EL MAESTRO HONORIO CANO Y LA MÚSICA DE BANDA ENTRE LOS MIXES
El frío calaba hasta los huesos, pero cuando el maestro vio la señal no le importó el clima, se levantó de su asiento, se quitó la gruesa chamarra que llevaba sobre la espalda y en camisa subió al pódium, se colocó frente a la banda de música que ya lo esperaba y comenzó a dirigir los ensayos de la pieza de su autoría. Cuando terminaron, satisfecho, bajó del pódium, volvió a su asiento y ya descansando, preguntó: “¿Notaste la diferencia? Eso sólo se consigue con muchos años de experiencia”.
El que hablaba era el señor Honorio Cano Soto, originario de Totontepec Villa de Morelos, en la sierra mixe, y hoy por hoy uno de los maestros de música para banda más reconocidos. Entre el bullicio de los preparativos de la fiesta del santo y el mezcal que corre por cuenta de los mayordomos, nos cuenta parte de esa experiencia de la que se siente muy orgulloso.
“Yo tenía otras aspiraciones, desde niño quería estudiar medicina, le eché muchas ganas al estudio, en la escuela primaria y secundaria tuve buenas notas; entré al bachillerato y ahí me encontré con malas compañías que le entraban al trago y en el recreo nos íbamos tomar; de ahí me fui adentrando en eso de la bohemia. A esto se unió que yo vivía con mi mamá y mi abuela y trabajaba para mantenerlas; se me complicó mucho trabajar y estudiar, me di cuenta que no iba a poder y desistí de ser médico.”
Cuando su aspiración de ser médico se fue, llegó la música, que sería lo que daría sentido a su vida. “Me gustaba mucho la música y comencé a ir a la escoleta, una escuela de música mantenida por el municipio. La dirigía el maestro Delfino Reyes, él fue mi maestro en mis inicios, allá por 1991 o 1992. En ese tiempo no era fácil entrar al escoleta porque eran muy estrictos, eran muy tradicionalistas, tenías que tener respeto, disciplina; incluso sufrí bastante maltrato porque los músicos grandes decían: ‘no, pues es un escuincle, no sabe nada, ¿cómo va a venir a tocar con nosotros?, ¿quién se cree, no?’”.
Todos los obstaculos que encontraba para ser músico los superaba porque quería ser parte de la banda municipal, cosa que no era fácil. El maestro lo cuenta así: “El anhelo mío de pertenecer a la banda, era un reto, yo lo anhelaba, aunque sabía que era algo muy difícil de conseguir; sin embargo, mi energía y mi disposición estaban puestas para lograrlo. El problema era que los músicos grandes nos impedían entrar a la banda porque pensaban que los íbamos a desplazar, aunque había otros que nos ayudaban y a esos me acerqué. Las primeras veces que tocamos con la banda músicos nuevos, en los novenarios de las fiestas de Asunción y San Sebastián, éramos menospreciados por ser principiantes; terminando el rosario nos mandaban a nuestras casas mientras los músicos maduros seguían tocando”.
“Pero un día pasó el capillo, el responsable de la banda, a la casa de cada uno de los nuevos con un mensaje del director: ‘Dice el maestro Delfino que se presenten lo antes posible a la casa del mayordomo porque van a ensayar con la banda mayor’. Wow, dije, éste es mi día. Nos fuimos a bañar rapidísimo, a cambiar de ropa, llegamos y empezamos a ensayar. Había un arreglo que se había hecho en 1993 de “El celoso”, una canción de Marco Antonio Solís, ésa fue la primera melodía que ensayé con mi tuba, porque me gustaba mucho la tuba, el saxofón, me gustaba mucho y empecé a tocar ese instrumento. Ésa fue la primera melodía que yo ensayé con la banda. Ese detalle de poder pertenecer a la banda por primera vez marcó mi vida.”
“Me di cuenta que podía tener acceso a la música, le eché muchas ganas; compré unos folletitos, porque los libros buenos eran caros. En ese tiempo trabajaba con un lingüista de los Estados Unidos, él me obsequió un libro de armonía. Excelente libro, aún lo conservo. Está escrito en inglés, pero yo lo había estudiado en la secundaria, lo entendía un poco y lo pude descifrar. Un padre salesiano de la parroquia de aquí, italiano, me regaló otro libro de armonía. Y así, con lo que mis amigos me apoyaban y los que podía comprar me fui instruyendo; tenía mucha curiosidad, iba cada rato al órgano de la iglesia a explorarlo, a jugar, a poner acordes, buscarle, como autodidacta. Entonces yo creo que cuando es nuestro destino o es algo que buscamos con vehemencia se nos da”.
El maestro Honorio, dice, primero estuvo en la banda dos años, entre 1991 y 1993, como auxiliar, en 1993 pasó a formar parte de ella y en 1995 compuso su primera obra, “toda chueca, porque no sabía leer ni escribir bien la música. Bajo la asesoría del maestro Delfino Reyes escribí un son que se llama ‘Hombre mixe’, que nunca se tocó porque no me convenció; escribí otra en 1995, igual”. Despues escribió ‘Un dolor enamorado’, y una chilena, que pronto pasaron al olvido, pero ahora que es famoso han comenzado a sonar. “Seguí componiendo pero mis piezas no pegaban, entonces me puse a pensar porqué y descubrí que era porque estaba siguiendo los pasos de los grandes maestros, Manuel Pacheco, Odilón Contreras, Ezequiel Guzmán… estaban sonando ellos, ¿quién iba a hacerle caso a la canción de un chamaco, no?; su luz me opacaba”.
“Estuve a punto de desistir pero pensé: ‘Tengo que escribir algo que sea diferente a lo de ellos. Voy a probar y hay dos opciones, o me aceptan o de una vez me descartan de este mundo’… En 1998 diseñé un formato de chilena y fue un éxito rotundo. Se llama ‘Cuando Mimi Zapatea’. La banda municipal la dirigía el maestro Alejandro Bravo Ortega y me dio chance de que se tocara. En agosto escribí ‘Corazón loco’, ésa fue la primera que se extendió por toda la región; en el 2000 escribí ‘Porque sabes que soy pobre’, que se ha extendido por todo el estado, y despues ‘Rosalbita’. Ésa es la historia de mi búsqueda. Así encontré el camino”.
Con el éxito musical le llegó tambien el reconocimiento oficial. En 1998 obtuvo los premios estatal y nacional de la juventud. Y con ellos llegaron las oportunidades. Uno de sus asesores le gestionó una beca para irse a estudiar a Europa, pero no la aceptó por no abandonar a su madre y abuela que dependían de él. Poco despues lo invitaron a dirigir una banda musical en el norte del país, después a dirigir y prepararse en Guanajuato y en Puebla. Tampoco aceptó. Su carrera musical la ha desarrollado en su pueblo, cuando más en su región. Aun así es un triunfador. En 1998, cuando falleció el maestro Delfino Reyes pasó a ocupar su lugar como director de la banda municipal, uno de sus mayores anhelos, cargo que ocupó hasta el 2023.
El éxito no lo hace perder la perspectiva. Dice que ahora no sabe cuántas piezas ha compuesto porque ha perdido la cuenta. “La última vez que las conté, hace años, eran ciento seis, de todos los géneros: arreglos para música sacra, para trío, para grupo tropical, para banda, pero más para banda. También canciones que no están instrumentadas para banda y diversos géneros que de repente se me ocurren, improvisaciones y que he logrado recopilar”.
También ha compuesto canciones en lengua mixe. “Ése es el objetivo, no solamente buscar el éxito personal, no. También amo la tierra donde he nacido y quiero que la lengua mixe no se pierda, entonces lo poco que puedo hacer por ese idioma, es apuntalarla tantito con la música. Es como ponerle cemento a la varilla, ¿no? Entonces, cuando a la música le pones un poema que habla de tus vivencias, la gente lo toma como propio, dice: ‘¡Ah!, me gusta esa rola, me gusta esa melodía porque habla de esto’. Eso de cierta manera es apoyar la cultura y la lengua materna”.
“Si nosotros no fortalecemos nuestra cultura, nos van a desaparecer del mapa. Entonces hay que seguir fortaleciendo lo nuestro. Si nosotros tenemos una buena conciencia de lo que vale nuestra cultura y la practicamos, la cuidamos, la fortalecemos hasta donde podamos, vamos a sobrevivir un buen todavía. Como dice Jaime Martínez Luna, el compositor de Guelatao, ‘el último serrano caerá mirando al sol’. Ésa es nuestra arma, una de nuestras armas principales es la música, otra arma es la lengua. Entonces debemos cuidar nuestra lengua, nuestra raza. Y esta es mi manera de hacer mi tequio, colaborar con la música”.
Ésa es parte de la experiencia del maestro Honorio Cano Soto. La que le permite quitarse la chamarra en medio de un frío que penetra los huesos y caminar serenamente hacia el pódium donde varias decenas de músicos lo esperan atentos para que dirija los ensayos de una de sus más recientes piezas. Y que, aun cuando se trata de ensayos, cuando termina, el público aplaude reconociendo su maestría musical.