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EL RAYO Y LA SIRENA. LAS “LLUVIAS ATÍPICAS” Y LA MEMORIA

ELIANA ACOSTA MÁRQUEZ

Durante la noche y desde lo profundo de la barranca se escuchó el canto de un ave, como de guajolote, pero más prolongado. También se vieron en la carretera unas luces inusuales con forma de nube y en el Cerro del Camello se escuchó que rodaban piedras, como si se estuviera desbalagando el monte, aunque al otro día no había rastro del deslave.

Hubo avisos del Montero, el dueño del monte, conocido también como guardián del bosque y los animales entre los totonaku de Papaloctipan. Relata un papalense que cuando estaban trabajando cerca de la cascada, se sacudían los árboles y caían piedras, ése era el Montero. Mientras que en una zanja donde ya no había agua de repente se llenó con mucha pero el chorro corría al revés. Eran signos de la tormenta.

Entrado el mes de octubre no dejó de llover por tres días en la Sierra Norte de Puebla al igual que en el sureste de Hidalgo y el norte de Veracruz, así como en Querétaro y San Luis Potosí, afectando a tres mil localidades indígenas según cálculos del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas.1 No había llovido así y con esa cantidad de agua, afirman en Papaloctipan, comunidad ubicada en la Sierra Noroccidental Puebla, ni en 1999 cuando también hubo inundación. La mayor parte de los medios atribuyó la tormenta al paso del huracán Jerry y otros a una vaguada, “un disturbio tropical, que por la baja presión provoca la formación de “nubosidad intensa y lluvias extraordinarias”.2

Se desbordó el río Cazones que corre por Hidalgo, Puebla y Veracruz, conocido localmente como el río San Marcos. Además de la inundación, la tormenta provocó deslaves y la explosión de un ducto de Pemex, la destrucción de viviendas, caminos y puentes, así como la pérdida de cosechas y animales y la desaparición y muerte de decenas de personas. Los fuertes vientos y las lluvias intensas no son fenómenos nuevos, no obstante, cada vez son más extremos e intensas las sequías y las tormentas. Precisamente en 2024 la región fue asolada por incendios y en este 2025 por estas “lluvias atípicas”. Un territorio donde cada vez se pierde más bosque y van ganando terreno los potreros y la ganadería extensiva, donde se extienden los monocultivos mientras la actividad minera y sobre todo la producción y distribución de hidrocarburos y la falta de tratamiento de las aguas residuales han impactado a la cuenca y toda la región.3

Son múltiples las historias que se cuentan de la tormenta.

Aquí quisiera detenerme en un hecho y una exégesis: el puente roto en el arroyo, el que conecta Papaloctipan con la Ceiba rumbo a Xicotepec y Poza Rica. Y contemplar este hecho centrándome en el mundo simbólico y la narrativa de carácter mitológico bajo sus condiciones materiales y su coyuntura histórica a la luz de la noción de imagen dialéctica y rememoración planteadas por Walter Benjamin. Al aproximarse al estudio de las formas históricas este filósofo reflexiona en el Libro de los Pasajes sobre el “ahora de la cognoscibilidad” y entrevé la conjunción de tiempos y fuerzas en tensión a través de una imagen dialéctica, esto es, una imagen “donde lo que ha sido se une como un relámpago al ahora en una constelación”, lo cual nos conduce a su vez a lo concluso e inconcluso de la historia a través de la rememoración.4

El puente roto en Papaloctipan fue interpretado a causa de la tormenta en el marco de una narración mitológica en torno de dos potencias en tensión identificadas con el Rayo y la Sirena, que en su enunciación en el contexto de las “lluvias atípicas” deja ver la actualidad del mito como respuesta creativa y muestra la existencia de una comunidad ampliada y la configuración de una memoria devenida en el tiempo y en contigüidad con el territorio. Una versión de la historia versa así:

“Hay una historia que cuenta que en una ocasión en el Cerro del Guajolote viajaba una muchacha que iba a vender jabón. Le comprabas ese jabón y se hacía nube, le comprabas listones y se hacía arcoíris. Dijo que le gustaba ese lugar y que ahí se iba a quedar. Y de repente empezó a llover como ahorita que pasó la lluvia. Se cerró el cerro, se cayó y se hizo un estanque. Y ahí empezó a acumularse el agua, a subir de nivel y la gente se espantaba, pues si se llenaba se inundaba este pueblo. Y entonces es cuando empezaron a hacer este ritual para pedirle a Dios que destapara el río. Y dicen que empezó a tronar de repente, el Rayo, San Juan con sus rayos empezó y le pegó un rayo a la presa. Le pegó un rayo y lo abrió y dicen que la Sirena ahí estaba. Donde fue quedando, donde pasó, ahí le fueron poniendo los nombres al río porque cada parte del río tiene nombre. Y debido a eso donde la vieron la última vez que avistaron a la Sirena, en el puente abajito, y ahí le dicen la Poza Ciega, porque ahí desapareció. Todo el río, en cada parte del río tiene su nombre, pero es gracias a esa historia” (Papaloctipan, 27 de octubre de 2025).

Precisamente donde está la Poza Ciega debajo del puente roto por la tormenta, se distingue por ser un nacimiento de agua y encontrarse un remolino por donde relatan haber visto por última vez a Sileman, como también se le conoce a la Sirena; ahí se tapó y las piedras de río se apilaron como si fuera monte. El agua subterránea que brota en los manantiales y el flujo del agua que cruza las montañas hasta el mar, así como fenómenos como las inundaciones, están asociadas a esta figura; en la sierra son múltiples las versiones que cuentan que, al no alimentarla, hablarle o hacerle su fiesta y regalos como precisa la dueña del agua, puede provocar escasez o diluvios, como se les conoce localmente a las tormentas. Mientras que el Rayo, identificado en Papaloctipan con San Juan, entre sus múltiples atributos se encuentra su potencia a la vez celeste y telúrica con su cualidad de fecundar la tierra y de romper los cerros y las aguas.

Bajo esa trama hay una interpretación que hace resonar las propias tensiones que atraviesan a la comunidad: “el agua marca su territorio y lo hará otra vez”. Tal afirmación se da en un contexto de lucha por la tierra en Papaloctipan, donde los ganaderos han pretendido controlar el flujo del agua y poner cercas en el río. Así como han acaparado la tierra, cada vez buscan un mayor control privado del agua en una región donde históricamente se ha garantizado el uso común del agua. Explica un papalense: “Aquí es una zona de lluvias intensas… va a pasar y seguirá pasando. Muchos se habían adueñado de los arroyos, alambraron casi todo el arroyo, el arroyo pasó marcando su territorio otra vez”. Y reafirma: “Los ganaderos han puesto los alambres en los arroyos, los que se sienten dueños del río. Con la tormenta el arroyo vino a marcar su territorio” (27 de octubre de 2025).

Al rememorar se conjuntan los tiempos a manera de un “acontecer total”. Un relámpago, siguiendo a Benjamin, esa imagen dialéctica desde la cual “se coloca y dispone la vela en el flujo cíclico del viento”. Esas historias míticas, que entrevén un tiempo y espacio originario que se actualizan a la luz de los hechos presentes, en tanto que los sucesos actuales se interpretan bajo esa trama antigua. Esa configuración del tiempo, entre los totonaku de Papaloctipan y otros pueblos indígenas, no se entiende sin la producción del espacio y de la conformación de la memoria con el río, los cerros, las rocas, la lluvia o los manantiales. Esas otras formas de habitar y hacer historia, de ser y existir con el territorio.

 

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Notas:

3. Razón por la cual Gerardo Pérez Muñoz afirma que “no es la lluvia atípica sino el sistema”: https://mundonuestro.mx/content/2025-10-15/no-es-la-lluvia-atipica-es-elsistema-gerardo-perez-munoz/
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