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Oceanografía física: clave para conocer las trayectorias del sargazo

Laura Carrillo y Óscar Fabián Reyes Mendoza

El sargazo que llega a la playa viene de lejos: comenzó su travesía cientos de kilómetros en mar abierto. Viaja durante semanas por el Gran Caribe como sobre un “tapete rodante” movido por corrientes, vientos y olas. La oceanografía física–el estudio de corrientes marinas, vientos y olas–es la brújula que nos permite entender ese trayecto.

Y aquí los cruceros científicos como los impulsados por el Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables, junto con instituciones aliadas como ECOSUR, son decisivos: llevan instrumentos, personas y preguntas de investigación al lugar correcto, en el momento justo, para traducir procesos oceánicos complejos en información útil para la gestión y el aprovechamiento sustentable.

La cinta transportadora del Mar Caribe

El sargazo pelágico que llega a las costas del Caribe mexicano viene viajando desde el centro del Atlántico. Imaginemos el mar como una gran banda transportadora que lo empuja durante semanas: a escala regional, las corrientes dominantes lo conducen desde el Atlántico y las Antillas a través del Caribe –primero la corriente del Caribe hacia la cuenca Caimán y, más cerca de México, la corriente de Yucatán que viaja a lo largo de la costa de Quintana Roo y entra por el canal de Yucatán rumbo al Golfo de México.

Sobre esa “banda transportadora” actúan los vientos alisios –del este– que empujan los parches hacia el oeste y noroeste, mientras el oleaje puede acelerar o frenar su llegada a la costa.

En el camino, remolinos desprendidos de las corrientes principales atrapan y transportan grandes masas de sargazo, creando desvíos y acumulaciones. Juntos, estos motores (corrientes, remolinos) del océano definen rutas preferenciales y “ventanas” de arribo que explican por qué algunas playas reciben más sargazo que otras.

En décadas pasadas, el sargazo pelágico llegaba solo de forma estacional y en cantidades pequeñas.

Pero la última década cambió: hoy la cantidad de masa de sargazo es tanta que “dibuja” las corrientes principales desde África hasta la península de Yucatán, formando el llamado “gran cinturón de sargazo del Atlántico”.

De mar abierto a la costa: puertas de entrada

Al aproximarse a la península de Yucatán, el relieve submarino y las islas actúan como “canales” que dirigen el sargazo. Zonas como banco Chinchorro o Cozumel pueden favorecer acumulaciones o desvíos.

En esta franja, remolinos y contracorrientes de decenas de kilómetros funcionan como “trampas” temporales: retienen, concentran o liberan los parches, esto se ha visto por ejemplo al sur de isla Cozumel, frente a Tulum, donde estos remolinos han sido registrados y las acumulaciones de sargazo son percibidas desde los satélites.

¿Qué hace un crucero oceanográfico?

Para entender las arribazones masivas de sargazo necesitamos “armar el rompecabezas” con evidencias científicas: datos, mediciones y observaciones. El fenómeno es complejo y requiere múltiples perspectivas.

Mientras otras disciplinas abordan la biología o la química del sargazo, desde la oceanografía física buscamos responder cómo se transporta y dispersa, y cómo las propiedades del agua –temperatura y salinidad– pueden influir en su crecimiento. Para ello usamos diversas plataformas de observación y una clave son los buques oceanográficos.

Aunque hoy contamos con valiosos datos satelitales para estudiar los océanos y el fenómeno del sargazo, estos miran sobre todo la superficie del mar. El océano se estudia en tres dimensiones: bajo la superficie suele formarse una termoclina, una “frontera” donde la temperatura cae rápido con la profundidad y cambia la densidad del agua.

Esa capa, junto con la variación vertical de calor, nutrientes y corrientes, condiciona el viaje del sargazo y su crecimiento. Con las campañas oceanográficas podemos obtener este tipo de información.

Los buques oceanográficos son laboratorios flotantes que operan 24/7. A bordo medimos la temperatura y la salinidad de toda la columna de agua usando un CTD (por sus siglas en inglés, conductivity, temperature and depth) y se recolectan muestras de agua en profundidades de interés con botellas Niskin diseñadas para resistir altas presiones.

Mapeamos las corrientes con perfiladores acústicos Doppler (ADCP), que miden su velocidad y dirección desde la superficie hasta una profundidad determinada, y se despliegan boyas a la deriva que transmiten su posición y dibujan rutas reales de transporte. También realizamos observaciones directas de parches –tamaño, densidad, especie dominante–, apoyadas con cámaras y drones.

Los cruceros oceanográficos aportan la “verdad de campo” que necesitan 1) los satélites para validarse (presencia, extensión del sargazo) y 2) los modelos numéricos para ajustarse a las condiciones reales (velocidades de corriente, estructura vertical).

Esta información in situ se integra con observaciones satelitales (color, temperatura y altura del mar) y con mediciones costeras: radares que leen corrientes, estaciones meteorológicas que registran viento y presión, e instrumentos en aguas someras que monitorean corrientes, oleaje y nivel del mar.

Mejorar el manejo y el aprovechamiento

Medir es esencial, pero lo clave es transformar datos en decisiones. La combinación de observaciones marinas, costeras y satelitales permite un sistema de alerta temprana útil para municipios y sectores productivos.

Anticipar el arribo del sargazo facilita colocar barreras, organizar brigadas y optimizar esfuerzos. Cuando la biomasa se recolecta en condiciones controladas, puede aprovecharse de forma sostenible (ej. en bioproductos), reduciendo lo que llega a las playas.

La oceanografía no elimina el sargazo, pero disminuye sus costos ecológicos y económicos al brindar una ventaja de días o semanas. Para ello, esta información se analiza con la oceanografía física para entender cómo las corrientes transportan el sargazo y generar predicciones confiables de su arribo mediante modelación numérica, por ejemplo: ¿Qué tan probable es que un parche identificado con imágenes de satélite que hoy está mar afuera llegue a Tulum? ¿Por qué ruta se moverá?, ¿Dónde sería viable implementar sistemas de cosecha?, ¿cuándo y cuánto llegará a cada tramo de costa para proponer acciones de mitigación y aprovechamiento del recurso?, ¿qué pasa si cambian los vientos y oleaje?, ¿ese arribo se adelanta, se retrasa o se disipa?, ¿Dónde conviene priorizar la limpieza en playa y la logística de disposición?

Así, la evidencia oceanográfica se puede traducir en pronósticos útiles para planear limpieza, logística, acciones de prevención en playa, así como promover el aprovechamiento del sargazo.

Ciencia en red: colaboración que multiplica

Los cruceros oceanográficos como los del IMIPAS son nodos de una amplia red inter-
institucional, donde universidades, centros públicos de investigación, dependencias gubernamentales y organizaciones locales, a través de proyectos estratégicos, suman capacidades para mantener campañas en temporadas clave y fortalecer plataformas abiertas de datos. El objetivo: que cada dato del mar mejore una decisión en tierra.

La historia del sargazo comienza mucho antes de llegar a la playa. Entender el mar que lo transporta y medirlo con rigor permite anticiparse con inteligencia. Con los cruceros del IMIPAS y la cooperación entre instituciones, México avanza hacia un manejo más informado y eficaz del sargazo.

Laura Carrillo y Óscar Fabián Reyes Mendoza
Correo-e: lcarrillo@ecosur.mx