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¿QUIÉN ERA LENCHO? UNA EXPERIENCIA DE EDUCACIÓN “ESPECIAL” EN TAXCO VIEJO

ELISA ARIAS

Me remonto a mi primer año de servicio, en una comunidad de Taxco el Viejo, al norte del estado de Guerrero, pueblo fundado en torno a la hacienda de San Juan Bautista que el mismo Hernán Cortés disfrutó. Desde el momento que yo llegaba por las mañanas me trasladaba a la vida y las pláticas con la abuela. Me encontraba con señoras barriendo la entrada de las casas con sus mandiles de colores, regando sus plantas, las personas dándote los buenos días conforme ibas recorriendo la calle principal, caminando con mis tenis, que eran lo más cómodo y además no puedes usar zapatos o vestidos cuando viajas en servicio público con pollos, gallinas y costales de alimento para vacas.

El camión pasaba a las 7 de la mañana tocando un claxon a medio servir. Llevaba en mis hombros mi mochila por la callecita principal que te conducía a la escuela, y no faltaba la señora amable que en el camino te esperaba para ofrecerte un cafecito recién hecho en su fogón de leña y te lo ofrecía con aprecio y con tanta atención, y a veces creía ver en sus ojos un poco de admiración por esa mujer flaca y chiquita que caminaba todos los días por el mismo lugar para llegar a la escuela del pueblo.

Un lugar bastante deteriorado era la escuela. Deteriorado por el tiempo y el uso. Una escuela muy muy vieja, con una entrada con la reja a medio caer, a medio poner, pero eso sí, muy bien cerrada con un candado con una gran cadena. Parte del piso era de tierra. En los salones, mesabancos medio rotos, medio buenos, medio malos, mal pintados; había que pegarles con una piedra a veces para meter los clavos, so pena de lastimarte tú o tus alumnos si no lo hacías.

Y por fin llegaba a la bodeguita que me servía de salón a trabajar con cuatro mesabancos para mis alumnos que asistían al servicio de educación especial que yo representaba. Sí, “era la maestra de los burros”, alumnos con alguna condición que los apartaba del promedio. Algunos maestros les decían a los niños que se portaban mal que los mandarían conmigo, “con los burros”, mis niños, porque así los consideraba yo, mis niños. Eran los niños más desvalidos, sin apoyo en casa, sin padres que pudieran ocuparse de ellos. Los mandaban por las tardes a trabajar, y yo al otro día les curaba las ampollas que les salían de haber tejido cestas toda la tarde. Sus papás estaban más preocupados por obtener algo de dinero para mantener a la familia, como muchas y muchas familias del lugar.

A la hora de entrada se tocaba la campana o el timbre, eso si el director lograba que funcionara, y entonces me iba a los grupos y me daba cuenta de que Lencho no estaba. Otra vez no había ido.

¿Quién era Lencho? Era mi reto más grande. Era un niño alto, escueto, de grandes ojos amarillos, despeinado, sucio, con unos huaraches que habían sido, primero del hijo de dona Pita, luego del hijo de la señora que ayudaba en la tortillería y después de Lencho. Pero el día que llegó con esos huaraches llegó corriendo al salón para presumirlos con una enorme sonrisa que le abarcaba toda la cara: !tengo huaraches nuevos!, me dijo. Fue imposible no sonreír con él. Me acerqué para felicitarlo, pero ni en esa ocasión especial logré siquiera tocarlo, se echó a correr como perrito asustado cuando lo intenté. “En algún momento lograré tocarle su pelito sucio y despeinado”, pensé.

Todos los días compartía mi torta, que muy amablemente me llevaba mi compañero de escuela, maestro de primer año con ideas revoltosas y renegado del sistema, amante del Ché… todos los días me llevaba una torta, de la cual le “daba” la mitad a Lencho, poniéndola en uno de los mesabancos. Religiosamente llegaba Lencho, a la hora del recreo, se sentaba, la tomaba y se la devoraba de dos mordidas. Nunca me acercaba, porque entonces salía corriendo y se iba al recreo a jugar pelota con sus compañeros. Si no intentaba acercarme, se quedaba ahí conmigo viéndome de lejos y observando todo lo que yo hacía.

Un día sucedió algo mágico: la pelota con la que jugaban en el recreo fue a dar a nuestro salón de un patadón que le dio alguno de los niños mayores. Era una pelota sucia y ponchada, pero la mejor para jugar futbol en el recreo, además la podían meter a su morral de ixtle que muchos usaban de mochila: era la mejor. La pelota cayó debajo de uno de los mesabancos y sin pensarlo fui por ella, me agaché a sacarla y en ese momento también llegó Lencho por la pelota y !zas! nuestras cabezas chocaron y rebotamos del golpe que nos dimos. Inmediatamente, vi sus grandes ojos asombrados de que el contacto con otro ser humano no lo había convertido en piedra o algo peor. Y sucedió la magia: su cara se iluminó con la sonrisa más hermosa que he visto en muchos años como maestra.

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ELISA ARIAS es pionera de la educación especial en México y sus esfuerzos comenzaron en las comunidades indígenas y campesinas de Guerrero. Egresada de la normal de Iguala, Elisa y un puñado de jóvenes de su generación lucharon para que se instaurara la formación para maestros en educación especial en zonas rurales, que aún hoy sigue siendo el costal donde el magro presupuesto amontona a niñas y niños autistas, sordomudos, ciegos, con síndrome de Down, a los que la vida les quitó una pierna o un brazo, o incluso a los que se resisten a existir en la lengua dominante. Todos esos, “sus niños”, “los burros”. Elisa se pregunta qué implica ser muda o ciego en náhuatl. Pero de Taxco el Viejo, internet informa: “90% de los habitantes son católicos y el 44% de las viviendas dispone de lavadora” (https://mexico.pueblosamerica.com/i/taxco-el-viejo/). Nota: Verónica Villa

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