El buque Dr. Jorge Carranza Fraser zarpa a la pesca del sargazo
Óscar Reyes, Emanuel Uc, Laura Carrillo, Roberto Vallarta, Daniel Hernández, Mario Vásquez, Leslie Altamirano, Alberto Bartoleño, Pedro May, José Ahuatzin, Víctor Martínez, Selene Morales, Thalia Herrera, Teresa Esparza, Yadian Israel La Rosa, Karla Camacho, Eduardo Cuevas e Iván Oribe
México. Quintana Roo. Cozumel. En el muelle Punta Langosta, las amarras del buque de investigación Dr.Jorge Carranza Fraser descansan sobre los bolardos.
Flotando en las aguas cristalinas del Caribe, teñido por los tonos ocres del atardecer, el barco espera –con la pasarela ya armada– el abordaje de su tripulación y de los investigadores que partirán hacia su siguiente expedición.
El arribo masivo del sargazo que comenzó en 2015 ha generado amplios debates sobre su origen, manejo y disposición final. A lo largo de los años, su presencia ha provocado inconformidad y preocupación en el Caribe mexicano.
Sus efectos son evidentes: una disminución en los ingresos turísticos, daños a la salud pública y un deterioro progresivo de los ecosistemas costeros.
Sin embargo, como cantaba Willie Colón, “si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada”. Esa filosofía fue tomada como timón por varios emprendedores de las extensas costas del mar Caribe, quienes vieron en el sargazo no solo un problema, sino una oportunidad.
Así, actualmente se avanza en el desarrollo de tecnologías de las grandes cantidades de esta macroalga hacia su transformación en materia prima para la elaboración de fertilizantes, biocombustibles, alginatos, fuentes de energía y biomateriales, entre otros productos.
El interés y la urgencia por enfrentar el problema del arribo masivo de sargazo motivaron el estudio de su distribución, abundancia y de la biodiversidad asociada a las grandes balsas de sargazo que flotan y viajan impulsadas por las intrincadas corrientes del océano, antes de que varen en las costas y puertos de Quintana Roo.
En este contexto se vislumbra el propósito de fondear el buque de investigación Dr. Jorge Carranza Fraser, a cargo del Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS), en la llamada isla de Las Golondrinas
– Kuzumil, como la nombraron los antiguos mayas.
Desde allí partió una expedición de quince días que recorrió cerca de dos mil millas náuticas en busca del sargazo a lo largo de la zona económica exclusiva de México.
Conformada por investigadores y estudiantes de diversas instituciones del país – ávidos de llenar los vacíos de conocimiento que aún persisten sobre este fenómeno–, y una tripulación dispuesta y entusiasta, la nave zarpa con rumbo norte hacia la primera estación oceanográfica.
Expectativa, oleaje, camaradería y buena comida dominan el ambiente de navegación y trabajo. En la cubierta de popa, entre maquinillas, malacates y aparejos, una lancha de siete metros con motor fuera de borda permanece afirmada y lista para ser desplegada.
Al llegar a las estaciones oceanográficas previstas en el derrotero del buque, cada área de investigación inicia sus labores. La navegación continúa, hasta que por los radios se escucha “lancha” preparen todo, una palabra que se convirtió al equivalente de “fuego” en un cuartel de bomberos.
Desde el puente de mando del buque han avistado una balsa de sargazo de dimensiones considerables que merece ser evaluada con mayor detalle.
De inmediato, las áreas de trabajo se coordinan con el capitán y su tripulación para la botadura de la embarcación menor.
Colgada a unos seis metros de altura del cable de la grúa, sostenida por cuerdas que hacen las veces de vientos, la lancha –antes asegurada en cubierta– desciende lentamente hasta tocar la superficie. El mar está en calma. Desde estribor, en el pantano, los investigadores y el capitán de la lancha abordan junto con la instrumentación, el material y las artes de colecta. Liberan las amarras y, con un empujón firme, se separan del Carranza.
–¿Hacia dónde, Mario?, pregunta Jesús por radio, pues a nivel del agua el horizonte es distinto al que se tiene ocho metros arriba.
–Hacia el sur, unos doscientos metros.
–En camino, responde Pedro, el capitán, mientras empuja la palanca del acelerador y la lancha avanza sobre el mar tranquilo.
Una balsa de sargazo bien estructurada, de unos dos kilómetros de largo por ochenta metros de ancho, flota en calma. El alga se observa “fresca” y abundante, formando una masa densa de aproximadamente cincuenta centímetros de grosor que proyecta una amplia sombra bajo la superficie.
En ese refugio se agrupan cardúmenes de peces, pequeños y grandes, que aprovechan la penumbra; mientras, organismos crípticos –como diminutos cangrejos y peces camuflados– se posan sobre el sargazo o se deslizan entre sus frondas, creando un mosaico de vida en miniatura.
Sobre la balsa se libera una boya destinada a registrar el estado del mar y las condiciones meteorológicas del sitio, en colaboración remota con la UNAM, Unidad Puerto Morelos.
En la popa de la lancha, Manu y Oscar armados con un equipo multiparamétrico y un CTD Sea Bird 19 –guerrero de mil batallas–miden las variables esenciales del océano: temperatura, salinidad, oxígeno disuelto, pH, potencial de óxido-reducción (ORP), luz, turbidez y clorofila.
Los registros se realizan tanto en la superficie de la balsa como a lo largo de un perfil de treinta metros, a razón de cuatro datos por segundo, en colaboración con El Colegio de la Frontera Sur y el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados.
“El agua y los burritos para Karla están listos”, comenta Bart, refiriéndose a las colectas para análisis de nutrientes, metales pesados e isótopos estables del sargazo, en colaboración con Ecosur, Cinvestav-Irapuato y el Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas (Cicimar).
“¡Podemos pasar a la pesca del sargazo!”, grita alguien. Con diferentes artes se colecta el material para determinar su biomasa, densidad, dominancia de especies y los organismos asociados.
La última “pesca”, una red de zooplancton adaptada de tres metros de largo llega tan repleta y pesada que se requieren tres personas –y mucho sudor– para subirla por la borda.
Al lograrlo, se recupera la boya liberada al inicio. Con la sensación de haber hecho una gran captura, como pescadores que regresan con el sustento, la tripulación vuelve al Carranza una hora después. Daniel y el resto del equipo esperan el abordaje y el cobro de la lancha, maniobra complicada por el mar que ya no está tan en calma como al momento de partir, pero que culmina con éxito.
Durante los días siguientes de la expedición, el clima no fue precisamente el mejor aliado; aun así, las actividades de lancha y barco continuaron, entre mareas cambiantes y cielos inciertos.
A la hora de la comida, todos esperaban no escuchar la palabra lancha. Pero, al fin y al cabo, no se trataba de un crucero turístico por el Caribe, sino de una travesía científica, y la actitud del equipo se mantuvo siempre firme y propositiva en su misión: la pesca del sargazo.
Óscar Reyes, Emanuel Uc, Laura Carrillo, Roberto Vallarta, Daniel Hernández, Mario Vásquez, Leslie Altamirano,
Alberto Bartoleño, Pedro May, José Ahuatzin, Víctor Martínez, Selene Morales, Thalia Herrera, Teresa Esparza,
Yadian Israel La Rosa, Karla Camacho, Eduardo Cuevas e Iván Oribe
Correo-e: oscar.reyes@ecosur.mx