CHOGO PRUDENTE Y LA REVOLUCIÓN NEGRA SE PUSO A CANTAR (SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE) / 345 — ojarasca Ojarasca
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CHOGO PRUDENTE Y LA REVOLUCIÓN NEGRA SE PUSO A CANTAR (SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE) / 345

JUAN CARLOS MARTÍNEZ PRADO

La militancia en el campo de la música tradicional, a Chogo Prudente le viene de lejos. Su pensamiento es producto de la ponderación de revueltas pasadas y, en particular, de la marca imborrable que dejó en él y su región la denominada Revolución Negra, un movimiento social que se gestó en la última década del siglo XX y que peleó por la reivindicación de los derechos y el reconocimiento constitucional de los pueblos afrodescendientes de la zona.

En 1996, Glin Yemot Nelson, un sacerdote mulato de Trinidad y Tobago, llegó como párroco a la comunidad del Ciruelo, Oaxaca e impulsó, junto a varios activistas provenientes de otras localidades, la realización del Primer encuentro de los Pueblos Negros. Con la confluencia, pobladores y activistas buscaban visibilizar la problemática de los pueblos afromexicanos, cuya cultura corría en los márgenes constitucionales del país.

Israel Reyes Larrea cuenta que la denominada revolución negra fue inspirada por el movimiento zapatista que dos años antes se había levantado en armas en el sureste mexicano. Reyes Larrea, director de Africa A.C., recuerda desde la ciudad de Oaxaca la efervescencia política que despertó la revuelta del EZLN, sobre todo en las comunidades marginadas de México y el mundo.

Entrevistado, vía telefónica, desde la casa del compositor, el activista relata que fue en 1996, en el Curato de Pinotepa Nacional, cuando se reunieron Glin Yemot Nelson, Elena Cruz, Juan Serrano, Angustia Gómez, dos antropólogos más y él para redactar el documento que dio pie al Primer encuentro de los Pueblos Negros de la costa Chica y la costa oaxaqueña.

Veintinueve años después, Chogo Prudente dice que al padre Glin Yemot y a esa movilización se les debe en gran medida el despertar de los afromexicanos de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca. “Ahora sabemos que si el blanco vale por blanco, nosotros valemos por negros. Ellos tienen su mundo, pero nosotros tenemos el nuestro”.

En ese contexto reconoce el esfuerzo de otras épocas y otros personajes en la lucha por la liberación de los pueblos afros de la costa de Oaxaca y Guerrero. Recuerda a Francisco Melo Torres, un político que se opuso a la discriminación y a los malos tratos en contra de los pueblos afrodescendientes. Melo Torres, a decir de Chogo Prudente, fue un maestro que impulsó la educación en Santiago Llano Grande La Banda. Como director de la Normal de Cacahuatepec abrió sus puertas para que los hijos de los campesinos pobres tuvieran acceso a la educación superior.

Susana Harp Iturribarría es otra oaxaqueña que tuvo un papel destacado en la batahola por el reconocimiento de los derechos de los pueblos afrodescendientes, dice el artista. La intérprete, en calidad de senadora de la República, propuso el 18 de octubre de 2018 una iniciativa de ley que elevaba a nivel constitucional esos derechos. El 9 de agosto de 2019, más de 200 años después de fundada la República, el Congreso de la Unión aprobó dicha enmienda.

La reforma reconoció “a los pueblos y comunidades afromexicanas, cualquiera que sea su autodeterminación, como parte de la composición pluricultural de la Nación”. Garantizó, además, “la libre determinación, la autonomía, desarrollo e inclusión social” de esas entidades.

Aunque no lo admita ni presuma, Chogo Prudente no ha dejado de ser un activista en defensa de esos derechos, dice Evangelina García Hernández, una antigua colega suya y directora de la Escuela Secundaria General Ricardo Flores Magón de San Juan Bautista Lo de Soto.

En 2016, Lucy Durán, etnomusicóloga y productora discográfica, coordinó, a instancias del intérprete, algunos cursos musicales de origen africano en Santiago Llano Grande La Banda. La investigadora aprovechó su estancia en el pueblo para hacer con el autor una amplia entrevista para la BBC de Londres. Enfundado en antiguos reclamos, Chogo no dejó pasar la oportunidad y denunció el trato humillante y los abusos de poder que padecen los afrodescendientes en manos de las policías mexicanas, sobre todo cuando salen de sus lugares de origen.

Recordó cuando él y un paisano suyo fueron detenidos por policías federales en un viaje a la Ciudad de México. De manera prepotente, los uniformados exigieron a ambos se identificaran. Chogo y su acompañante mostraron sus credenciales de elector que avalaban su nacionalidad mexicana, sin embargo, para los oficiales no fue suficiente.

El artista dijo a la BBC que en México se ha normalizado ese tipo de revisiones ilegales dirigidas en contra de las personas de piel oscura. En la mayor parte de los casos la policía obliga a los detenidos a cantar el himno nacional para comprobar su identidad, so pena de ser deportados a algún país centroamericano. Chogo recuerda con cierto humor el suceso con los policías y la manera en que les cambió el juego. Sin inmutarse, les preguntó cuál himno querían que les cantara. ¿El corto que se canta en las escuelas o el que comprende todas las estrofas? Irritados, los uniformados no supieron qué responder y los dejaron ir.

En su día a día, Chogo le dedica tiempo al campo y a la cría de ganado en una parcela ejidal. Ofrece conciertos y viaja por su estado y otros lugares del país. Durante más de veinticinco años enseñó en la Escuela Secundaria General Ricardo Flores Magón, en San Juan Bautista Lo de Soto, una comunidad vecina a la suya. En ese centro de estudios, el artista dejó un gran legado didáctico y musical, a decir de dos colegas suyos.

Existe un video que lo retrata de cuerpo entero. En una modesta instalación de su localidad aparece rodeado de niños y niñas. Él toca y canta un son de artesa, mientras sus pupilos bailan al compas de su voz y guitarra. Llama la atención Mali, su nieta, que toca el cajón con aires de una profesional consumada.

En mi segunda visita a su pueblo, acompañé a Chogo a la escuela secundaria de la que se jubiló en febrero pasado. Confirmé lo del legado al que se habían referido sus colegas unos días atrás. A su paso, un grupo de estudiantes se arremolinaron a su alrededor y se le colgaron al cuello, felices por verlo recorrer de nuevo los pasillos de la escuela.

¡Profe Chogo! ¡Profe Chogo!, era el grito. ¡Qué gusto, verlo! Sus exalumnos le profesaban cariño y agradecimiento. De regreso a su casa manejó su auto por una estrecha carretera despedazada por las últimas lluvias y los años de abandono. Las costras en el pavimento constituyen la marca de un sistema de injusticias y corrupción que, al parecer, se niega a morir allende las tupidas arboledas.

“Soy un músico hecho en la vida”, dice cuando se refiere a su formación. Huérfano de padre y madre, descubrió su oficio en las calles, en las plazas, en las serenatas y cantinas de su pueblo. Desde niño se interesó en cantar y aprender a tocar un instrumento musical con la asistencia sólo de Eustolio Torres, su padre adoptivo, quien le enseñó las primeras notas musicales. Torres fue un valiente habitante de Santiago Llano Grande La Banda. Dedicado a la agricultura, fundó y lideró a los Kullapis, el primer grupo musical con aparatos eléctricos de su pueblo. Pero Chogo era semilla de un árbol musical de altas ramas. Traía la huella poética en la sabia brotada de la tierra. Urpicio Prudente Montes, su padre biológico, fue un trompetista connotado que integró y encabezó Cuatro Milpas, una de las bandas célebres de la región.

De acuerdo a Pablo Calleja, el último integrante de la banda que queda con vida, Picho Prudente, como se le conocía, se caracterizó no sólo por ser un músico preparado —entonces capaz de leer partituras en un pueblo lejano—, sino por ser un hombre cabal. Entrevistado en su casa, Calleja, de 87 años, cuenta que al término de las presentaciones, que podían ser en lugares remotos y durar hasta tres días sin que los músicos pararan de tocar, Prudente Montes premiaba a sus músicos.

Después de repartir la paga de forma ecuánime, el sobrante lo repartía entre los integrantes en partes iguales. Urpicio Prudente, por lo regular, recompensaba con un poco más de dinero al baterista, ya que, a su juicio, era el único músico que no dejaba de tocar durante todo el convite.

El padre de Chogo falleció después de que enfermó de los pulmones posiblemente por el efecto químico del latón de la trompeta. En el pueblo, algunos lo recuerdan por haberse dedicado a impartir talleres de música a niños y jóvenes, sin cobrar un peso, como ahora lo hace su hijo. Con el recuerdo de un padre que no conoció, pero que le renace en el corazón con historias como la que cuenta Pablo Calleja, Chogo Prudente me cuenta pasajes de su vida.

Aunque sus primeras composiciones datan de cuando tenía 15 años, sus inicios en la música formal se concretaron después de que llevó los primeros dos picheles de leche a su casa. Para entonces había comprado sus primeras dos vacas y contaba ya con los medios económicos, no del todo suficientes, para solventar los gastos familiares. Tenía 26 años, una mujer y un hijo que mantener. “Le dije a mi mujer que ahora me tocaba a mí. Ella comprendió. Me escuchaba cantar y me veía componer. Sabía que traía eso de la música muy adentro”, dice.

Fueron tiempos en los que el artista se esparció. Se entregó en cuerpo y alma. No salía de su refugio, si no fuera para comer, ir a dar clases y jugar al futbol, otra de sus grandes pasiones. Entonces, alcanzaba componer hasta tres canciones al día. La producción se fue acumulando en apretados casetes. Ahora había que buscarle salida.

Recuerda que por su casa pasaban músicos de su pueblo y de otras localidades cercanas. Le pedían canciones y él se las daba. Quería que su música fuera cantada, que caminara y se escuchara lejos. Tenía fe en Dios y creía mucho en lo que hacía. Todo hubiera seguido igual si no hubiera sido por una epifanía que un domingo le tocó el orgullo. En el que sería su último partido de futbol, jugado en la liga de su pueblo, uno de sus contrarios, mucho más joven que él, le rebasó tres veces seguidas por la banda izquierda. Chogo no alcanzaba el aire y menos al muchachito del drible endiablado.

Desde las tribunas alguien gritó: “saquen a Chogo que ya está viejo”. Entonces tenía 45 años. “Y sí, en ese momento comprendí que era hora de retirarme”, dice riendo en la amplia techumbre de teja bajo la que hablamos.

¿Tocaba probar suerte en otra parte? No. Chogo Prudente traía ya un camino trazado. Era dueño de una voz poderosa y de la conciencia de pertenecer a los restos de una cultura milenaria que aún sobrevivía en su pueblo. Con ese capital en los bolsillos ahora sólo se trataba de echarse a andar. Y lo hizo.

Israel Reyes Larrea, quien ha sido parte de la movilización de los pueblos negros de la costa oaxaqueña, en una ocasión pasó por la casa del artista para invitarlo a Oaxaca. Era mayo de 2012. Chogo no sabía que su vida daría un vuelco. Por esas fechas se celebraba el Día Internacional de la Negritud en la capital oaxaqueña y para la efeméride se había organizado un festival artístico en el que participarían artistas afrodescendientes. Los convocados eran, por supuesto, la “Danza de los diablos”, un músico y un poeta. Para la danza se había preparado una escenografía especial y costosa.

La gente fue llenando la Plaza de la Danza, pero para Chogo Prudente todo pintaba mal. El sonido era deficiente y la acústica del lugar no ayudaba para que su voz y guitarra lucieran como él esperaba. Concluyó su presentación con un mal sabor de boca. Temía lo peor. Y lo más canijo era tener que reembolsar el dinero que se le había pagado por adelantado. Llegó el momento de la verdad, pensó, cuando hasta él se aproximó uno de los asistentes del secretario de Artes y Cultura de Oaxaca. “El jefe te espera en las gradas”, le dijo.

El titular de la secretaría se veía emocionado. Toda la logística del evento estaba prevista para que destacara la “Danza de los diablos”. Le comentó que con ese propósito la dependencia incluso había contratado a un coreógrafo profesional, sin embargo, el funcionario exclamó: “Chogo, tú te llevaste la noche”. No sólo cosechó el aplauso y reconocimiento del público; quedó invitado para participar, dos meses después, en la Guelaguetza, el festival considerado como una de las tribunas relevantes del arte indígena. De allí en adelante Chogo Prudente no ha parado.

Contra los peores augurios de sus propios coterráneos, su voz sigue cautivando y lo ha llevado a pisar escenarios insospechados. De la mano de Mary Farquharson —a quien el artista le llenó el oído—, en 2016 pisó por primera vez el tablado del Festival Internacional Cervantino. A ese festival llevó consigo son de artesa, chilenas y otras danzas propias de la región afro de la costa oaxaqueña. Por su manera peculiar de abordar la atmósfera sentimental de la llanada, en 2017 su voz alcanzó el Zócalo de la Ciudad de México y sigue siendo un invitado especial y permanente a la Guelaguetza cada año.

En 2018 produjo el programa musical Soy Bandeño, una exposición polifónica que aborda las costumbres de Llano Grande La Banda. El formato se presentó ese año en el Festival Internacional Cervantino. Con ayuda de Discos Corason, el sketch incluyó la participación de cinco músicos y dos bailarines. La exposición se mostró con gran éxito en la Universidad de Chapingo, la Universidad Autónoma de México y en el emblemático teatro Macedonio Alcalá, en la capital oaxaqueña. Eufórico, el público abarrotó los espacios y se volcó de lleno en reconocimiento a su talento creador.

Prudente ha grabado tres discos propios y con Corason, un sello de música de culto, grabó Luz de Luna y Por Cobardía, inspiraciones de Álvaro Carrillo y Francisco Melo Torres, respectivamente. En 2025, Lila Downs grabó su canción La tía Joaquina, que inyecta euforia y da luz a la chilena y al zapateado. En una reciente visita a Puerto Escondido, Natalia Lafourcade aparece siguiendo la letra de Te cruzaste en mi camino, otra composición de Chogo. En el video se ve al bandeño que canta y toca la guitarra y a la intérprete que lo sigue con su tono dulce y relajado.

El 25 de septiembre de 2025 se presentó en el Cuarto Festival de los Pueblos Afromexicanos, en Marquelia, Guerrero. Acudió como uno de sus invitados especiales. Lo acompañaron cuatro excelentes músicos, Raí Jhalei, su hijo, y algunas parejas de bailarines de Marquelia y Acapulco. Al término de su presentación, sus canciones fueron ovacionadas por un público que pedía más a gritos. Era tanta la euforia abajo y arriba del estrado, que el artista echó mano de José Alfredo Jiménez para el cierre del concierto. Esa noche Chogo reveló su maestría para manejar el timing en el escenario.

Semanas antes, le pregunté por las cualidades que un músico debe reunir para llegar a ser bueno en su oficio. En Marquelia, el autor descodificó una de las variables de la fórmula: entrega. Entre las emociones que despertaban sus canciones, recordé su ideario construido a lo largo de los años en el proscenio. “Para llegar a ser un buen músico”, me dijo, “no sólo se necesita cantar bien, componer bien, ejecutar bien la guitarra. Se requiere de algo más. Es necesaria la humildad, la constancia, la responsabilidad, pero, sobre todo, se requiere honestidad”.

Chogo viaja en el asiento trasero del auto de Marquelia a Cuajinicuilapa. Explica a Ernesto, el saxofonista del grupo, algunos compases del son de artesa y de la chilena. Por momentos, ambos escudriñan la lontananza. Destaca un lago manso que ha aumentado su nivel con las últimas lluvias. Hay cabezas de ganado pastando bajo el brillo del sol que enciende el verdor azul y lejano de las montañas.

A instancias de Chogo, hacemos una parada en Huehuetán, una comunidad de hombres bragados que Álvaro Carrillo cita en su canción Alingo lingo. De Huehuetán se dice que su panteón es más grande que el pueblo. Por cuestiones de seguridad, pedimos al saxofonista quitarse los lentes oscuros que trae puestos al estilo de Aaron Paul de Breaking Bad. Entramos al pueblo puros batos en dos carros desconocidos y se trata de pasar desapercibidos.

Son las 12:45 y Huehuetán duerme la modorra del medio día. Es un pueblo pequeño y de calles estrechas. Muchas casas son de material y techos de teja. De una fotografía se desprende la típica imagen de los pueblos pobres del sureste mexicano. Visitamos el museo del pueblo con la idea de seguirle rascando a la historia de la negritud. El recinto sorprende por su orden y limpieza. Son cuatro salitas que contienen la información necesaria sobre el pasado de la región. La chica que lo atiende explica con claridad cada una de las estaciones.

Al final del recorrido, Chogo ofrece a la joven, una aspirante a poeta, algunas claves del verso. El artista explica que el uso de la metáfora es un buen recurso para escribir y darle salida a la inspiración. Pero sobre todo, en este terreno, hay que ser constantes y no cejar, aconseja el autor.

Chogo siegue siendo un Quijote. Recuerdo la noche lluviosa en su pueblo en que me reveló uno de sus viejos sueños. Que Santiago Llano Grande La Banda se convierta en un referente de la cultura afro en el país. Su anhelo tiene sustento. Confía en el talento artístico de cantantes y danzantes de su comunidad que hasta ahora han permanecido en la sombra. Para eso, no hay que cejar.

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Primera parte del reportaje, en Ojarasca número 344:
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