistemática.
  • Fomentar alianzas entre gobierno, academia, organizaciones de la sociedad civil y comunidades para la educación y vigilancia ambiental.
  • Educar al visitante: mantener distancia, no gritar, no tirar basura, mirar con atención y gratitud.

Cada pequeña acción suma. Así, el turismo puede crecer sin agotarse.

Navegando hacia un futuro más azul

El ecoturismo marino nos ha enseñado cómo los humanos somos capaces de vivir en este planeta de una manera distinta. No se trata solo de salir a ver ballenas, sino de reconocer en el océano una memoria viva, una energía que nos sostiene y una herencia que compartimos con todo lo que respira.

Por supuesto, como humanos tenemos el derecho de existir, pero ese derecho realmente se sostiene solo cuando lo ejercemos con creatividad, humildad y amor.

Si diseñamos experiencias que traten a las ballenas con respeto, que generen conocimiento junto a las personas y comunidades, y que se conduzcan éticamente, entonces afirmaríamos nuestra propia vida con dignidad.

Cada viaje al mar puede ser algo más trascendente que una simple excursión y transformarse en un acto de conexión, una oportunidad para compartir el mismo pulso con otras formas de vida. Que el visitante escuche el latido del océano, que las comunidades costeras encuentren orgullo y futuro en su relación con el mar, y que las ballenas sigan cantando, porque, en el fondo, su canto también es el nuestro.

Que todo lo que hagamos con el mar, si lo elegimos conscientemente, se convierta en una forma de amor por la vida y la naturaleza.

Óscar Guzón
Museo Nacional de la Ballena
Correo-e: oscarguzon@gmail.com