ATROCIDADES. UN CUENTO CON PERRITOS
El desafortunado destino de las nacidas hembras siempre era el mismo en todas las camadas. Muchas veces, siendo un niño, tuve que ver a los cuidanderos de las fincas o a mis propios vecinos de la cuadra deshacerse de las cachorras que nacían en sus casas y corrales. Pasaban enfrente de mi casa con los mismos costales que usaban para cargar la papa o el mercado de plaza, saludaban a mi mamá, que era quien más permanecía conmigo, y yo aprovechaba para preguntarle a ella a dónde se llevaban esos perritos. Se los llevan a la cañada, me dijo un día, y son perras, si fueran machos eso no les pasaría; me respondió ella sin titubear. Ingenuamente volví a preguntarle si alguien las rescataría de ese horrible lugar, y ella me dijo que no, que allá se quedaban hasta que el frío y el hambre las matara, o muy posiblemente la quebrada creciera y se las llevara.
Días después, mi mamá y yo nos encontramos a otro de nuestros inescrupulosos vecinos en el camino con uno de esos costales en la mano, y lo primero que le dijo a mamá fue que ya estaba cansado de tanta perramenta, de tanta chandosa en la casa. Que nos las regale, le dije con júbilo a mamá esperando encontrar en ella una respuesta de complicidad, pero inmediatamente lo dije ella procedió a apretarme la mano y despedirse de ese señor.
Al llegar a casa el corazón se me deshizo por completo, no podía creer que mi mamá no hubiese sido capaz de ayudarme a salvarle la vida a esas perritas. Esa misma noche tuve quizá una de las pesadillas más dolorosas y espantosas que un niño puede tener: en un profundo hueco, lleno de espinas y matorrales, de agua sucia y basura acumulada, yacían los cuerpos en descomposición de muchas perritas, sobre todo negras y manchaditas, así como otras que al parecer estaban vivas y que entre llantos de dolor intentaban salir de allí.