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ABRIENDO GRIETAS EN LA GRAN CIUDAD / 296

RAÚL ZIBECHI

Recorrer las instalaciones del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), tomado desde hace más de un año por la comunidad otomí radicada en la Ciudad de México, supone ingresar en los calendarios y las geografías de las resistencias al despojo. Carteles de Samir Flores, del CNI-CIG y del EZLN, de la oposición al Tren Maya y a otros mega emprendimientos, tapizan las paredes junto a las artesanías otomís, entre las que destacan las ya célebres muñecas Lele. El enorme edificio diseñado para la gestión de políticas indigenistas funcionales al despojo se ha convertido, desde el 12 de octubre de 2020, en bastión de las dignidades.

Apenas se traspone el umbral del recinto, se hace visible la organización rigurosa de la comunidad ocupante. Seguridad colectiva, espacios delimitados, limpios y ordenados, zonas dedicadas a niñas y niños, áreas para reuniones y talleres, para comedor y escuelita. Las mujeres toman la delantera relatando la larga historia que las llevó a la ocupación del INPI, esbozando un tapiz de memorias tejidas con pasión y orgullo, espacio que bautizaron Casa de los Pueblos Samir Flores Soberanes.

Las familias otomís comenzaron a llegar a la Ciudad de México hace cuatro o cinco décadas, expulsadas de sus territorios ancestrales por la falta de trabajo, por ese desastre que llaman desarrollo. La emigración fue más individual que familiar, según el relato de Gilberto. Llegaban a la gran ciudad para vender sus artesanías, pero debían dormir en estaciones de metro o en glorietas y se regresaban a los 15 días para retornar con más productos. “Tuvo que suceder una desgracia para que comenzara la organización, hace ya 20 años”.

Se refiere a la primera toma de un predio, en la Colonia Roma (Guanajuato 125), que representó un salto adelante en la organización, al hacer posible que las familias atomizadas comenzaran a construir comunidad. Un cambio cualitativo en la historia urbana otomí de similar envergadura al que representa la toma del INPI. Contar con espacios propios, auto-controlados y auto-gestionados en el corazón de la gran ciudad, el espacio más difícil para construir autonomía, parece ser un paso ineludible en la conformación de sujetos colectivos. En los territorios tradicionales esos espacios los preceden, por eso en las zonas rurales la reproducción de la comunidad tiene bases materiales más firmes, que les permiten consolidarse como pueblos y sujetos colectivos.

“No nos conquistaron ni nos van a conquistar”, afirma Isabel, una delegada de la comunidad otomí que acaba de regresar de la Gira por la Vida: “En Europa fuimos la voz y los ojos de los pueblos y comprobamos que nuestras voces están en todo el mundo, porque somos los ríos, el agua, la vida…”. Su compañera, Marisela, concejal en el CNI, descubrió que “en Europa hay gente como nosotras”, y dijo con orgullo que no sólo llevaron la voz de los pueblos originarios sino también de las personas explotadas y oprimidas de México. Por eso, asegura que “la lucha es una sola y que hay que luchar juntos”.

En cierto momento surge la reflexión sobre la dificultad del trabajo organizativo urbano. “Los otomís no tenemos derechos a la ciudad, no tenemos territorios que nos pertenezcan”, señala Marisela. A lo que Joaquina agrega la discriminación por la lengua, la falta de vivienda digna y el problema del acceso al agua. De ahí la importancia que conceden al haber construido cuatro predios que han sido los espacios del crecimiento colectivo, en los que crearon las primeras escuelitas autónomas y multiplicaron sus artesanías que se han convertido en forma de vida.

De algún modo, la vida en los predios y en el INPI ocupado se retroalimentan, pero ahora de forma exponencial. “Aprendimos a escucharnos, porque antes las diferencias se resolvían a los golpes. Al llegar aquí esa cultura empezó a cambiar, decidimos que no se consume alcohol ni drogas y que la toma es para todos y todas”, reflexiona Julieta, mientras otros relatan la relación que mantienen con los padres de Ayotzinapa y luchas como Bonafont en Puebla. Crearon comisiones para asegurar la continuidad de la vida cotidiana en la toma y pusieron en marcha un molino para poder hacer tortillas, en cuya elaboración participan también varones.

La conversación va derivando, naturalmente, hacia el papel tan destacado que juegan las mujeres otomís en la toma y en la comunidad. De hecho, son la inmensa mayoría de las que conforman de intercambio, pero sobre todo muestran soltura y firmeza a la hora de tomar la palabra. Se explican con sencillez, con claridad y determinación. “Las mujeres siempre fuimos importantes, desde las Adelitas de la Revolución mexicana, porque se nos ha negado todo”, dice quien domina la historia de las rebeldes.

Le preguntamos cómo hicieron y que está pasando con los varones. Encara sin la menor duda: “Nosotras aprendemos juntas y vemos que sí podemos. Pero a los hombres les cuesta entender, además luchan entre ellos, se les hace difícil aprender a convivir”. En el ambiente se siente que está tocando un punto sensible y decisivo. Gilberto tercia, como mirándose hacia adentro: “Allá donde vamos, los varones somos los primeros en querer hablar”. Algo que venimos comprobando en todas y cada una de las luchas que atraviesan nuestro continente.

Después de varias horas de compartir con la comunidad otomí, la despedida es lenta y trabajosa. Quedan muchos temas por abordar, como las enormes dificultades para vincularse con otros pueblos originarios de la ciudad, muchos empeñados en tramitar sus asuntos a través de los partidos del sistema. Queda la convicción de la potencia de la comunidad otomí rebelde, de sus mujeres y sus jóvenes, sus niñas y niños que levantan el puño cuando se viva a Zapata. Y queda, también, la certeza de que esta toma marca un parteaguas en las luchas tan complejas y enrevesadas luchas urbanas.

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