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“LAS LENGUAS NO MUEREN, SE DUERMEN”

ROCÍO FLORES

EL DÍA DE LAS LENGUAS MATERNAS SE HA VINCULADO CON LAS LENGUAS INDÍGENAS, PERO LA CELEBRACIÓN SE REFIERE A LAS PRIMERAS LENGUAS QUE HABLAMOS EN CASA; EN OAXACA MUCHAS LENGUAS INDÍGENAS HAN SIDO LENGUAS MADRES O MATERNAS, PERO NO TUVIERON EL MISMO DESTINO QUE OTROS IDIOMAS.

Las lenguas no mueren, se duermen, según los hablantes del chumash, una familia de lenguas que fueron habladas en el sur de la costa de California y en tres islas cercanas: San Miguel, Santa Rosa y Santa Cruz. Esta familia está actualmente extinta. El último hablante de una lengua chumash fue Mary Yee, quien murió en 1965. Los nuevos habitantes de estas culturas norteamericanas han logrado escucharlas gracias a los registros que se encuentran en el estado de Washington, donde hay un gran acervo fonográfico. Ahí, quien tiene interés se pone los audífonos y comienza a aprender su lengua, como una manera de despertarla.

Un caso muy cercano ocurre con el ixcateco. Aunque no está extinta, uno de sus últimos hablantes fue don Pedro Salazar Gutiérrez, de Santa María Ixcatlán, uno de los 570 municipios que conforman al estado de Oaxaca. Él murió a principios de 2023. Fue un entusiasta de su lengua. Los pocos hablantes, una sobrina de don Pedro y otras dos personas, han hecho esfuerzos para que se siga hablando, pero lo cierto es que está en grave riesgo de extinción. Es probable que esta lengua, como muchas otras, no llegue al siglo XXII, coinciden dos investigadores y lingüistas, Michael Swanton y Víctor Cata.

Víctor Cata es también el nuevo secretario de las Culturas y las Artes en Oaxaca. Uno de los compromisos que ha asumido de manera personal, y ahora desde lo institucional, es la recuperación de la memoria de los pueblos y trabajar para resarcir toda la discriminación y el racismo que han sufrido las comunidades indígenas a través de políticas públicas inadecuadas. Él mismo ha vivido esta discriminación. “Ha sido toda una cuestión de desprecio y hostigamiento por la diversidad que está en la riqueza cultural de nuestro estado y nuestro país”, cuenta. “Somos una cultura que ha resistido mucho esta campaña de hostigamiento”.

Explica que para “despertar” a las lenguas es necesaria la práctica, no sólo es preservarla en la memoria. Por eso es lamentable cuando quedan dos o tres hablantes, como en el ixcateco, porque ya no hay con quién practicar.

De acuerdo con el lingüista, eso ha llevado a que miremos a las indígenas como lenguas sin valor, que no tienen posibilidad en este siglo, y tan es así que el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), junto con la UNESCO, advierte que muchas lenguas no entrarán al siglo XXII. “Lo estamos viendo con el caso del ixcateco de don Pedro Salazar, el caso del zapoteco de Zaachila, el ombeayiüts o huave de San Francisco del Mar, que también están agonizando.”

Frente a este escenario, Víctor Cata explica que desde la Cultura y las Artes se ha implementado una campaña que se llama “Yo soy mi casa y mi casa habla”, un nombre muy peculiar que está asociado al aprendizaje natural.

“Fue así como aprendimos el zapoteco, mixteco o alguna de las otras lenguas”, indica. Por eso el programa plantea que desde las casas, oyendo a las mamás, a los papás, desde que te despiertas o te duermes se hable la lengua materna de esa comunidad o pueblo.

Aquí no cabe la posibilidad de que te digan “está mal lo que tú dices”, porque tus padres y tus abuelos son reconocidos como entes de conocimiento, como personas sabias que conocen y saben de su entorno, de su mundo, de su cosmogonía y cómo se nombran las cosas, agrega Cata.

El proyecto se fundamenta en “los nidos de lengua” que inició en Nueva Zelanda con los maoríes, cuando se dieron cuenta de que en su idioma había una ruptura generacional entre los abuelos, abuelas y los nietos y que los padres estaban quedando en medio, como punto de comunicación, porque sin los padres esta generación ya no podía interactuar. De acuerdo con el lingüista, es lo que está sucediendo en Oaxaca, donde las abuelas y los abuelos están quedando relegados, cuando tienen toda una vida que contar y que mostrar.

 

Tehuantepec, una lengua de ancianos

Aunque pareciera que el zapoteco es una lengua viva, porque se escucha en la calle o en los mercados y fiestas en el Istmo de Tehuantepec, la aritmética indica que también es una lengua en riesgo. Como ejemplo, Cata menciona que en el pueblo de Santo Domingo Tehuantepec el zapoteco es una lengua de ancianos, con edades entre los 80 y 90 años. Y en Juchitán, si vas al mercado y escuchas que están hablando, quizá pienses: aquí está chingón, está estable. Pero no es verdad, hay un descenso en el número de hablantes en la población infantil.

En el tema de las lenguas, la aritmética indica que por cada anciano que muera tiene que haber dos o tres niñas o niños que les sustituyan; si no hay esta lógica, ese idioma está condenado a morir o desaparecer. O a dormir, como dicen los chumash, pero para que despierten es necesario y urgente el trabajo de revitalización, explica Víctor Cata.

Añade que la migración y el forzamiento para que dejes tu lengua son algunos de los factores por los que se han perdido las lenguas en los pueblos y comunidades. “Nos han forzado tanto a perder nuestras lenguas que muchas veces perdemos la autoestima y terminamos odiando nuestra lengua, eso es una campaña horrenda que ahora tiene sus consecuencias”, comenta.

En Oaxaca tenemos cinco familias lingüísticas; cuatro en la región del Istmo de Tehuantepec, y de esas cuatro, dos son lenguas aisladas, como el huave y el chontal, es decir no tienen parientes, si desaparecen ya no las escucharemos más. “Pero en realidad, si me preguntan cuáles son las lenguas con riesgos de desaparecer, yo diría que todas.”

El nicho de las lenguas

El investigador y lingüista Michael Swanton coincide en esto último con Cata. Precisa que para que una lengua continúe se debe trasmitir en “su nicho” o contexto comunitario, cuando las niñas y niños no aprenden la lengua en este contexto están en peligro y eso es un fenómeno generalizado; aunque no es un fenómeno que únicamente ocurra en Oaxaca, sucede también a nivel nacional e internacional. En Oaxaca, además del ixcateco o el chocholteco, que tienen muy pocos hablantes, hay otra variante particular que es el zapoteco de Tlacolulita, de la que sólo queda un hablante.

Pero hay muchos casos, dice Swanton. “Eso obliga a pensar o reflexionar por qué en este momento estamos viendo un desplazamiento lingüístico como nunca en la historia.”

Entre las situaciones que están desplazando a las lenguas está el hecho de que México es un país con muchas lenguas habladas, de hecho está entre los cinco países del mundo con mayor número de lenguas habladas en su territorio, pero el Estado mexicano es monolingüe. De facto dice que hay 365 lenguas nacionales, pero en realidad hay una sola lengua oficial.

El Estado mexicano está violando los derechos lingüísticos de millones de mexicanos todo el tiempo, en los servicios de salud, en el acceso a la justicia, en los servicios más básicos y en la política. En este último ámbito, dice Swanton, es asombroso que uno de cada tres votantes es hablante de una lengua indígena pero las boletas no están en esas lenguas, agrega.

“Permiten el uso de las lenguas para cosas simbólicas, por ejemplo, si alguien quiere hablar en la Guelaguetza, si alguien quiere decir algún poema en la escuela, una canción, etcétera, eso sí está permitido, pero cuando llega la factura de la luz está en español.”

Así es en la mayoría de los espacios, menos en los opcionales, donde las lenguas pueden dar un plus a la identidad local. Si el Estado tiene interés debe dejar estos eventos folclóricos y respetar los derechos de la población, continúa el investigador y lingüista.

Destaca la Ley Nacional de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas, de marzo de 2013, una ley “interesante y poderosa” que tiene muchas implicaciones, pero lo que falta son las leyes secundarias, o sea, las políticas de cómo se implementa. “Toca a la sociedad encontrar la solución”, concluye Swanton.

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