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FLORES PARA MIS MUERTOS

MARTÍN TONALMEYOTL

Papá es el hombre más grande de la familia, en marzo próximo cumplirá sus 70 años. El trabajo de joven como chalán de albañil, el del campo, las caídas en el burro, en su yegua, los golpes de sus toros y el trabajo diario lo hacen ver cada vez más grande, más delgado y con menos cabellos. Cuando está alegre aún bromea y dice que es muy joven y nosotros le damos la razón porque a veces tiene la mentalidad de muchacho, pero cuando se enoja, cuando se cansa, su alegría se amarga y se pone serio y no comparte sus palabras, no quiere abrazar a su nieta y no quiere contar nada, solo se queja de sus costillas rotas, del trabajo que falta por sacar y de sus terrenos que cada vez más son invadidos por la hierba mala, por algunos arbustos y pequeños árboles que comienzan a amarrar sus raíces sobre la tierra. Papá habla solo y dice que, si un día llega a morir, sus terrenos se poblarán de arbustos y otros seres de plantas y nadie más los trabajará como él lo ha hecho en toda su vida.

Papá comienza a ser secuestrado por la preocupación y el tiempo, para quitarse estos dolores de cabeza sale al patio de la casa y se sienta sobre una silla de palma que él mismo hizo, contempla el viento fresco, la luz de la tardenoche y habla con nuestro perro de nombre Moxtle, quien es su nuevo compañero. Algo que le admiro a papá y eso jamás ha sido un problema para él, es el cuidar de sus muertos, mejor dicho, nuestros muertos. Año con año en una fecha cercana al seis, siete u ocho de agosto, papá prepara las semillas que no son más que los pétalos secos de la flor de sempoalxochitl. Prepara la tierra con su barreta y de ahí riega las semillas en todo el terreno barbechado. Todos los años siembra estas flores. Papá nunca tiene intención de sembrar flores para vender, porque hay personas que sí lo hacen, él no, sólo lo hace para honrar la memoria de sus abuelos, bisabuelos y otros muertos que están a su cargo. Una de ellas es su hermana Chayo a quien la conozco desde niño, porque año con año ayudo a limpiar ese montículo de tierra donde está enterrada. A tía Chayo la conocí muerta, no sabía de su existencia hasta que fuimos al panteón una primera vez, luego una segunda, una tercera y así todos los años limpiamos ese panteón de tierra donde está asentado su nombre como María del Rosario. Papá me contó de su hermana, tiempo después me enteré que era su media hermana, pero él nunca ha tenido medias hermanas, más bien, nunca ha hablado de sus medias hermanas porque para él no existe esa categoría.

En la familia aún tenemos a la tía Juana de 78 años y a la tía Siona de 90. Hace más de una década comencé a preguntarme por qué ninguno de mis primos hermanos por parte de papá lleva nuestro apellido y por qué por parte de mamá nuestros primos sí llevan el apellido, incluso algunos que son primos lejanos también llevan el apellido de mamá. Supe pues que papá no tiene hermano o hermana del mismo papá y de la misma mamá. Papá creció con sus hermanas Chayo y Juana, hijas de su papá, pero no de la misma mamá, también su hermana Siona, quien es hija de su mamá, pero no de su papá, esto lo llevó a ser hijo único, por no tener a un hermano o a una hermana de sangre y del mismo apellido, pero él no se lo ha preguntado y los apellidos tampoco significan nada, para él sus hermanas son sus hermanas y punto. Cuentan que papá estuvo a punto de tener a un hermano, mejor dicho, su hermano mayor de nombre José vivió hasta los 10 años, pero un malicioso alacrán le enterró su cola en su pequeña panza y murió. Dice papá que no murió por el piquete del alacrán sino porque ese pequeño ser fue mandado por algún brujo y por eso su veneno fue mortal y por más caca seca de humano que le batieron con alcohol y arañas patonas, el remedio no funcionó, el veneno del maldito alacrán lo mató. Era la oportunidad de tener a un hermano y fue un fracaso. Lo bueno es que papá no distingue estas categorías de los medios o las medias hermanas. Esta costumbre viene de su mamá, Candelaria de China, quien tampoco distinguía quiénes son los demás, para ella sus cercanas eran sus hermanas y les decía nitsin, “hermana”. Me acuerdo mucho de una tía que venía de Ahuacotzingo, mis hermanos y yo supimos que era familiar de nosotros porque venía en cada fiesta de la Candelaria el 2 de febrero a visitar a su tía Laya y siempre nos traía huajes y nísperos. Pero desde que dejó de venir también perdimos esta conexión familiar de la tía lejana. Me acuerdo de ella porque quería demasiado a su tía Laya, y la tía Laya la quería igual que las otras sobrinas que vivían en el pueblo, todas ya grandes de edad. Ahora ella ya no vive, abuelita ya no vive. Abuelito Manuel Jacinto tampoco vive, los papás de abuelito no viven ya y los papás de abuelita no los conocí en persona, sólo sé de sus nombres porque sé dónde están enterrados.

Ahora, todas ellas y todos ellos los cuida papá, año con año me dice lo mismo, cuando yo muera, ellos se quedarán solos y no habrá quien los recuerde ni quien los limpie. No sé si me lo dice porque quiere que yo me haga cargo de ellos o sólo es la tristeza que lo abate y piensa que él también será así olvidado o recordado algún día. Yo no sé qué decir porque me entristece escuchar eso, pero creo que soy el único que conoce a cada uno de los muertos de papá y cada uno de los muertos que cuida mamá, mis hermanos y hermanas, quizá una hermana sepa de nuestros muertitos, los demás no lo saben porque van de vez en cuando o porque no ayudan en la limpieza de nuestros muertos, sólo saben dónde están enterrados nuestros abuelitos maternos y, por supuesto, saben del panteón de abuelita Candelaria de China. De los demás saben poco.

Los muertos de papá y mamá son muchos, son tantos que cuando mamá prepara comida para ellos mata tres pollos rancheros y un guajolote, pobrecita de mi mamá, aunque le ayudamos un poco, se cansa mucho ese día porque todo lo prepara ella y hasta ahora, nunca la he escuchado quejarse. La mesa que se pone se llena de platos y tazas porque por cada muerto se le pone un plato con comida, una taza de café, un tamal de frijol, otro tamal de masa o tololotsin, su vela a cada uno y un pan, por supuesto, un plato extra para aquellos que ya no tiene familiar quien los recuerde. Enfrente del altar se cuelgan varios panes de muñecos estilo chilapeño para todos los niños muertos. No debe de faltar nada ni nadie, alrededor de ese banquete flores de sempoalxochitl y de terciopelo. El agua bendita que se pone es para todos y las flores que se ponen también es para todos. Papá siembra sus flores y los vamos a cortar el 29 de octubre para adornar el altar y para hacer nuestras cadenas de flores o xochikoskatl. Cortamos dos manojos grandes, a veces tres y los subimos al caballo de papá, también cortamos por los menos dos costales de pura cabeza de flor para tejer los xochikoskatl y así no tener que comprar porque comprarlos sale muy caro y si tienes muchos muertos, la verdad es que el dinero no alcanza. Mejor siembra sus flores y los cortamos en días cercanos a la fiesta y si nos llegara a sobrar flor, en vez de comprarlo lo terminamos vendiendo. A papá no le interesa mucho vender, sólo le interesa tener muchas flores y ponerles a sus muertos. Dice él que no le gusta poner flores contadas como lo hacen algunos paisanos que son codos. Papá se molesta con los vendedores de flor porque venden las más bonitas y grandes y ponen a sus muertos las más pequeñas, él hace todo lo contrario.

Hoy que cuento esto, seguramente los camposantos han opacado ya sus colores después de lucir bellas y ser un lugar de fiesta. Voy meditando esto y pienso en el terreno en donde sembraré mis flores de sempoalxochitl.

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