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Del envase a la mesa: qué sabemos sobre los ftalatos en los alimentos infantiles

María Magdalena García Fabila y Araceli Amaya Chávez

El plástico nos rodea, está en las botellas de agua, los empaques del pan, envases de yogurt y hasta en los guantes que se usan para manipular alimentos. Pero muchos de esos plásticos contienen sustancias llamadas ftalatos, compuestos químicos que se agregan para dar flexibilidad y resistencia.

El problema es que no siempre se quedan en el plástico: pueden pasar a los alimentos y, finalmente, a nuestro cuerpo. Los ftalatos –como el DEHP, el DBP y el DEP– se han usado durante más de 80 años en productos cotidianos.

Diversos estudios internacionales han demostrado que pueden migrar desde envases, mangueras de procesamiento o películas plásticas hacia la comida, sobre todo cuando se trata de alimentos grasos.

Esto ocurre porque estas sustancias son “amigas” de la grasa: se disuelven mejor en ella que en el agua. Un estudio publicado en la revista científica Toxicology Reports en 2020 analizó la posible exposición a ftalatos a través de la dieta de niñas y niños mexicanos en edad escolar.

La investigación se realizó en la Zona Metropolitana del Valle de Toluca y consideró lo que comen habitualmente menores de entre 6 y 12 años. A partir de encuestas y datos internacionales sobre concentraciones de ftalatos en alimentos, se estimó cuánto podrían estar ingiriendo diariamente.

¿Qué encontraron?: El compuesto con mayor presencia en alimentos es el DEHP. Se ha detectado en cereales, pan, pollo, lácteos, aceites y embutidos. En especial, los productos con alto contenido de grasa –como crema, aceites y algunos quesos– suelen presentar concentraciones más elevadas.

También los cereales procesados, muy consumidos por la población infantil, han mostrado niveles importantes en distintos países. Cuando estas sustancias entran al cuerpo se transforman en compuestos más pequeños que pueden circular por la sangre y eliminarse principalmente por la orina.

Sin embargo, la exposición constante, aunque sea en pequeñas cantidades, es lo que preocupa. Organismos como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria han establecido límites de ingesta diaria tolerable, es decir, cantidades que se consideran seguras a lo largo de la vida.

El detalle es que, en ciertos escenarios de consumo elevado o cuando se consideran las concentraciones máximas reportadas en alimentos, esos límites podrían superarse.

¿Por qué importa esto? Porque diversos trabajos científicos han asociado la exposición a algunos ftalatos con alteraciones hormonales.

Se les considera disruptores endocrinos: sustancias que pueden interferir con el sistema hormonal. En estudios experimentales se han relacionado con efectos en órganos internos y con posibles impactos en el desarrollo reproductivo. En población infantil, que está en una etapa crítica de crecimiento, la vigilancia es aun más importante.

Esto no significa que debamos entrar en pánico o dejar de comer. Significa que necesitamos información y regulación. En muchos países se han fortalecido las normas sobre el uso de ftalatos en juguetes y artículos infantiles, pero el tema de los empaques y materiales en contacto con alimentos sigue siendo un reto, especialmente en América Latina.

También hay acciones sencillas que pueden ayudar a reducir la exposición: preferir alimentos frescos sobre ultraprocesados, evitar calentar comida en recipientes plásticos que no estén diseñados para ello, no reutilizar envases desechables y optar por vidrio o acero inoxidable cuando sea posible.

Son pequeños cambios que, sumados, pueden marcar diferencia. La ciencia cumple aquí un papel clave. Estudios como el publicado en 2020 muestran que es posible estimar riesgos y anticipar problemas antes de que se conviertan en crisis de salud pública.

Pero también evidencian la necesidad de realizar mediciones directas en alimentos producidos y consumidos localmente, para contar con datos propios y tomar decisiones informadas.

En pocas palabras: los ftalatos son parte invisible de nuestra vida moderna. No los vemos, no los olemos, no los saboreamos. Sin embargo, están ahí. La buena noticia es que la información científica avanza, y cada vez sabemos más sobre cómo reducir riesgos.

Consumir con conciencia, exigir mejores regulaciones y apoyar la investigación sobre todos estos problemas son pasos fundamentales para proteger, sobre todo, a quienes más lo necesitan: nuestras niñas y niños.

María Magdalena García Fabila y Araceli Amaya Chávez
Facultad de Química de la UAEMex,Toluca, estado de México
Correos-e: mmgarciaf@uaemex.mx y aamayac@uaemex.mx