¿SOY UN INDÍGENA?
Nací en una comunidad rodeada de cerros verdes. Tal vez ser indio estaba destinado para mí. Meses antes de mi nacimiento, mi abuelo soñó con un gavilán y anunció que yo sería varón. Así ocurrió lo predicho. Aunque hoy las parteras estén prohibidas, tuve la fortuna de ser recibido por Asenciona Esteban, a quien yo llamaba abuela. Tal vez eso me hace indígena. Crecí en una familia sencilla, sin las tentaciones del mundo exterior, pues mis padres no tenían recursos para distraer nuestros pensamientos. La lengua suele transmitirse por la madre, pero en mi caso fue mi padre quien me inspiró a imaginar en totonaco. Él trabajaba la tierra sembrando maíz, frijol, calabaza, chile, jitomate y más.
Es un hombre poseedor de una tradición oral inmensa: cuentos, mitos, leyendas y saberes de la tierra, tal vez ser su hijo me hace indígena. En Aqpuucho’qo’ (nombre de mi pueblo, que significa “Sobre el río”) la cultura y la lengua estaban presentes en cada vereda, la discriminación era extraña: se insultaba no a quienes hablaban totonaco, sino a quienes no lo hacían. Los niños sabíamos el valor de nuestra lengua.
Allí, la piel morena era necesaria para resistir los latigazos del sol mientras se limpiaba la milpa. Cada casa tenía su sabia, generalmente la abuela, guardiana de los conocimientos más ocultos y poderosos.
Me criaron padres de tez morena que hablaban totonaco y que constantemente me recordaban el poder de mis ancestros. Desde niño hasta la adolescencia decidí aprender a escribir formalmente en mi lengua. Tal vez todo eso me hace indio, indígena, o cualquier palabra que los estudiosos inventen para denominar a la población “segregada”. Yo siempre me he burlado de esas etiquetas, porque no suponen algo malo para mis creencias. Si ser indígena significa hablar mi lengua, tener la piel morena, poseer los conocimientos para contactar con los entes del fuego, del agua, del trueno, del aire, de la tierra y de los árboles, entonces sí: soy y seré indígena. Para nosotros esa palabra no es denigrante, sino un motivo de orgullo, porque lo hemos resignificado.
Sí, tal vez yo sea indígena… pero no como lo imaginó el hombre blanco.
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Andrés Hernández Juárez es originario de Tuxtla, Zapotitlán de Méndez, Puebla; escribe en lengua totonaca y cursa una licenciatura en Lengua y Cultura.