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CHOGO PRUDENTE MÚSICA QUE DESPIERTA EN LA LLANADA

JUAN CARLOS MARTÍNEZ PRADO

En las raíces polifónicas de su pueblo, Chogo Prudente encontró la fuerza necesaria para reivindicar la importancia cultural de la negritud. En una lucha contra la corriente, en la que la banalidad musical pareciera asfixiar los ritmos nativos, este trovador de la costa oaxaqueña canta para preservar y difundir el soplo marginal de los llanos.

Escuchar su música significa sumergirse en una acuarela de ricos matices en la que sus personajes incitan a danzar bajo el hechizo de acordes remotos. Pocos como él para estrujar el corazón del pasado y regresarle a la memoria el sentido humano del relato.

En el son de artesa y la chilena, dos ritmos contagiosos avecindados en la costa oaxaqueña, el artista halló las claves musicales para desanudar su propia identidad. En su caso, la renuncia a viejos prejuicios raciales ha sido posible gracias al ingenio de convertir su negritud en un universo de exquisitos gustos sonoros y en un amplio espacio de riqueza cultural.

En los primeros días de septiembre de 2025, el artista asistió a la celebración de cumpleaños de Esteban Martínez, un versátil músico costeño. En Agua Blanca, una paradisiaca playa, contigua a Puerto Escondido, Chogo Prudente tomó el micrófono y le cantó al anfitrión, como lo harían otros asistentes después.

El artista interpretó algunas chilenas y varios sones de artesa. Acompañado de Raí Jhalei, su hijo, Chogo parecía rastrear, profundo, la huella de su cepa africana. Me pareció que su tono evocaba dolorosas travesías y muertes crueles en el fondo de los mares. Sin embargo, en un momento, sus acordes subieron de tono y encendieron una fastuosa luz. Entonces comprendí que el canto de Chogo era una lucha por la perpetuidad de su estirpe.

Me encontré con el autor una mañana de agosto en su casa de Santiago Llano Grande La Banda, Oaxaca. Viajé de Puerto Escondido a su tierra natal después de descubrir su música en casa de doña Lala Escamilla, una inconfundible chileña, amante del fogón y de la buena cocina costeña.

La música y letra de sus canciones contienen el sabor de una era sentimental que se resiste a desaparecer. Ante la presión de una aplastante maquinaria de consumo digital que ha ensordecido a las grandes ciudades, la música de Chogo Prudente constituye una de las ramas básicas de la historia oral que los pueblos han usado tradicionalmente para conservar la memoria.

Después de escucharlo y percatarme del sentimiento desbordado con que interpretaba el son de artesa y la chilena, no me cupo duda acerca de que la voz de Chogo Prudente era un disco duro que almacenaba las penas más hondas, pero también las alegrías más sentidas que la humanidad experimenta. Hablé con el cantautor acerca del son de artesa y otros rituales africanos en su pueblo, una comarca afromexicana, en momentos en que el fantasma del supremacismo blanco recorre el mundo.

Santiago Llano Grande La Banda es una comunidad enclavada en la costa oaxaqueña, entre la llanura y la montaña. Para llegar a su corazón hay que trasladarse de Puerto Escondido a Pinotepa Nacional y de allí tomar una Pasajera, un singular transporte del siglo XIX que recorre la zona, a través de una averiada carretera, que conecta al final los poblados de Tacubaya, el Maguey y San Juan Bautista lo de Soto.

De apenas tres mil 400 habitantes y con un reducido presupuesto anual para su mantenimiento —siete millones 500 mil pesos anuales—, según números de Xóchil Cruz Arellanes, presidenta municipal, en el pueblo de Chogo Prudente no hay dinero para mejorar los servicios públicos, menos para invertir en la cultura. A pesar del olvido oficial, la llanada palpita a escasos kilómetros de la línea limítrofe entre Oaxaca y Guerrero. No lejos del mar, sus habitantes se dedican al pequeño comercio, la agricultura y a la crianza de ganado.

Apenas en julio pasado, el huracán Erick azotó duramente la zona, arrancó y dobló arboles en el campo y dejó sin techumbre a buena parte de las casas en Santiago Llano Grande La Banda y otros pueblos circunvecinos. Sus efectos agudizaron las contradicciones económicas en la región y pusieron a prueba la eficacia del gobierno y a su nuevo sistema de apoyos al campo.

Dejados atrás los temores inmediatos por la hecatombe climática, el autor me recibió en la puerta de su casa. De entrada me pareció que su sencillez no casaba con la idea que se tiene de los músicos exitosos. Su afabilidad tampoco correspondía al artista oaxaqueño que ha sido invitado al Festival Internacional Cervantino en cuatro ocasiones y al que algunos críticos consideran uno de los más importantes músicos y compositores afroamericanos del momento.

Con Chogo Prudente la naturalidad siempre está por encima del ego. Aceptó que habláramos sobre su vida, sus inicios como cantautor y acerca de las fuentes del son de artesa, un ritmo del que sin duda el Bandeño, como le gusta que lo llamen en los escenarios, es uno sus mayores exponentes.

Sentado en la mesa de su casa, con cadencia, el autor golpea con ambas manos la madera de la mesa de la que hace brotar, como un mago, los tonos del son de artesa. Sus compases superan el ruido de la bocina que anuncia la venta de pescado en el centro del pueblo. Es el momento en que Antonia Norma, su esposa, sirve un suculento caldo de res al estilo de su tierra y una salsa de huevo aromatizada con epazote. Tomamos café hongo y ya llegará el chilate.

Chogo explica los orígenes del son de artesa. Dice que es un ritmo propio de la raza negra. “Es algo que nació con nosotros. Aunque no lo reconozcas de inmediato con el hecho de ser negro sabes que es tuyo, que te pertenece. Son acordes que nos vienen de muy lejos”, acota.

El son de artesa desembarcó con los primeros esclavos africanos. Originaria de Sudán Occidental, Senegal y Nueva Guinea, la inmigración africana llegó a las costas de Veracruz, Guerrero y Oaxaca a finales del siglo XVI, trayendo consigo un copioso caudal de expresiones culturales reflejado en sus ritos, en su música y en sus danzas. Sus acordes cruzaron fronteras y florecieron a lo largo del pacífico sur mexicano. En su caso, el son de artesa adoptó diversos matices de acuerdo a la atmósfera de los lugares donde era interpretado. En Cruz Grande y Tixtla, Guerrero, por ejemplo, sus compases son semejantes y distintos a los de la costa chica y a los de la costa oaxaqueña, aunque su estructura sigue siendo la misma.

Sergio Peñalosa observa que en Cruz Grande el son de artesa se toca con arpa, mientras que en comunidades como la del Ciruelo y San Nicolás el ritmo es interpretado con bases de violín y tambor. Estas variaciones son consecuencias del devenir de la música ancestral que ha ido evolucionado en los pueblos sin perder su raíz.

Para Chogo Prudente el son de artesa y el baile de los diablos son dos de las manifestaciones artísticas que “más nos acercan a nuestra africanidad”. María Elsa Velázquez, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, anota que ambas tradiciones “se han vuelto ahora emblema identitario, aunque ya no estén tan cerca de los matices que le dieron vida”.

En el tema de la dicotomía rítmica entre la chilena y el son de artesa, Chogo Prudente explica que la desemejanza entre ambas reside en que la primera “llegó estructurada de Chile y el segundo es una música de ritmos vitales, exclusivos e inspirados entre el dolor y padecimiento de la raza negra”.

Después de extenuantes jornadas de trabajo, los esclavos que habitaron a lo largo de las costas necesitaban sincerarse. Su medio era la música que recordaban de sus antecesores. Cuentan los antiguos, dice Chogo, que los habitantes de esos lugares volteaban la canoa al revés y la tocaban con sus manos callosas. Con antelación y esmero, decoraban los extremos de sus barcazas con cabezas y colas de caballo y de algunos otros animales. De esa manera, emprendían un largo viaje de regreso. A través de ritos se reencontraban con su pasado.

Chogo Prudente dice que esa historia es la que lo apremia a perseverar y difundir la música ancestral de su pueblo. Tiene la certeza de que el son de artesa y la danza de los diablos son claves indispensables que explican la profundidad de una cultura, muchas veces incómoda, que durante siglos fue excluida de la agenda cultural mexicana.

La historia sigue en el fondo de su casa. Con las huellas aún frescas dejadas por el huracán, las paredes atestiguan la pasión con la que el artista cuenta y canta las soledades de su música y las causas que la inspiran.

En la intimidad de esos viejos muros, escucho el canto de Chogo Prudente y me trae a cuento a John Berger, que decía que una canción, a diferencia de los cuerpos de los que se posesiona, no está fija en el tiempo y el espacio. “La canción —explicaba Berger— narra una experiencia pasada. Cuando se le canta, llena el presente”.

“Buscando Iguana” es quizá una de las composiciones más afectivas de Chogo. La pieza quiebra el corazón y lo transporta herido a un mundo rural de privaciones económicas del que él ha sido parte. El cáñamo de su voz aprieta la tristeza cuando menciona al “hermanito Emiliano cerca de la mogotera donde terminan los llanos”.

La canción es un homenaje a la nostalgia. Una geografía íntima devorada por el tiempo.

Esa felicidad, dónde está, ya no la veo.
Hoy ya no está mi mamá, la mujer que tanto quiero.
Esa felicidad se está yendo como la tarde,
me hacen falta los consejos, los que me daba siempre mi padre.
La casita de jaulilla se está quedando sin paderones,
los cuches y los vecinos ya se adueñaron de los horcones.
Esa felicidad, dónde está, ya no la veo…

 

Atrás del himno, crece el autor, el arqueólogo que excava hondo en el alma para que la humanidad no olvide su pasado.

En su devenir, el compositor pintará estrofas sencillas para abordar amores profundos. Se encontrará con el mediodía caluroso para describir la pasión que en secreto incendia a los llanos. Bajo techos de teja, hilará versos sobre hembras tocadas por el deseo de amores vaqueros y escribirá acerca de bandeños abrazados al fantasma de mujeres prohibidas. Hablará de un tigre y de la valentía de un toro, se emocionará con el baile de la tía Joaquina. Chogo, el hombre, llora, se acordará con sublime ternura de la abuelita Yaya.

Cristina Pacheco confesó un día que le gustaba dormirse y despertarse con la música de Chogo Prudente. Para ella, una entrevistadora sensible, la música campesina del autor encerraba una gran erudición.

Sin que las letras lo expresen de manera literal, se intuye que la música sitúa al autor lejos del abuso y prepotencia de los de arriba. Su decisión de luchar por la reivindicación histórica de su pueblo, a través del arte, es prueba de su coherencia y honestidad intelectual.

Parte de su vasto repertorio, “Pies Chirundos” es una composición que pacta con los cánones del ingenio y el compromiso. Es una poderosa pieza que retrata a las musas rurales en medio de una realidad lacerante. Es un homenaje a las mujeres del campo, a las heroínas de los pies descalzos, a las peonas que cosechan el ajonjolí y doblaban las matas de maíz en la milpas del pasado.

Es, también, un reproche contra la discriminación y un guiño a la esperanza.

Quisiera estar en tus pestañas

para que siempre me estés mirando

Negra color de tus ojos

Chirunda mía te estoy amando

Ya lo verás
ya lo verás
cuando la luna empiece a platicar
cuántas verdades se contarán

con tus pies chirundos que callados van…

Ya lo verás
ya lo verás
que ya no hay mucho por esperar
tus pies cansados caminarán

tus cansados hombros descansarán…

Así es Chogo Prudente, el compositor que escribió el corrido a Juan, el Chacalín, un loco iluminado y entrañable de su pueblo, un filósofo que rompió las cadenas opresivas de la cordura para denunciar el martirio de la racionalidad.

Como poeta consciente de su entorno, nunca ha quedado al margen de la ética política del país. En su música se encontrará el celaje de la nueva trova latinoamericana. Emergerá el eco de Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Facundo Cabral y José de Molina. Es la memoria de la utopía, la venganza de los sueños, la ironía punzante que esgrime el autor para no abandonar el viejo anhelo de una patria liberada.

Chogo ha subido a escenarios prestigiados del país a la arcuza y la charrasca, dos instrumentos musicales de origen ancestral. A donde va, lleva consigo no sólo la chilena y el son de artesa, sino, además, la Danza de los Diablos, una escenografía sardónica con la que los esclavos negros se mofaban de la clase virreinal que los explotaba.

En Santiago Llano Grande La Banda y en pleno siglo XXI, uno se pregunta si los pasos de los diablos no desasosiegan la tranquilidad palaciega e inquietan la buena conciencia de los modernos señores feudales.

Para Chogo, la defensa y difusión del son de artesa y la Danza de los Diablos constituye una necesidad inaplazable, sobre todo cuando la modernidad desvalora las expresiones culturales auténticas y el racismo regresa por sus fueros, escondido tras las mil máscaras de la ultraderecha.

“No es fácil reconocerte, valorarte, cuando provienes de una sociedad clasista que te desprecia por el color de la piel. Durante mucho tiempo los negros fuimos muy golpeados. Los citadinos se burlaban de nosotros por la forma en que hablábamos. Y nosotros, pues éramos muy acomplejados”, dice el intérprete al referirse al sufrimiento por el que ha atravesado la comunidad afrodescendiente mexicana frente a las lacras de la marginación.

En casa de Chogo Prudente es imposible olvidar Los hijos de los días, de Eduardo Galeano, que en uno de sus párrafos cita a la primera constitución de Estados Unidos que establecía que “un negro equivalía a las 3/5 partes de una persona”. Irónico, Galeano elogia la derogación de esa ley porque con ella “Obama no hubiera logrado llegar a ser presidente”.

Mientras tomamos chilate frío, una bebida criolla preparada a base de chocolate y arroz, Chogo recuerda sus primeras apariciones en público, pero hace hincapié en una en particular. Fue en tiempos en que temía a equivocarse al hablar en el escenario. Pensaba que no contaba con las palabras adecuadas para referirse ante un auditorio del que podrían provenir burlas e insultos, pero una voz surgida entre la oscuridad del auditorio “me hizo reaccionar, me empujó a hablar como hablamos nosotros”.

“¿Bueno y ése de dónde es?”, se preguntó esa voz intrigante que subió como fuego desde los graderíos e iluminó el escenario. A Chogo le cayó el veinte. Entendió que la trascendencia y fuerza de su canto, surgido de las entrañas de su pueblo, impactaba en otras latitudes precisamente por ser distinto.

Ahora el artista está convencido de que la riqueza y diversidad del ser negro es un principio que debe seguir reflexionándose a la luz de los nuevos tiempos. En los talleres que imparte entre los jóvenes de su comunidad habla sobre la importancia que tiene “reconocerse a uno mismo y revalorar lo que se produce en casa”. A sus alumnos les dice que “aprendan lo de ustedes, lo nacido en Santiago Llano Grande la Banda”.

Les insiste que “el son de artesa y la chilena es lo suyo. Practíquenlo, ejecútenlo bien. Eso les da identidad. Y después lo demás”.

Con cierto abatimiento reconoce que hasta su pueblo ha llegado la alienación de la música foránea y grupera, cuyos contenidos arrasan entre los más jóvenes tan rápido como fuego en el pasto. “No está mal escuchar esa música, porque finalmente es otra forma de expresión”, dice, “pero sin que olvidemos lo que verdaderamente es nuestro”, advierte.

En enero, la segunda parte del reportaje.

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