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EN LOS ORÍGENES DEL SUEÑO. POR LOS CAMINOS DE YUCATÁN

PAVEL ALONSO GARCÍA MAGDALENO

Este relato forma parte de mis vivencias de trabajo de campo durante maestría y doctorado en Estudios Mesoamericanos que cursé en la UNAM, de 2013 a 2020. En ese tiempo trabajé en la zona oriente de Yucatán y centré mi atención en la comunidad maya de Uayma, donde a partir de la búsqueda por entender su relación con los animales, descubrí cosas fascinantes sobre el medio ambiente, los espíritus del monte, la alfarería y los sueños.

Hace más de diez años que comenzó mi andar en los sueños y las vigilias de Yucatán. Cuando me encontraba haciendo mi investigación de maestría sobre el simbolismo de ranas y sapos, mi búsqueda me llevó a Uayma, un hermoso pueblo en el oriente de Yucatán, acompañado de Virgilio Espadas, alfarero de tercera generación y hoy entrañable amigo, quien haciendo honor a su nombre, desde aquel día me ha guiado por su comunidad y la selva que la rodea.

En cierta ocasión saldríamos al monte de noche a capturar los cantos e imágenes de las ranas y sapos que viven en Uayma. Pocos seres humanos entran al monte durante la noche, no es común irrumpir en un espacio que le pertenece al señor del monte, Yuum k’aax, cuando la luz del sol se ha retirado. Únicamente los cazadores solos o acompañados de sus perros toman el riesgo de penetrar la selva maya en la oscuridad. Sin embargo, Virgilio, como buen guía, conocía bien el camino que habíamos de andar en nuestra cacería sonora.

Antes de salir del pueblo, aquellos perros que duermen plácidamente en medio de las calles frente a sus casas, ahora transformados en fieros cánidos a pesar de su lánguida apariencia, nos hacían frente en aras de proteger su hogar y a sus dueños. Era evidente que algo había cambiado con la caída del sol.

Caminamos un buen trecho dentro del monte, descubriendo a momentos con la pobre luz de nuestras lámparas de mano el paisaje nocturno de la selva. Poco a poco nos fuimos guiando por los sonidos que lo devoraban todo. Mientras yo me afanaba por cazar el croar de los anuros que eran el motivo principal de mi visita, Virgilio expectante vigilaba que no nos fuéramos a cruzar con algún peligro inesperado.

Después de un rato de caminata llegamos a una mina a cielo abierto de donde se extraía tierra blanca, sascab. Este material que conforma la gran mayoría del suelo de la península se emplea para la elaboración de piezas de barro, la construcción de casas y caminos, entre otras cosas. Era un espacio casi sin árboles, donde la luna por fin nos regaló algo de luz venciendo el dosel de la selva. Los diminutos peñascos de tierra blanca y los huecos trabajados por seres humanos y máquinas eran el escenario ideal para la formación de charcos de lluvia, donde el canto de ranas y sapos se hizo definitivamente presente.

Primero aparecieron los leek muuch (Smilisca baudinii) llenando todo el espacio con su canto “lek lek lek” que se repetía ad infinitum, definitivamente parecían estar rezando al dios de la lluvia Chaak para que llenara su calabazo (lek en maya yucateco), mientras que el pequeño ot muuch (Leptodactylus melanonotus) escondido entre las piedras a la orilla de la aguada llamaba solitario al sol, esto era una señal inequívoca de que ese año las lluvias dominarán sobre la sequía. Poco a poco se fueron sumando otros cantares de los distintos muucho’ob (ranas y sapos), el agudo balido del imitador becerro muuch (Hypopachus variolosus) y el profundo llamado del Uo muuch (Rhinophrynus dorsalis), que con su canto “uo uo uo” da aviso de su llegada desde interior de la tierra, trayendo consigo las primeras lluvias. Durante este concierto de voces múltiples que me generaron una profunda fascinación y que llevaba semanas buscando, la alcancé a ver volar hacía mí.

Como una serendipia, apareció volando en medio de la noche una tsawayak (Mantis religiosa), posiblemente atraída por la luz de mi linterna se posó en mi mano. La observé maravillado y la manipulé un poco; pronto Virgilio me advirtió que la dejara, pues daba sueños. Su advertencia me pareció un tanto rara pues gusto de soñar, sin embargo después entendería que el mundo de los sueños también es el mundo de los presagios, particularmente los que auguran la muerte, que en maya se llaman tamaschí y también es morada de los espíritus de las personas fallecidas. Por más de diez años, durante mis visitas a Yucatán suelo soñar bastante, nunca supe si este encuentro fortuito marcó mi devenir onírico, pero sí cambió mi relación con los habitantes humanos y no-humanos de Uayma para siempre.

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