EL TELAR DE LA MEMORIA / 308 — ojarasca Ojarasca
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EL TELAR DE LA MEMORIA / 308

GLORIA MUÑOZ RAMÍREZ

Acteal, Chiapas

Mariana tiene 32 años y cinco hijos. Hila desde niña en el telar de cintura, le enseñó su hermana Celia. Necesita un mes para hacer la urdimbre y cuatro meses para bordar la tela. Se levanta a las tres de la mañana, hace el fuego, pone el café, muele el maíz, hace la tortilla, sirve el desayuno, barre, lava, alimenta a los hijos y a los animales, limpia la milpa y el cafetal. Y borda de tres a cuatro horas diarias. No alcanza el día, dice.

“Cuando me voy a dormir”, cuenta la mujer tsosil, “cierro mis ojos y sueño en que puedo vivir del bordado, de nuestros campos, de cuidar la tierra. Mi sueño es hacer todas las figuras que hay en la comunidad, hacer tortugas, gallos, corazones como mi corazón, que está feliz. Hacer nuestros bordados para que no se pierda la cultura. Voy a la milpa para cuidar a nuestra Madre Tierra. Mantengo mi vida para hacer nuestras flores. Me gusta”.

La primera parte de este reportaje se realiza en Acteal, sede del Santuario de los Mártires, como se les conoce a los 45 indígenas que fueron asesinados el 22 de diciembre de 1997. En esta región, parece, la violencia llegó para quedarse. No hay día en que no se escuchen los disparos por el conflicto de tierras entre los municipios de Chenalhó y Aldama. Sólo en Aldama hay 3 mil 499 personas desplazadas intermitentemente. Esta situación, explica el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, viene desde el gobierno de Enrique Peña Nieto, pero ahora “se volvió más crítica”. En Chalchihuitán, por su parte, hay cerca de mil 237 personas desplazadas, y en Pantelhó, 3 mil 205, aunque algunas ya han retornado.

Entre la violencia crecieron las niñas y niños tsotsiles que hoy tienen menos de 30 años. Y, aunque no han vivido otra cosa, no la normalizan. De la precarización que llegó con la guerra contrainsurgente en 1997 y del desplazamiento posterior, el bordado vino no sólo como sustento económico, sino también como forma de organización entre mujeres. Para juntarse entre ellas.

Lo que defendemos de nuestro territorio, dice en la entrevista colectiva Carmela Pérez Pérez, de Tzajalchén, “está en nuestra ropa”. Ella viste un huipil de mariposas bordadas con hilos plateados y dorados, en el que “tratamos de representar que vuelan entre los árboles y bejucos, y si hay algo más que nos agrade del agua o de las flores lo ponemos en nuestra ropa. Es lo que hay acá, no nos inspiramos de otros lugares”.

“La tierra, los árboles y todo lo que hay en nuestro lugar, lo estamos defendiendo de cualquier abuso. Porque si sufren abuso, nosotras también. Porque si alguien quema nuestro terreno mueren muchas vidas. Nosotras queremos que nuestras tierras estén en nuestras manos para que ahí se produzcan las verduras y todo lo que usamos, plantas medicinales, tomates, todo. Hay quienes ya usan productos químicos para trabajar, pero nosotros queremos trabajar con nuestras manos, así”, insiste Carmela.

“De nuestras tierras”, añade, “surge nuestra imaginación, lo que dibujamos en nuestros tejidos y bordados. Por eso las defendemos, porque si no lo hacemos se irá todo aquello que vemos y dibujamos”.

 

MADERAS, JADE, AGUA Y RECURSOS MINERALES Y PÉTREOS EN DISPUTA

Las montañas de Los Altos de Chiapas son parte de las 7.5 millones de hectáreas de un territorio disputado por transnacionales, gobernantes, empresarios locales, crimen organizado y sectas religiosas. No es difícil saber por qué: selvas húmedas, bosques de coníferas y encinos, bosques húmedos de montaña y pastizales cultivados que representan el 39 por ciento del territorio de la entidad, además de las 106 áreas protegidas. Su riqueza natural sólo es comparable al tamaño de su cultura: 12 de los 69 pueblos indígenas del país conviven (y sobreviven) en estas tierras.


Luis Hernández Castro, coordinador del Área de Trabajo Regional del Frayba, explica que existe “una fuerte riqueza natural en la zona de Los Altos y particularmente en los municipios de Chenalhó, Aldama y Chalchihuitán, en los que hay recursos maderables, plantas medicinales, recursos del subsuelo y pétreos”. En la región, señala, hay también yacimientos de jade, conocido en las comunidades como la piedra verde, que lo mismo se encuentra en los márgenes de los ríos que en las montañas. También hay importantes mantos freáticos, manantiales y ojos de agua que se defienden porque se consideran espacios sagrados.

En los últimos años, como en el resto del estado, se ha expandido el crimen organizado, justo donde históricamente crecieron los grupos paramilitares involucrados en la masacre de Acteal. Ahora, explica el integrante del equipo de derechos humanos, “ellos ejercen un control territorial y poblacional a través del miedo y de las armas”. Y, en este contexto, “las bordadoras de Acteal reflexionan sobre la defensa del territorio, de su cultura, de sus cuerpos/territorio, y sobre el territorio de su colectivo”.

 

LA VIDA QUE SE DEFIENDE

Aún no amanece y empiezan los fogones a encenderse en Tsajal Uk’um, comunidad localizada a cinco kilómetros de terracería desde Acteal. Esta es la región en la que hace casi 25 años ocurrió la masacre en el contexto de la guerra de baja intensidad contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), documentada por el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (Frayba) y por diversos organismos internacionales.

En Tsajal Uk’um la vida sigue abriéndose camino. Ernestina recoge las hojas de chayote que le pondrá a los frijoles. Entra a la cocina, muele el café y atiza el fogón; mientras, su suegra Olga se encarga de moler el maíz azul. Marisol, la hija más grande de Olga y Vicente, hace la tortilla en prensa de madera; Laura acarrea el agua en cubetas y Liliana, de 17 años, se encuentra en el solar hilando una pulserita de siete colores. El fogón es el centro de la vida.

Afuera, el patio está lleno de flores en este verano de lluvias. Ahí descansan los utensilios de labranza, el mecapal, los azadones, machetes y los cestos para recoger y limpiar el frijol. “Es la vida que me gusta”, dice Olga, una de las fundadoras de la Cooperativa Jolob Luch Maya, de la Sociedad Civil Las Abejas.

La tarde se asoma en este paraje de la resistencia y Olga Hernán Pérez mete gallinas y guajolotes a sus corrales. Luego, hilvana con palabras en su lengua ancestral el nacimiento de la cooperativa de mujeres bordadoras, fundada apenas un mes después de la masacre de diciembre de 1997. “En 1998 comenzamos con la cooperativa, debido a que estábamos sufriendo. Fuimos desplazadas y no teníamos forma de ganar dinero. Nuestros hijos sufrían y se enfermaban al igual que nosotros. Luego vinieron nuestros hermanos y hermanas, ‘reúnanse y hagan esto’, nos dijeron. Les hicimos caso, nos agrupamos para bordar y así surgió nuestra cooperativa”.

Sentada a un lado de Olga, Rosa completa la historia: “Ya tenía siete días de que pasó la matanza cuando nosotras de Tsajal Uk’um llegamos a Acteal y ahí nos dimos cuenta que no teníamos nada, ni ropa ni zapatos, no teníamos dinero y no teníamos la forma de ayudarnos. Pero nos reunimos todas las mujeres que tejíamos y bordábamos. Quien comenzó todo fue una madre que se llama Chavelita, ella nos dio unas telas de 25 por 25 centímetros, de estos tamaños”.

A punto de de cumplir 25 años bordando en colectivo, Olga y Rosa coinciden en el cansancio y la enfermedad. Los hombres, dicen, “están ocupados en la organización” y en el campo. Y el dinero escasea. Por pasar toda la vida en el telar ya se nubla su vista y padecen dolores de cabeza continuos. “Nuestro cuerpo ya está cansado. Nuestra edad avanza al igual que la de la organización. Ya no es la misma fortaleza del corazón. Pero nuestra organización es muy buena, tiene peso. Representa alegría para los que están sufriendo, representa un apoyo para no depender del gobierno”, explica Olga. Y remata: “pero hay ocasiones en que no razonamos y ya no nos organizamos bien, como que se pierde nuestra razón de ser, pero ahí vamos superándolo. No hemos descansado y seguimos luchando”.

Rosa explica que gracias “a que somos una agrupación de mujeres nos animamos en la realización de bordados”, pero a muchas ya les falla la vista y no hay dinero para lentes. Ahora, considera, “es importante enseñarles a nuestros hijos, para que no dependamos del gobierno, sino que aprendan a estar en una organización. Queremos seguir con la fortaleza de seguir caminando y de dialogar”.

Cuando Elena Pérez, de 32 años, se refiere a lo que le gusta de su comunidad, su rostro se ilumina. “Ahí está mi casa, mi cama, mi comunidad, el cafetal. Todo me gusta”, dice sin empacho. Y a Lorena también le gusta, pero habla de lo duro que es trabajar mucho tiempo bordando para ganar un promedio de 200 pesos a la semana, de los cuales son 100 de inversión en materiales.

En grupo salen rumbo al cafetal de Olga. Se suben a la camioneta, y con sus hijos ceñidos a la espalda con el rebozo, emprenden el camino. Llegan y caminan machete en mano cortando hierba y moviendo la tierra con el azadón. Son campesinas, mamás, bordadoras, esposas, defensoras de una vida que les gusta. Mariana afirma que no se imagina en otras tierras, pero habla de lo difícil que es vivir por la escasa venta de sus bordados.

 

UN CUARTO DE SIGLO SIN JUSTICIA VERDADERA

“Ya van a ser 25 años de la masacre y no hay justicia. Nosotros no queremos dinero, ni para mis hermanos ni para mis familiares, sólo justicia”, dice María Vázquez, quien aquel 22 de diciembre sobrevivió porque salió del campamento por la mañana rumbo a Chixiltón, y ahí estaba cuando llegaron los paramilitares a disparar y atacar con machetes a quienes se encontraban en ayuno orando por la paz.

Actualmente, en la hondonada donde ocurrió la barbarie, se levanta una iglesia con murales exigiendo justicia, la oficina de la mesa directiva de la Asociación Civil Las Abejas de Acteal, una cocina y un comedor comunitario, la casa de comunicación y, entre otras rudimentarias edificaciones, el local de la cooperativa de mujeres bordadoras.

Los niños juegan fútbol en el espacio/auditorio al aire libre en el que se celebran las misas y eventos públicos de Las Abejas, que a su vez se prepara para los festejos de su 30 aniversario. Todos estos niños nacieron después de la masacre y su corta vida ha estado marcado por la misma violencia. Pero juegan y ríen, mientras sus madres bordan, están en la cocina o se preparan para salir a limpiar el cafetal.

Del paraje vecino de Tsajal Uk’um son originarios tres de los presos liberados por la masacre de Acteal. No regresaron a vivir al pueblo pero llegan a visitar a sus familiares, al igual que el resto de los 29 asesinos confesos puestos en libertad en 2009 por “fallas al debido proceso”.

“El Estado mexicano no sólo armó a los paramilitares y propició la masacre de Acteal, sino que también se encargó de liberar a los autores materiales, a través de la mal llamada Suprema Corte de Justicia de la Nación, que para nosotros es una suprema corte de ricos y criminales”, dijeron Las Abejas en una campaña lanzada en 2017 bajo el nombre de Acteal: Raíz, Memoria y Esperanza, en la que responsabilizaron como autores intelectuales a Ernesto Zedillo Ponce de León, Emilio Chuayfet, el general Enrique Cervantes Aguirre, el general Mario Renán Castillo, Julio César Ruiz Ferro, entre otros que no han sido juzgados.

Tsajal Uk’um colinda con Chimix, Pechiquil y Polhó, todas tierras arrasadas por el paramilitarismo no reconocido aún por el Estado. Aquí se siguen disparando las mismas armas de alto calibre usadas en la masacre. Lo han denunciado innumerables ocasiones sin obtener respuesta alguna.

“Tenemos esperanza de que Dios cambie el corazón del gobierno y que castigue a los autores materiales e intelectuales de la masacre”, dice Vicente Ruiz, al tiempo que recuerda que “ya van cuatro presidentes y la justicia no llega”.

Las Abejas junto con las víctimas y sobrevivientes de la masacre están empujando a la justicia a nivel internacional ante la Corte Internacional de Derechos Humanos (CIDH), organismo que se encuentra en periodo de análisis para rendir el esperado Informe de Fondo, cuyo contenido es la demanda y esperanza de justicia de la organización que no ha pactado con el gobierno. Se espera que en el Informe de Fondo de la CIDH se contemplen no sólo las graves violaciones a los derechos humanos, sino también las consecuencias de la contrainsurgencia en México y en Chiapas específicamente.

 

DIVISIÓN POR PROGRAMAS DE GOBIERNO Y SOLUCIONES “AMISTOSAS”

La cita con las mujeres de la cooperativa es en la parte baja de Acteal, convertida en santuario y sede de la memoria en la que mes con mes se reúnen los sobrevivientes y desplazados por la violencia. Aquí 45 cruces rodean el escenario levantado para rendir homenaje a las 19 mujeres, 8 hombres, 14 niñas, 4 niños y 4 aún no nacidos asesinados por el grupo paramilitar priísta del municipo de Chenalhó, quien, como advirtió el Frayba, “actuaba con la aquiescencia y tolerancia de las autoridades mexicanas, en aplicación de una política de contrainsurgencia de Estado claramente diseñada en el Plan de Campaña Chiapas 94”.

¿Cómo imaginar vida después de tanta muerte?, se les pregunta a las mujeres bordadoras que se definen también como defensoras del territorio. María Vázquez Gómez, originaria de Acteal y sobreviviente de la masacre, cuenta que después de las muertes y el desplazamiento forzado las familias se quedaron sin tierras y sin sustento, y “nos empezamos a preguntar cómo le podíamos hacer, cómo podíamos vivir. Así nos dimos cuenta de que podíamos vender. Había muchas mujeres que lloraban porque no sabían cómo iban a vivir con sus hijos, porque dejaron sus pertenencias en sus casas y se tuvieron que desplazar de Queshtic. Allá quedaron su cafetal, sus animales, su comida, y se preguntaban cómo le iban a hacer. Por eso empezamos a organizarnos, para empezar a trabajar con los bordados y poder vender”.

Nueve familiares de María fueron asesinados aquel 22 de diciembre. Su mamá, sus hermanos mayor y menor, su cuñada y cinco sobrinas. Guadalupe Vázquez, conocida como Lupita en el trabajo político, es una de sus sobrinas sobrevivientes.

“Nosotras”, dice María, “somos resistencia”, y explica que no reciben apoyos del actual gobierno federal, ni del programa Sembrando Vida, ni becas ni las casas que les construyen a quienes salieron de la organización original y pactaron un Acuerdo de Solución Amistosa con el gobierno. “Por eso”, continúa María, “las mujeres trabajan y trabajan, aunque ahorita no hay mucha venta ni dónde vender”.

 

SI DESTRUYEN LA NATURALEZA, NOS DESTRUYEN A NOSOTRAS

Olga no para un segundo sus labores cotidianas. Ahí, dice, está su vida. “Lo que me da esperanza es tener nuestro sembradío de maíz para luego tener dónde ir a cortar elotes. Eso me da alegría. En el caso de los pollos, voy a verlos y me río y hablo con ellos. Producir lo que consumimos nos da también felicidad”. Para Rosa no es distinto: “nos da alegría darle buen uso a la tierra y que no estamos aprendiendo a depender del gobierno o a vender nuestras tierras. Nos gusta estar juntos y reunidos, podemos caminar, hablar y nos defendemos entre nosotras, es lo que nos gusta”. Aquí la autonomía, sin nombrarla, se ejerce. “No estamos por parte de nadie, nadie nos está mandando. Estamos agrupados por nuestros propios medios, eso nos hace orgullosas de nuestro andar”, remata Olga.

María Vázquez vuelve al bordado y sus recuerdos. “Las muchachas siempre trabajan bien sus cabezas, sus pensamientos, y pensaron en hacer animalitos. Antes hacíamos casi sólo la figura que se conoce como cinco espinas, la florecita y uno como hueso de pescado, que tiene su nombre en tsotsil”.

El bordado, sintetiza María, se relaciona con el territorio porque “ahí están las plantas, los gusanos, las abejas y las mariposas en las flores. Nosotras copiamos de la naturaleza. Por eso, si la destruyen, nos destruyen a nosotras”.

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Este reportaje forma parte del especial “Hilando el Territorio”, del portal Desinformémonos.

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