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LOS YOREME DE SAN MIGUEL ZAPOTITLÁN EXIGEN RESPETO A SU CENTRO CEREMONIAL / 316

GLORIA MUÑOZ RAMÍREZ

“HAY PERSONAS QUE IMPULSAN LA DIVISIÓN CON FINES POLÍTICOS”

Ahome, Sinaloa.

Desde fuera se le conoce como pueblo mayo, que significa “gente de la ribera", pero entre ellos se nombran yoreme, que quiere decir "el pueblo que respeta la tradición". Su vida y resistencia se localiza en el sur de Sonora y en el norte de Sinaloa, en los municipios de El Fuerte, Choix, Guasave, Sinaloa de Leyva y Ahome.

En San Miguel Zapotitlán, como en el resto de los municipios de Sinaloa y Sonora, los campos del territorio yoreme han sido tomados por la agroindustria. “Muchos de los dueños del campo son fuereños, la mayoría gente adinerada de otros lugares y hasta de otros países. El arándano es de Estados Unidos, de compañías americanas. La hortaliza es de gente de este país, pero de otros estados que vienen y siembran, y la mayor parte de lo que se cosecha va para la Ciudad de México. El mango se va hasta Estados Unidos, Japón, China”, explica Evangelina Aguilar, secretaria suplente del centro ceremonial yoreme.

Aquí se da de todo: tomate, tomatillo, papa, chile, pepino, limón, aguacate, arándanos, zarzamora. Pero los yoreme ya no siembran sus tierras. Desde hace décadas son jornaleros. “Nos vamos todo el día a trabajar, de doce a doce, y ganamos de 250 a 400 pesos por día. Es de sol a sol, así con estas temperaturas (arriba de 40 grados). Hay veces en los que uno tiene que migrar a otros estados. Hay gente que ahorita está trabajando la papa en Sonora, cinco horas en la mañana y cinco horas en la tarde, por el mismo salario. Y hace más calor allá. No tienen ningún tipo de seguridad. Allá andan mis hijos y dicen que están en un lugar solos completamente, metidos en las tierras del desierto por Caborca”, añade Evangelina.

En esta época la gente de San Miguel sólo trabaja en la espiga para la elaboración de escobas, “pero es contada la gente que trabaja, pues hay personas de sobra y los camioneros sólo quieren a 20 o 25 trabajadores, y el resto queda parado. Por eso migran a Sonora. Los yoreme de aquí no se van a Estados Unidos, migran con todo y familia para Sonora”.

Rosario Valenzuela, del Cerro Juricahui, es maestra de educación indígena y añade que el efecto de la migración se percibe en las escuelas. “Hay mucha deserción escolar”, dice, porque “a los niños se los llevan sus papás a medio ciclo y ya no sabemos de ellos, ya no regresan igual. También pasa que aunque sus papás estén aquí, dejan solos a los niños. Esto es consecuencia del problema del empleo, pues los papás trabajan todo el día como jornaleros y jornaleras”.

José Antonio Bernal explica la situación en el campo: “Aquí hay muchos que tienen parcelas de diez hectáreas, pero hay algunos que sólo tienen de a cinco, de a cuatro, tres o dos. Las grandes extensiones de tierra están en las manos de los ricos terratenientes. Hay terrenos que ni son de siembra y nada más los acapararon, son terrenos de 80 mil o 70 mil hectáreas. Aquí hicieron un Plan de Justicia Yoreme-Mayo, pero serán 10 mil hectáreas nada más para nuestro pueblo. Y no hay apoyos para trabajar la tierra”.

El que tiene su pedacito, dice José Antonio, siembra maíz, frijol, milpa para autoconsumo. Aquí, lamenta, “se siembra maíz transgénico, uno que da 18 toneladas por hectárea. Los maíces de autoconsumo dan tres toneladas por hectárea, cuatro a veces. Sabemos que al estar sembrando transgénicos y al usar fumigantes y herbicidas se contagia a la gente. Desde que está la siembra vemos los daños en la salud. Pero se tiene que seguir sembrando así. Así siembran todos”.

Virgen de Rita Aguilar, gobernadora tradicional del centro ceremonial San Miguel Arcángel, añade que el yoreme tiene parcela, pero “no la siembra por falta de dinero, por eso rentan el pedacito”. El programa federal “Sembrando
Vida”, lejos de solucionar el problema, coinciden, ha incrementado las divisiones, además de que a la zona enviaron plantas maderables que se secaron al momento de sembrarlas. Ahora, explican, el gobierno distribuye garbanzo, pero no es temporada. Llegan en el momento en el que no se siembra y muchos se desesperan porque se les echa a perder. No hay una planeación para este programa.

 

DESPOJO DEL CENTRO CEREMONIAL

El problema empezó con la pandemia. Un grupo de yoreme de San Miguel Zapotitlán, municipio de Ahome, relata a Ojarasca que durante la contingencia “hubo gente yori (mestizos, gente de afuera) que se aprovechó del aislamiento y las medidas sanitarias acordadas con el Consejo de Ancianos para meterse al cerro a controlar el centro ceremonial indígena”. Primero argumentaron que la pandemia no existía, luego, dice Benjamín Padilla Álvarez, participante de la tradición por más de 45 años, “acrecentaron su grupo porque dijeron que nosotros éramos cobardes y no servíamos a la tradición”.

La Semana Santa, como en muchos pueblos indígenas del país, es una de las fiestas más importantes y conjuga las tradiciones ancestrales con las religiosas que se impusieron con la evangelización. En San Miguel a esta celebración llegan fariseos de Zapotillo, Mochis, Terique, Cachuana, Porvenir, 5 de Mayo, Vallejo, La Florida, Ahome, Agua Nueva, Mochicahui, entre otras comunidades, y más de mil 500 judíos. Desde hace más de 400 años, con la llegada de la orden jesuita, en el Centro Ceremonial Yoreme se concentra la espiritualidad pagana.

Los jesuitas, explica José, “inculcaron sus creencias pero dejaron los cimientos de las creencias yoreme”, y esto es lo que se representa en el centro ceremonial y en la iglesia que están en el cerro. Aquí, dice, “no acabaron con todo”.

Hace tres años, poco después del inicio del aislamiento pandémico, el síndico Jesús Sánchez Manjarrez abrió el centro ceremonial con un documento “que decía que se abriría en el entendido de que sólo podrían estar 16 personas dentro del centro, haciendo el ritual. Pero resultó que no. Y se metió un grupo a querer controlar”.

La pugna por el control del centro ceremonial tiene dividida a la comunidad. Atrás de esto hay personas que impulsan la división con fines políticos, dice en la entrevista colectiva Adriana Robles Moreno, secretaria del centro ceremonial de San Miguel. La “tradición”, como nombran a la celebración sincrética de la Semana Santa en esta localidad, “tiene más de 400 años y no tiene que ver con partidos ni nada, pero ahora otro grupo tomó el centro ceremonial con el plan de ahí saltar para ser síndicos, comisariados o tener cargos en su comunidad”, acusan los entrevistados.

José Humberto Juárez, de la comunidad de Zapotillo y presidente del centro ceremonial, confirma: “El centro ceremonial sirve para tener puestos políticos. Un grupo se escuda ahí para jalar gente. Hay un bastón de mando original que data de más de 400 años, pero ellos, los que se tomaron el centro, traen una lanza. La lanza trae una punta que significa guerra, y no la deben de traer”.

¿Cuál es la fuerza de este centro ceremonial y de qué manera afecta a su cultura la ocupación del centro?, se les pregunta. Responde Toribio: “Si nos quitan este centro nos quitan todo lo que tanto trabajamos, la fiesta yoreme. Esto nos lo dejaron como herencia y nosotros lo trabajamos. Ellos nos la quieren arrebatar, porque nosotros seguimos los pasos de quienes se nos adelantaron. A nosotros nos parten el alma. Los blancos (yori) no saben cuánto vale, sólo lo hacen para divertirse. Todos estamos tristes por eso. Venimos desde hace muchos años por este camino y llegan ellos y nos lo arrebatan”.

Adriana resume la problemática advirtiendo que en el centro de todo están los apoyos económicos dirigidos a las comunidades indígenas. Al gobierno, dice, le conviene dividirlos. No sólo se trata del control de los yoris sobre la fiesta y la tradición yoreme. Quienes tienen la posesión ahora, acusa la entrevistada, “han vendido ya parte del territorio del centro”. El problema, asegura, es de dinero y de poder.

“Arriba de todo esto hay una persona que siempre ha figurado, ha tenido cargos en la Comisión de Desarrollo Indígena (CDI), que ahora es el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI). Ese señor sigue llevando grupos de indígenas a Estados Unidos a participar allá y él aparecer en las fotos. Alfredo Quintero es el que está llevando a cabo todo esto, en el centro ceremonial es el fiestero. Ni uno de los fiesteros que están ahora es yoreme”.

Lo que pide el grupo que quedó fuera del centro ceremonial por cuestiones políticas es que les permitan entrar a realizar sus reuniones, que les dejen transmitir su tradición, como lo hacen en las comunidades aledañas. “Hemos estado repegados ahí, nos dicen que estorbamos y han habido jaloneos y golpes. Nos duele dejar nuestro centro ceremonial que hemos tenido por fe y no por dinero”, lamenta Benjamín.

El gobierno del estado, a quien han pedido ayuda, no responde. Se deslinda, lamenta, “ahora sí diciendo que somos autónomos”, pero eso nunca lo respetan, mucho menos en época electoral. Virgen, la gobernadora del centro, explica que se han perdido muchos valores, “ahora traen la tradición como juego y no debe de ser así. La política no debe entrar a los centros ceremoniales porque es de respeto. Deben salir todos los partidos y los blancos, porque no hay respeto y han traído mucho alcoholismo por aquí”.

Para que esta situación cambie y puedan recuperar el acceso a su centro ceremonial, Benjamín dice que “el yori (blanco) debe dejar de opinar, que realmente nosotros podamos arreglar el problema entre yoreme, en lengua, sin partidos. Si quiere entrar el yori que entre, pero que no hable. Y que lo que se decida ahí se quede”.

 

LA SEMANA SANTA

La representación de la Semana Santa en San Miguel Zapotitlán cada año recibe a miles de personas de los poblados aledaños. Las calles se llenan de comerciantes y el municipio cobra entre 300 y 400 pesos el metro cuadrado por puesto. Cuánto se lleva de dinero, se preguntan los entrevistados. Nosotros, dicen, “podríamos organizarlo solos, pero entra el municipio, que acapara todo”.

Actualmente, lamentan en la entrevista, la celebración de la Semana Santa se ha convertido en un carnaval, pero “lo nuestro no es carnaval, son ceremonias, rituales, homenajes a judíos caídos. No es un juego. Es un ritual sincrético”. Las danzas, por ejemplo, tienen cinco danzantes: el judío, el venado, pascola, matachín y el coyote, “son danzas que tienen su atuendo, pero el yori ya está deformando. La gente dice ‘voy al carnaval de San Miguel’ y hay drogas y alcohol”.

Ahora, coinciden todos los entrevistados, se trata de recuperar la fiesta y, sobre todo, la unión que los hace pueblo.

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