UN CINE PARA SANAR. EL FUEGO SAGRADO EN “OCOTE. FESTIVAL DE CINE EN CHIAPAS”
El viernes 10 de octubre de 2025 se celebró en San Cristóbal de Las Casas la clausura de “Ocote. Festival de Cine en Chiapas”. Nuestros corazones estaban llenos de fuerza y esperanza por lo que vivimos colectivamente en ese muy-otro-festival. Y, por lo que, del 4 al 10 de octubre, pudimos ver. Me refiero a la obra creativa audiovisual de 16 realizadoras y 19 realizadores oriundos de pueblos originarios de Chiapas y de Oaxaca, así como de creadores autonombrados de diferentes maneras: habitantes de la ciudad sancristobalense, lesbo, chico trans, señoras punk, raperas(os) de la Zona Norte, músicos chiapanecos y de más lejos, mamás en duelo, buscadoras(es) de nuestras raíces, amantes del cine, cronistas visuales, etcétera, etcétera. Nuestra diversidad estuvo a flor de piel, pero no nos impidió identificar un horizonte común donde juegan un papel central nuestras creatividades audiovisuales hechas para la vida y encarnadas en diferentes modos, tiempos y geografías, parafraseando a las, los, loas zapatistas.
No voy a hablar de todo lo que pasó en el festival porque me rebasa, a más que sería muy arrogante; sería seguir los modos del ojo masculinista panóptico que todo lo ve y que todo lo sabe. Ese no es mi modo. Voy a hablar de lo que me “atravesó” a lo largo de esa semana de compartencias en ese mi/nuestro “territorio”, parafraseando el título de la película de la cineasta Gabriela Domínguez Ruvalcaba, Formas de atravesar un territorio (Chiapas, 2024). Cuando digo, mi/nuestro territorio, me refiero a ese tejido de cuerpas, mentes, corazones y espíritus que yosotras logramos crear al estar juntas y en esa compartencia cómplice, intensa y permanente.
Arrancó el festival con un teatro Zebadúa lleno y, al pie del escenario, estaba pegada la bandera de Palestina. Una forma sutil pero firme de decir “Palestina Libre” y de sumarnos al grito que recorre el mundo: “Alto al Genocidio”. Lo que vino en seguida no era menor pues frente a esa violencia atroz exterminadora apareció la que se perpetra en estas latitudes contra mujeres, pueblos y la Madre Tierra. En la pantalla grande vimos aparecer las primeras escenas de la película Li Cham (Morí) (Chiapas, 2024) de la cineasta tsotsil Ana Ts’uyeb. Ana, su mamá (Margarita), su tía (Juana) y su cuñada (Faustina) nos mostraron las formas en que ellas han visto, vivido y sentido la muerte propia y la de sus seres queridos, pero a la vez nos hablaron, a través de la cámara, de la forma en que han buscado ser plenas y autónomas. En medio de cafetales, maizales, veredas y cocinas esas mujeres tsotsiles del municipio de Chenalhó nos compartieron sus temores y sufrimientos, pero también cómo el movimiento zapatista llegó a sus vidas en 1994 y tuvo efectos dignificantes y potenciadores que les permitieron renacer.
Una y otra vez las y los realizadores participantes en el festival nos dijeron que están haciendo cine para sanar, para sanar en lo personal y en lo colectivo. Tal vez por eso es que el festival arrancó con el fuego sagrado al que le rezó la sanadora de San Juan Chamula: Marush. Sanar sí, sanar nuestros dolores, nuestras “heridas coloniales”, como afirmó la cineasta afromexicana Medhin Tewolde, directora de la película Negra (Chiapas, 2020).
Para Ana Ts’uyeb, el cine “es una herramienta para resistir, cuestionar y visibilizar un tema que no se toca.” Sirve “para incomodar”, agregó. Por su parte, la cineasta tsotsil Liliana K’an afirmó que el cine les sirve para contar desde lo íntimo y desde sus comunidades. “Nos sirve”, dijo, “para abordar temas que son tabú en nuestras comunidades”. Temas tales como el de maternar. Y así vimos que lo hizo cruzando su propia experiencia de madre primeriza con las historias de su madre y de sus abuelas. Para ello, en su película Vientre de Luna (Chiapas, 2024), Lily crea una poética audiovisual particular en donde las mujeres de diferentes generaciones se tejen de manera orgánica con los pájaros, la luna, el trueno, el rayo, las plantas, los insectos y con el pequeño Vicent, quien cierra la película susurrando en tsotsil: “Mami, jk’anojot tajmek” (“Mami, te quiero”). Ternura en tiempos de genocidio, nada menor, ¿no creen?
Por su parte la cineasta tseltal Florencia Gómez enfáticamente afirmó: “quienes filmamos y somos filmadas somos personas marcadas por lo que hiere”, por eso nuestro cine tiene que cuidar la narrativa y la imagen de las personas. Enfatizó que si bien hacer cine nos re-educa y nos cuestiona, debe partir del respeto. Algo que es más que evidente en su película 3 días, 3 años (Chiapas, 2022), donde ella como mujer tseltal va con mucho cuidado y respeto presentado en la pantalla grande los retos y logros de Elena, mujer tsotsil, síndica municipal electa por plebiscito en San Andrés Larrainzar.
En la misma dirección apuntó la cineasta zapoteca Cinthya Toledo, quien señaló que se ha enfrentado a las violencias cinematográficas dentro y fuera del cine industrial, por ello ha aprendido a hacer cine a través del cuidado pues ello, nos dijo, no es igual que hacerlo violentando a la gente o violentándose a sí misma. A lo que agregó: “la película tiene que ser cómoda para mí, para la comunidad y para el equipo… Hay que construirnos en un cine comunitario de cuidados”. Dicho esto nos contó cómo ella lo vivió en su película Huachinango rojo (Behua Xiña’) (Oaxaca, 2023), donde la tradición comunitaria del celebratorio de la virginidad sigue viva y pesa. Pero como ha dicho Cynthia en otras ocasiones, lo importante es que la película ha recorrido el Istmo: “las niñas empiezan a hablar, los niños empiezan a preguntar, a incomodarse, a cuestionar, porque no se trata de decir qué está mal, se trata de mostrar lo que está pasando y que cada quien crea lo que quiera. Me gusta que el docu llegue a las niñas, a los niños, que les dé la oportunidad de pensar en lo que ellos quieren”, afirmó recientemente en una entrevista que le hizo IMCINE.
Lorena Gómez, sonidista de raíz huixteca, afirmó que “ahora a diferencia de décadas pasadas, estamos contando narrativas más íntimas que nos atraviesan”. La expresión más cruda de esa afirmación la vivimos colectivamente cuando el martes en la noche se proyectó La impronta (Chiapas, 2025), documental de la realizadora tapatía Cecilia Monroy. El corto nos dejó frías, nos quedamos de una pieza, con el grito atorado en la garganta al ver en la pantalla grande la violencia obstétrica en el cuerpo de las mujeres que dan a luz en la ciudad. El contraste entre “dar vida” y la violencia médica hospitalaria grabada en vivo durante el nacimiento de la propia Cecilia nos hizo a muchas llorar. Llorar de rabia, de indignación, de dolor. Eran lágrimas colectivas por nuestras madres, por nuestras abuelas, por nosotras todas.
Como dijo la comunicadora Gabriela López, el cine es una herramienta de expresión y sensibilización y ahí la mirada de las mujeres está jugando un papel muy valioso. Así lo vimos en la película Mamá (Chiapas, 2022), del cineasta tsotsil Xun Sero, y en la Creación de Sueños (Chiapas, 2022), de los cineastas tsotsiles Pedro Daniel López y Lola Sántiz. En ambas, las voces de las protagonistas mujeres de pueblos originarios hablaron de la violencia de la que han sido objeto, pero, a la vez, de sus maneras resilientes y dignas de enfrentarlas y salir adelante.
La mirada de las mujeres directoras y protagonistas en el cine documental, sin duda, está jugando y ha jugado un rol central para descolonizar y despatriarcalizar la mirada dominante. Pensemos, por ejemplo, en lo que la teórica cineasta británica feminista Laura Mulvey, muy tempranamente, en los años 70, llamó el male gaze, aludiendo a esa mirada presente en las películas, que ella analizó, de Hollywood de los años 50-60. En ellas la mujer es el objeto pasivo del deseo, puesto ahí para satisfacer el placer voyerista o fetichista masculino. El asunto es más complejo y tiene que ver con el sistema patriarcal que nos habita y habitamos, pero lo que quiero ahora destacar es que el cine que vimos en este festival, realizado en el marco de una industria de cine documental y hecho por las compañeras cineastas radicadas en Chiapas y Oaxaca, está logrando poner al centro a mujeres con su potencia y agencia. Mujeres culturalmente situadas tanto en lo personal como en lo colectivo-comunitario. Mujeres que le hablan lo mismo al mundo que a sus comunidades-localidades. Ellas están creando documentales que, desde su female gaze (mirada de mujer), están poniendo la vida al centro en sentido contrario a lo que vemos hacen los proyectos de muerte que hoy recorren el mundo.