EPÍLOGO PARA DAVID BACON A TRAVÉS DE LA FRONTERA / 316 — ojarasca Ojarasca
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EPÍLOGO PARA DAVID BACON A TRAVÉS DE LA FRONTERA / 316

ALBERTO DEL CASTILLO TRONCOSO

UN VIAJE A LOS DOS LADOS DE NUESTRO NORTE

Ante la reciente aparición de More Than A Wall / Más que un muro, vasto libro de fotografías de David Bacon, reiterado huésped de nuestras páginas, reproducimos aquí algunos pasajes significativos del ensayo que cierra el volumen, escrito por Alberto del Castillo Troncoso, historiador y analista fotográfico, autor de Las mujeres de Xoyep y Marco Antonio Cruz: La construcción de una mirada. No solo despliega una amplia galería; también posee riqueza de texto, y una detallada lectura testimonial de las 413 fotografías captadas en los campos del sur estadunidense, los muros y abismos del borde, los campos jornaleros de acá, los pueblos de origen en Oaxaca, las luchas, vidas y labores.

El periodista comprometido, en empatía, ve y describe, claro y prolijo. El fotógrafo se encuentra muy cerca de los trabajadores, las familias, la chiquillada, los paisajes de la labor y el riesgo, dialoga la gente, con las organizaciones. Más que un muro amplía el proyecto al que David Bacon ha dedicado su vida profesional y política: documentar a los mexicanos donde los dos países se juntan y chocan. Donde la justicia es la razón para nuestros paisanos pobres, y la solidaridad lo es todo.

Los relatos del propio Bacon, su ensayo-reportaje, ocupan la mayor parte del volumen, haciéndolo una pieza de resistencia periodística.

David Bacon ha abordado las imágenes como vehículos de la conciencia en su labor de mostrar las condiciones de trabajo y la explotación de los migrantes y otros grupos en Estados Unidos y en México desde mediados de la década de 1980. Este trabajo ha formado parte de su activismo y de su tarea en defensa de los derechos de los trabajadores en ambos lados de la frontera. La solidaridad con trabajadores y migrantes le ha permitido construir las condiciones de empatía para la realización de su quehacer, el cual se caracteriza por el respeto y la cercanía con estos grupos, la reivindicación de sus luchas políticas, pero también de sus identidades personales y la voluntad de ir más allá del registro meramente descriptivo de sus vidas para elaborar imágenes y ensayos con una gran riqueza estética y documental.

En esta nueva obra y desde el mismo título, Bacon asume que su labor de retratar la frontera durante 30 años incorpora no sólo la presencia, sino también la voz de los migrantes. En efecto, este diálogo estrecho entre la fotografía y la historia oral representa uno de los elementos más relevantes de su obra, que lo distingue de otros colegas y le proporciona un sello específico, esto es, la impronta de un autor dedicado al activismo político y que desde ahí desarrolla una relación armoniosa entre las imágenes y los textos escritos por él mismo, que a veces han sido publicados como piezas del fotoperiodismo, pero que también culminan en libros fotográficos y diferentes tipos de exposiciones.

Las 413 imágenes publicadas en este libro, realizadas entre 1985 y 2018, son el resultado de un intenso proceso de revisión y edición por parte del autor sobre un universo de cerca de 20 mil imágenes. Las fotos elegidas se entrelazan para formar parte de un relato visual en el que no hay lugar para el anonimato, pues en esta crónica se subraya una serie de condiciones concretas de la vida de las personas, lo que las convierte en sujetos activos que desafían la opresión, y no en meras víctimas pasivas de las circunstancias y la represión. Se trata de la emergencia de seres humanos con nombre y apellido, los cuales, por lo general, son invisibilizados por el poder y los medios, pero que en esta publicación recuperan su voz e intimidad y una fisonomía original, única e irrepetible.

Tiene diversos antecedentes tan destacados como el trabajo de algunos profesionales de la lente, las referencias ya clásicas de Walker Evans, Dorothea Lange y Eugene Smith, que documentaron las condiciones de pobreza de un sector de la población en la década de 1930 en Estados Unidos y construyeron una de las galerías de retratos más influyentes de la historia de la fotografía documental. Así mismo, otros referentes identificables son el de la pareja germano-estadunidense compuesta por Hansel Mieth y Otto Hagel, entre los años 30 y 50, al igual que autores más recientes como Milton Rogovin, que documentó a algunas comunidades de trabajadores en Nueva York, y Don Bartletti y su importante registro fotoperiodístico de la frontera. De igual forma, el trabajo de Bacon encuentra también ecos y resonancias en la obra de grandes fotógrafos documentalistas mexicanos como Tina Modotti, Elsa Medina, Eniac Martínez, Marco Antonio Cruz, Antonio Turok y Pedro Valtierra, profesionales atentos a plasmar en las décadas recientes tanto la identidad como las circunstancias concretas que rodean la vida y la muerte de los migrantes y sus familias, así como de otros movimientos sociales.

Al igual que las de estos fotógrafos, las imágenes de Bacon no se reducen al campo de la denuncia, sino que incorporan encuadres y composiciones desde una estética singular, logradas a veces con telefotos y otras con la lente de gran angular —“soy un hombre de extremos”, ironiza Bacon al respecto en una entrevista con el autor de este epílogo—, con una lectura de la realidad que los identifica como autores, con una particular visión del mundo y una construcción de un universo propio.

Tal proceso es el resultado del tránsito de un archivo fotográfico a otro tipo de propuestas, como las exposiciones y los libros fotográficos, que ameritan una paciente labor de edición y de selección de temas en función de cada investigación concreta. Esta labor de selección nos permite olvidarnos de las fotos consideradas como afortunadas, resultado de los llamados “instantes decisivos” bressonianos, para indagar y explorar en cambio el mundo de los procesos e interrogar la lógica de trabajo del autor para tratar de comprender sus metas y objetivos.

En este peculiar viaje que nos propone el fotógrafo, la mirada abarca ambos lados de la frontera y recoge tanto historias de vida de los migrantes como sus experiencias comunitarias y de trabajo, a las cuales atraviesan luchas de resistencia tan relevantes como las que aluden a diversos personajes, cuyas historias se van conociendo en el libro. Tal es el caso de Gervasio Peña, del poblado de Santiago Naranjas, en la Mixteca oaxaqueña, quien cruzó la frontera en 1986, cuando contaba con 18 años y descubrió que, en sus lugares de trabajo, los poblados de Graton y Forestville, el cuidado y la preservación de la fruta tenía más valor que la propia vida de los trabajadores. O María Pozar, una inmigrante purépecha que vive con sus hijas, Jacqueline y Leslie, en la zona de North Shore, las cuales se abrazan y sonríen a pesar de las constantes tormentas de polvo provocado por los fertilizantes y la contaminación, que les producen sangrados constantes en la nariz y otras dolencias corporales.

Mención aparte merece la serie de imágenes que muestra el acercamiento a rostros y manos de migrantes en ambos lados de la frontera. A veces lo hace a través de los huecos y los intersticios del propio muro que separa a ambos países. Así, algunas fotografías apuestan al contraste de las rejas cuadriculadas de la propia valla con los rostros y miradas de familias, como la de Catalina Céspedes, quien hizo un largo viaje desde Santa Mónica, Cohetzala, en el estado de Puebla, para llegar a la ciudad de Tijuana y poder tocar el cuerpo de su hija Florita; o la de Adriana Arzola, quien trajo a su nueva bebita Nayeli, para que el resto de su familia en el lado estadunidense pudiera verla y abrazarla por primera vez. En otras ocasiones simplemente mostrando las manos agrietadas de trabajadores que exhiben así las huellas de muchos años de explotación, pero también de lucha y dignidad, como los casos de los habitantes del Desierto del Diablo, en Sonora; o de María Martínez y Alfredo Murrieta, un descendiente del legendario bandolero Joaquín Murrieta, quien intentó oponerse al despojo de California por parte de los invasores estadunidenses en 1848; o las de Clifford Brumley, en el valle Imperial, que muestra la pérdida de algunos de sus dedos por el frío que ha tenido que soportar a la intemperie. Aquí la ausencia del rostro y la exposición de las manos en primer plano renuevan de nueva cuenta los cánones tradicionales del retrato, muy al estilo de las vanguardias de los años 30, en fotografías documentales que ocupan un lugar importante en la historia de la fotografía.

En todas ellas resalta el poder testimonial para dar cuenta de los momentos importantes de una contundente microhistoria que, de otra manera, no tendría este tipo de repercusiones en el espacio público, con toda su carga emocional y política.

Las imágenes favorecen una serie de contactos políticos con una carga simbólica importante, que muestra el carácter de la migración como un espacio de intercambio de luchas políticas en la historia reciente. Por ejemplo, el homenaje realizado en Tijuana, Baja California, con motivo de la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en Guerrero; o la marcha de protesta en Matamoros, Tamaulipas, en solidaridad con el movimiento de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), en Oaxaca en 2006; o bien, las muestras de solidaridad en una modesta comunidad de Tamaulipas a favor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); o las imágenes de protesta en Gómez Palacio, Durango, en apoyo a la lucha de las madres y los familiares de las mujeres desaparecidas de Ciudad Juárez a finales del siglo XX y principios del XXI.

Una de las modalidades más relevantes que conforman este libro es su renovación de la fotografía indigenista, que —sobre todo en el caso mexicano— se ha encargado de victimizar a estos grupos y cosificarlos como entes pasivos, incapaces de enfrentar la realidad. Por el contrario, en la visión de Bacon, este sector ejemplificado en el caso de la familia de María Ortiz, triquis migrantes de la Mixteca oaxaqueña, que se enfrenta a un mundo injusto en el valle de San Quintín, en Baja California, y se organizan para la huelga en espacios tan activos como el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales. La lente de Bacon los sigue solidaria en las calles, en el campo y en las mesas de negociación. También los acompaña en el interior de sus viviendas y nos aporta detalles de su vida cotidiana. El hallazgo más importante de su intimidad está representado por aquella imagen poética en la que, junto a la sartén y las cucharas que penden de los sencillos tablones de madera, se alcanzan a apreciar algunos de los poemas de amor escritos y anotados de puño y letra por los integrantes de la familia. Uno de ellos expresa de manera conmovedora su mensaje: “¿De dónde vienes? Del cielo. ¿Y a quién estás buscando? Mis penas. ¿Y qué es lo que traes? Traigo consuelo. ¿Y cuál es tu nombre? Amor”.

Extractos de “Un viaje a través de las imágenes…”, epílogo de More Than A Wall / Más que un muro, Colegio de la Frontera Norte, WKF Giving Fund y UCLA: Institute for Research on Labor and Employment, 2021.

Otras obras de David Bacon: El derecho a quedarse en casa: Como las políticas de Estados Unidos influyen en la migración mexicana (Crítica, 2015) y In the Fields of the North / En los campos del norte (El Colef/UCLA Press, 2017), entre otros muchos.

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ALBERTO DEL CASTILLO TRONCOSO es profesor-investigador del Instituto Mora y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (adelcastillo@mora.edu.mx).

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