Si las plantas hablaran... ¿qué opinarían del fracking?
Carla Flores Lot
Durante un recorrido en la Sierra Norte de Puebla y la zona de Poza Rica-Papantla, en Veracruz, visitamos algunos pozos donde se ha hecho fracking y observé que las plantas de alrededor se veían estresadas. Plátanos, naranjas, maíz y vegetación silvestre con hojas amarillentas, bordes quemados, poco desarrolladas y con el tejido distendido, muy poco turgente, apachurrado... tristes pues.
Al levantar la vista se observaba un paisaje que no lograba ser ese mosaico de verdes vibrantes de la región de Chicontepec, sino una batalla áspera por la supervivencia. Le pregunté a don Tomás, quien nos acompañó en uno de los trayectos, que qué tal sabían las naranjas y me dijo que no siempre se lograban, o que crecían muy pequeñitas.
De inmediato recordé una frase que nos decía el maestro de botánica en la Facultad de Ciencias “una planta dedica mucha energía a reproducirse, por lo que si hay flor o fruto sanos es porque las demás necesidades están cubiertas”.
Entonces empezaron a rondar las preguntas ¿habrá deficiencia de nitrógeno? ¿o exceso de sal...? con eso de que con el fracking salen estas salmueras... estaría bueno hacer análisis de suelo, de agua... también puede estar muy compactado el suelo, ¿se estarán asfixiando las raíces?
El fracking o fracturamiento hidráulico ocupa enormes volúmenes de agua, de ocho a 80 millones de litros por fractura por pozo, y cada pozo puede tener más de 100 fracturas. El fluido que se inyecta es aproximadamente 90 por ciento agua, 9 por ciento arena y 1 por ciento de aditivos químicos, muchos de ellos tóxicos.
Este 1 por ciento suena a poco, pero corresponde a cientos de miles de litros en cada pozo, cuya mezcla tiene biocidas, surfactantes (eliminan tensión superficial), inhibidores de corrosión, lubricantes, gelificantes y disolventes, estos últimos pueden ser ácidos y compuestos orgánicos volátiles (COV), como el cuarteto de benceno, tolueno, etilbenceno y xileno o BTEX. Pero conocer el contenido específico de este cóctel es prácticamente imposible, dado que lo consideran “secreto comercial”, como la receta del refresco en la lata roja.
Lo que mencionan en ciertos estudios es que el 75 por ciento de estos químicos provocan afectaciones respiratorias, gastrointestinales, dermatológicas y oculares; del 40 al 50 por ciento son neuro, inmune y nefrotóxicos, 37 por ciento son disruptores endócrinos y 25 por ciento son carcinogénicos.
Todo esto se mezcla con salmueras que existen naturalmente atrapadas en la roca, pero que con los eventos de fractura son liberadas junto con otros elementos presentes, como material radiactivo, hidrocarburos y metales pesados.
El resultado es un caldo tóxico llamado agua de retorno, con un contenido de sal hasta diez veces mayor que el agua de mar, y que puede migrar por grietas del subsuelo, fugarse por fisuras del tubo de revestimiento o derramarse en suelos y cuerpos de agua por gestiones deficientes durante la recuperación, almacenamiento, transporte y disposición final.
Estos derrames y fugas son más comunes de lo que creemos: en Dakota del Norte se han registrado más de 600 derrames en un solo año y la tasa de fugas en los revestimientos llega al 10 por ciento por pozo.
Tanto el acaparamiento de agua como la posible transferencia de fluidos de retorno al suelo fértil o reservas de agua tiene severas consecuencias para las plantaciones.
En Estados Unidos, donde el fracking es una práctica generalizada y regulada, se han identificado diversas reservas de agua agrícola con altos niveles de metano, sal y diversos cloruros (de potasio, sodio y magnesio) y, por teledetección, se ha identificado un exceso de salmuera justo en zonas con fracking.
¿Y la salmuera daña los cultivos? En el condado de Kern, California, donde se hicieron pruebas en cultivos de cerezas y almendras que se estaban perdiendo, se identificó que el agua de riego contenía los mismos compuestos salinos derivados de los pozos de fracking, sal y boro, evidenciando que las inyecciones de fluidos contaminaron las aguas subterráneas que se utilizan para el riego.
Los excesos de sal desestabilizan el suelo, interfieren con el proceso de fotosíntesis, deterioran el flujo de agua a través de las membranas y la captación de nutrientes, provocando deshidratación, amarillamiento de la planta y la pérdida de energía para el crecimiento.
Lo anterior resulta en que, además de que empiezan a llegar especies amantes de la sal o halófitas, que desplazan a la vegetación local, las parcelas cercanas a pozos con fracking tienen un bajo índice de salud foliar (hojas sanas) y cultivos poco productivos.
En Alberta, Canadá, se han registrado pérdidas de hasta el 16 por ciento en el ingreso anual por agricultura de riego en zonas de fracking. Y no solo no se logran las plantaciones, las cosechas que se obtienen pueden contener material radiactivo o metales pesados, que han sido detectados en el ganado y las personas que las consumen.
“Pero si hay mucho gas barato, baja el precio de los fertilizantes”, dicen algunas voces, pero olvidan que ante un suelo deteriorado, agua contaminada y plantas débiles o enfermas, aumenta el volumen de fertilizante requerido, lo que beneficia al productor de fertilizantes y no al campesino, ni al suelo, ni al agua, ni a la vegetación, ni a la salud de las personas expuestas. El fracking no puede coexistir con las plantas y la agricultura sin perjudicarlas.
No hay tal cosa como “mejor” fracking, no hay tal cosa como aditivos amables con el medio ambiente; orgánicos o biodegradables, son siempre tóxicos. Ninguna de las técnicas existentes es infalible y las alternativas son tan costosas e inviables que no se practican en ningún lugar donde se explotan yacimientos no convencionales.
Implementar cualquier tipo de fracking implica la liberación de sustancias tóxicas. Es solo una bomba de tiempo.
Y sí, las plantas están tristes pues.
Carla Flores Lot
CartoCrítica
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