El eco del fracking: desde Texas hasta el golfo de California
Claudia Campero Arena y Andrea Villarreal Rodríguez
Vista desde el espacio, la cuenca Pérmica parece un gigantesco circuito trazado sobre el desierto. Caminos de terracería conectan cientos de miles de plataformas de perforación sobre el paisaje árido del oeste de Texas, en Estados Unidos de América.
En conjunto, forman una red industrial que se expande año tras año y que ha convertido a esta región en uno de los territorios más intensamente explotados del planeta.
Bajo ese paisaje se encuentra una de las formaciones petroleras más productivas de Norteamérica. Durante décadas se extrajo petróleo mediante métodos convencionales, pero en los últimos veinte años una tecnología transformó la escala de la extracción: la fractura hidráulica, mejor conocida como fracking.
Gracias a esta técnica, la cuenca Pérmica se convirtió en uno de los mayores centros de producción de gas y petróleo en el mundo.
El fracking permite extraer hidrocarburos atrapados en lutitas, rocas compactas donde el gas y el petróleo quedaron atrapados durante millones de años. Está bien documentado cómo este proceso deja una huella ambiental profunda en los territorios donde se practica.
El auge de la fractura hidráulica en la cuenca Pérmica ha generado un excedente de gas “natural”, producido a un ritmo mayor del que el mercado de hidrocarburos puede absorber.
Cuando no existen suficientes gasoductos para transportarlo, las empresas lo queman en mecheros visibles desde kilómetros de distancia o lo liberan directamente a la atmósfera. Este excedente ha empujado a la industria a buscar nuevos mercados, especialmente en Asia.
Países como Japón, Corea del Sur y China son importadores de gas natural licuado, transportado principalmente por barco desde distintas regiones del mundo. Para recorrer esas distancias, el gas debe convertirse en líquido. Enfriado a temperaturas extremas, se reduce su volumen y puede cargarse en enormes buques metaneros capaces de cruzar océanos.
En los últimos años, las empresas energéticas han comenzado a mirar hacia el noroeste de México como una puerta de salida para ese gas excedente del fracking estadounidense. Una de las razones es que exportar gas desde la costa del Pacífico permite acortar de manera significativa la distancia hacia los mercados asiáticos.
Desde la costa de Texas y Luisiana en el Golfo de México, los buques metaneros tienen que cruzar el canal de Panamá, cuyo tránsito se ha vuelto más limitado por la sequía, o rodear Sudamérica para llegar al Pacífico. En cambio, licuar el gas en el Golfo de California reduciría la ruta hacia los países asiáticos en casi un tercio, abaratando tiempos y costos de transporte.
Además, en la costa oeste de Estados Unidos, numerosos proyectos han enfrentado una fuerte oposición social y ambiental que ha frenado su construcción.
En el Golfo de California, conocido como el acuario del mundo, se han propuesto varios proyectos de terminales de gas natural licuado para exportación. Dos de ellos siguen en pie.
El primero es Saguaro, la terminal que tendría la mayor capacidad en el país, planeada en puerto Libertad, un pueblo pesquero en Sonora.
El segundo es Amigo LNG, en Guaymas, Sonora, que contempla una terminal flotante para embarcar el gas. Un tercer proyecto, Vista Pacífico LNG, proyectado para el norte de Sinaloa, fue cancelado en marzo de 2026 gracias a la resistencia de los pueblos mayo-yoremes.
Desde el colectivo ¿Ballenas o gas? trabajamos por la cancelación de estos proyectos. El golfo de California es uno de los ecosistemas marinos más ricos del planeta. En estas aguas viven o transitan cerca del 40 por ciento de las especies de mamíferos marinos del mundo: ballenas, cachalotes, orcas y delfines que cada año recorren estas rutas.
La construcción de estas terminales implicaría transformar este ecosistema en un corredor industrial: dragado del fondo marino, ruido submarino constante, tráfico intensivo de buques y el riesgo permanente de colisiones con ballenas, que hoy constituyen su principal causa de muerte. Cada barco que entra y sale sumaría nuevas presiones sobre un ecosistema que hoy funciona como santuario de vida marina.
Las terminales de licuefacción proyectadas en el Golfo de California son la extensión del gigantesco circuito del fracking que comienza en Texas.
Autorizarlas significa prolongar la dependencia de los combustibles fósiles justo cuando la ciencia advierte que debemos reducirla con urgencia. Estos proyectos buscan resolver un problema creado por la propia industria: el exceso de gas producido por el fracking.
Para hacerlo, pretenden sacrificar nuevos territorios, incorporando al Golfo a un modelo energético que insiste en expandirse. Sin embargo, cada día queda más claro que las comunidades de la región y miles de personas en todo el país no están dispuestas a permitirlo.
En estas aguas aún estamos a tiempo de decidir: ¿ballenas o gas?
Claudia Campero Arena y Andrea Villarreal Rodríguez
¿Ballenas o Gas?
Correo-e: ballenasogas@gmail.com