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DESCARRILAR UN INSTANTE (ÚLTIMA PARTE)

RAMÓN VERA-HERRERA

LA OBJETIVIDAD RESBALA

Puesto que lo instantáneo se convirtió en simultáneo en todo el planeta, para las nuevas generaciones debe ser muy difícil leer, registrar, percibir las grietas, las brechas que para otras generaciones fueron materia de discusiones epistemológicas profundas sobre la percepción y el sentido.

A la gente metida a Instagram o a TikTok ya no le importa la subjetividad ni qué es lo objetivo y qué no. La Inteligencia Artificial logró establecer un clima de confusión donde parecería que buscan que ya no importe nada si algo es ficción o realidad. Y sin embargo, la conciencia de una subjetividad actuante es todavía una de nuestras herramientas de resistencia contra el brutalismo obtuso que nos quieren imponer desde los medios de información y entretenimiento. La novela de George Orwell 1984 y Un mundo feliz de Aldous Huxley se fundieron en una sola trama mucho más siniestra.

¿Será entonces que debemos abandonar nuestro estudio de la fotografía? ¿Qué atisbos nos puede ofrecer la búsqueda activa de sentido? Las redes sociales están logrando que fotos y videos (o reels) nos hagan suponer que puede negarse el devenir de los sucesos. Todo aparece y desaparece sin que podamos interactuar con lo que nos imponen. Lo instantáneo impera y la compactación, la subsunción de todas las formas del tiempo, también deviene brutal.

En tanto, nuestra argumentación fundamental es que el significado de los acontecimientos, de los sucesos e incidentes sólo puede ocurrir con el paso del tiempo y tenemos que buscar sus anclajes.

Lo decíamos en el capítulo inicial: “La foto preserva las apariencias de lo ausente mucho más directamente que cualquier otra forma de imagen visual pero ‘una fotografía preserva un momento en el tiempo e impide que éste sea eclipsado por la sucesión de momentos ulteriores. A este respecto podría compararse con las imágenes acumuladas en la memoria. Sin embargo hay una diferencia fundamental: mientras las imágenes recordadas son el residuo de una experiencia continua, una fotografía aísla las apariencias de un instante desconectado’ [1]. El disparo de la cámara descarrila un instante. Al descarrilarlo lo enfatiza, quizá por eso las fotos son tan atractivas. Su cualidad fantasmal les otorga importancia. Pero el significado no es instantáneo. No puede darse sin desarrollo porque descubre en lo que conecta. ‘El significado es una respuesta no sólo a lo conocido sino también a lo desconocido: significado y misterio son inseparables y ninguno existe sin el paso del tiempo’ [1]. Como instantes descarrilados, las fotos son intrínsecamente ambiguas. Su discontinuidad con lo vivido como flujo las resalta y las enigmatiza”.

La fotografía, como la conocimos desde décadas antes de la era digital y las redes sociales, siempre fue (y todavía es) el ejercicio de problematizar los instantes y tratar de crearnos una amalgama de sentido a partir de las discontinuidades percibidas entre el momento de mirar una foto y el momento en que ese instante se descarriló. Ese ejercicio, que muchas veces la gente ni siquiera tiene presente en su vida, puede ahora, en la era de la Inteligencia Artifical, ser una herramienta crucial de resistencia para seguir ejerciendo nuestra imaginación natural, nuestra memoria a plenitud.

Con las redes sociales, lo significativo individual está trastocado. Mientras más global se torna la historia y mientras más aprisa se documenta, se torna efeméride y alcanza a lo sumo estatus de noticia, de un instante atrapado en donde nos cuentan algo, pero fuera de contexto. Establecer relaciones históricas se torna más difícil. ¿Cómo valorar entonces la significación en nuestra vida, en nuestras acciones de colaboración y organización con otros y otras? ¿Cómo mantener el aplomo que nos da entender las disparidades, las sinuosidades, las flexibilidades del tiempo?

Cómo sacar del agua ese cúmulo de imágenes negadas, la experiencia continua a la que otorgamos tan poco valor. Cómo estudiar y ejercer esa síntesis, la formación de imágenes, para expresar, comunicar, crear y jugar con ella en algo tan diferente al Facebook o el Instagram.

Estamos convencidos que la fotografía es todavía una herramienta de la memoria y la imaginación, e indagar su naturaleza puede defendernos de las inteligencias artificiales.

Si se dice que la cámara atrapa un instante, ¿dónde queda el fotógrafo? Es evidente que éste ejerce una serie de decisiones y que son fruto de construcciones ideológicas o culturales: el fotógrafo atrapa un instante y no otro. La fotografía puede ennoblecer, petrificar o corromper lo que retrata. Sin embargo la decisión de la persona ante la cámara (o el instante) es mínima y está situada antes del clic: entre el disparo y la impresión dentro de la cámara no tiene ya injerencia: lo atrapado es en esencia una huella, ese fantasma suspendido en la caja mágica. Esta decisión previa implica foco, filtros, tiempo de exposición; incluso la fuerza de la solución reveladora si nuestra foto no es digital, la clase de papel, lo claro u oscuro de la copia, el formato, el corte. Pero después del clic, cualquier manipulación es extrafotográfica. Quien fotografía no interviene ni puede intervenir entre la luz que emana de lo retratado y la impresión en la película. Su trabajo es citar apariencias, capturarlas. Incluso en su versión digital el momento “clic” define una frontera tras la cual lo capturado es una huella sin más intervención.

Tal vez por esta imposibilidad de inmiscusión aceptamos que la fotografía no miente. Por supuesto se puede mentir con la foto, como lo demuestra el sistema global de desinformación de los medios, pero para John Berger esto se hace mintiendo más allá de la cámara. Montando un retablo que deviene de la iconografía y las asociaciones heredadas de la pintura, o se podría agregar, seleccionando mañosamente, citando fuera de contexto, al hacer posar, en su asociación con frases, retocando, ejerciendo el fotomontaje: la parafernalia de trucos es vasta (y más ahora con la truculencia de la IA) pero no es fotográfica. Como herramienta la fotografía tiene otro perfil.

Si las fotografías no mienten, tampoco pueden decir la verdad. “La verdad que pueden defender por sí mismas es muy limitada”. Es decir, la fotografía, hija del positivismo y la medición —recuérdense las fotografías de la antropometría, Carl Lumholtz es un ejemplo—, tiende a igualar diversos niveles de significación que no son equiparables [3]. Al ser instantes desconectados su ambigüedad no es gratuita: ¿cómo equiparar la foto de las patas de una drosofila o la foto de un volcán en erupción, con apenas un instante de la experiencia de hambre vivida por una persona o varias familias? “A cierto nivel no hay fotografías que puedan negarse. Todas las fotografías tienen status de dato. Habría que examinar en qué medida pueden dar significado a los datos” [1].

Si vivimos en un sistema global que deja fuera o que niega abiertamente mucha experiencia subjetiva de hombres y mujeres, en qué se basan las fotografías que pueden oponerse a la historia expandiendo la imaginación, significando para el espectador, aunque no sea éste el hijo ausente que encuentra una foto en un cajón, o el desconsolado que regresa al pasado para bucear en la experiencia del padre muerto que desde un papel aún camina encorvado por una banqueta de Cuernavaca para siempre de 35 años de edad.

Estamos abogando en defensa de herramientas como la fotografía que paradójicamente desaparecieron de la consideracion pública por la omnipresencia de la imagen. Las imágenes permitidas y promovidas en lo público son desechables en tanto el sinfín de un posteo tras otro va descartando lo que podemos mirar fugazmente.

Y entonces la gente puede ya no considerar la fotografía como una herramienta de entendimiento de la realidad. El encantamiento del público hacia las imágenes es con el contenido de ese instante, aunque no diga nada. Su fuerza de encantamiento, fugaz, le viene de las sorpresas y el azar de las maromas del algoritmo.

Mi alegato no excluye que el algoritmo, que contempla siempre nuestras opciones, pueda acabar enviándonos “posteos” interesantes. Tengo una racha en que a mí por ejemplo me llegan, semana a semana, historias de mujeres (de hombres también pero menos) que fueron transgresoras y hasta forajidas, por romper con la opresión machista en los rincones del Lejano Oeste en el siglo XIX. Y me aparece la foto. Puedo quedarme, como tanta gente, con la foto, un semblante de alguna heroína en sus avatares, que aparece y se descarta, o puedo yo mismo apartarla e indagar en la existencia real de esa mujer buscando develar el misterio que se asomó en ese instante.

Darle sentido a un instante o un conjunto de ellos es tender conexiones anteriores o futuras que le devuelvan el sentido que se perdió al descarrilarse. Y buscar su sentido es activar un relato, fruto de nuestra indagación. Porque si la experiencia es continua, indivisible y siempre más vasta que cualquier trazo de sendero, los relatos, como dice dice John Berger, “caminan, como los animales y la gente. Y sus pasos no se dan solamente entre eventos narrados sino entre cada oración, a veces entre cada palabra. Cada paso es una zancada por encima de algo no dicho” [1]. Al dar pasos dejan huecos sobre la vereda: lo no dicho que es misterio. Hallar algún equilibrio entre certeza y misterio es descubrir su sentido, aunque éste sea momentáneo: es el cuerpo de lo narrado y si no se comparte no existe. Eso mismo hacemos al mirar una foto con espíritu de búsqueda. Revivir la idea de que, como dice Canetti, las narraciones son la forma más ancestral de la metamorfosis, al encarnar lo vivido por otros y reavivar nuestra experiencia [2] [7]. “Al relatar traducimos y eso nos transforma. Vivimos contándonos historia tras historia porque cambiamos todo el tiempo. Cuando sentimos que cambiamos, cuando lo reconocemos, nace también una narración [7]. Puede ser el reporte mínimo y quizá más atávico de nuestros contactos, o toda la riqueza de nuestro ser con otros, pero en su cauce, por sus cauces, flota a la deriva su impulso: recrear, entender lo que vivimos. En esta recreación que siempre es nueva viven los milagros; la diversidad es su espíritu, la identidad su centro y su energía” [11].

Reivindicar la fotografía como herramienta de la memoria contra la omnipresencia del instante implica asumir todo lo que nos provoque a asociar, conectar y buscar sentidos ulteriores, y crear imágenes de las cuales la metáfora es una forma menor. Hay que reconsiderar los elementos ausentes en un relato como fundamentales a éste (y considerar lo discontinuo, el agujero, lo no dicho, lo ausente: hacer música a partir del silencio, de lo inexpresable, del misterio: el flujo de eventos antes y después del instante descarrilado).

“Uno puede acostarse en el suelo y mirar a lo alto el casi infinito número de estrellas en el cielo nocturno, pero para hacer relatos de ellas necesitamos verlas como constelaciones y asumir las líneas invisibles que las conectan” [1].

En Another way of telling, centro de la obra reflexiva de Berger en torno a la fotografía y la imaginación, se señala que en los cuentos se ha sobreenfatizado el papel del final para crear suspenso. “La tensión esencial en un cuento está en otro lado. No tanto en el misterio de su destino sino en el misterio de los espacios entre los pasos hacia su destino”. Existe un acuerdo tácito en cualquier relato, entre lo no dicho, acerca de lo que conecta las discontinuidades. Cuando un cuento hace sentido a pesar de esas discontinuidades, adquiere “autoridad”. “Las discontinuidades de un cuento y el acuerdo tácito que subyace funden al narrador, al escucha y a los protagonistas en una amalgama que podría nombrarse como el sujeto reflejante del cuento”. Parte fundamental de lo que amalgama esta triada o cruce de caminos deriva de lo no dicho, de lo ausente, de ese misterio y ese desarrollo que permiten que surja el significado, la magia de la revelación. Entonces al escuchar contribuimos, junto con los personajes, a lo que quien relató buscó entender y decir.

 

VOLVIENDO A LA NATURALEZA DE LA FOTOGRAFÍA

En la entrega anterior hablábamos de la interpenetración de las apariencias. Cómo es que riman, como decía John Berger, estableciendo semejanzas que nos emparentan con el mundo: “una astilla de roca puede semejar una montaña; el pasto crece como cabello; las olas tienen forma de valles; la nieve es cristalina; el crecimiento de las nueces está constreñido a sus cáscaras de manera un tanto parecida al crecimiento de los cerebros en sus cráneos; todas las patas y piernas de soporte, ya sean estáticas o móviles, se refieren unas a otras...” [1].

Esta coherencia de las apariencias no es sólo una relación externa. Ver en el ojo, no con los ojos, implica lo que hoy día llamamos invocar otras cosas y eventos. “Reconocer una apariencia requiere el recuerdo de otras apariencias”. “Una imagen se interpenetra con otras”: el tiempo-imaginación como cruce de caminos que rebota a saltos y deslices por momentos y sincronicidades, eterno tren de figuras empalmadas, creándose y reproduciéndose, unas más nítidas, otras borradas al ser sustituidas, en nuestro interior [5] [2].

El ser instantáneo de la muestra fotográfica atrapa apariencias y éstas, por pobres que sean en significación, resuenan, riman, invocan otras. La ausencia de su pasado y su futuro crean misterio y una expectativa de dilucidación. En “todo acto de mirar hay ya una expectativa de significado” [1]; ésta conecta en nosotros todos los corredores que fluyen empalmados en ese ojo-aleph. La interpenetración de apariencias hacia atrás y hacia adelante es tan vasta que siempre se establece una conexión, azarosa y llena de aristas, evanescente tal vez, y que debe distinguirse del deseo de una explicación [5].

Es paradójico que la simultaneidad actual de las redes sociales va entorpeciendo u oscureciendo la legibilidad de lo que miramos, aunque nos maraville el carrusel de grietas hacia los pasadizos infinitos que antes teníamos dentro y hoy nos exigen mantenerlos cosificados en nuestras computadoras o nuestros teléfonos.

Contrario a lo que se cree, la objetividad positivista, al someter lo “real” a sus normas algorítmicas, en vez de expandir, domestica. La homogeneidad de los íconos de la política y lo “documental”, se nos imponen por lo estadístico y ni significan, ni se borran, pero nos miran desde su nadería, entrometiendo una aburrición y una ausencia de sentido —y hay gente que los disfruta como chiste jocoso o cantaleta. La variación que mantienen es tan circunscrita que se tornan callejones sin salida del sentido. Las redes sociales están plagadas con verdaderos virus. Interrumpen al ojo en su corporeidad y le cortan momentáneamente la corriente, vez tras vez, y otra vez.

Como herramienta de la imaginación, en sus 187 años de existencia la fotografía sigue investigando las relaciones imaginantes. Nuestra mirada intenta atrapar visiones fragmentarias que se acomodan y se borran de modos desconocidos. Y si cada actividad conlleva una lectura del mundo, hay tareas —como viajar— que intensifican nuestro sentido de atención y lo vuelven más diverso y más pleno de sentido. Mirar fotos, no sólo hacerlas, es otra de esas actividades [7].

En nuestro mundo actual, tenemos que asumirnos en resistencia permanente, mirar fotos de manera crítica y significativa, y negarnos al imperio del instante cosificador y fugaz que no acumula sentido sino que lo vacía en su interminable devenir en la oscuridad del ámbito de lo digital.

Primera parte, en Ojarasca número 343: https://ojarasca.jornada.com.mx/2025/11/07/descarrilar-un-instante-primera-parte-4078.html

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Lecturas

1. John Berger y Jean Mohr, Another way of telling, Pantheon Books, Nueva York, 1982.
2. Giordano Bruno, Mundo, magia, memoria, Edición de Ignacio Gómez de Liaño, Editorial Taurus, Madrid, 1973.
3. Alfredo López Austin, Los mitos del tlacuache, Alianza Editorial Mexicana, México, 1990.
4. Bruce Chatwin, The Songlines, Penguin Books, Nueva York, 1987.
5. Maurice Merleau-Ponty, The primacy of perception, Northwestern University Press, Evanston, 1964, p. 187, (citado por J.B. en 1, p. 116).
6. Georges Poulet, Studies in human time, Harper Torch Books, Nueva York, 1956.
7. George Steiner, After Babel: aspects of language and translation, Oxford University Press, Londres, 1975.
8. John Berger y Jean Mohr, A seventh man, Granta Books (nueva edición), Londres, 1989.
9. Serge Eisenstein, The film sense, Faber y Faber, Londres, 1943.
10. Roland Barthes, Mitologías, Siglo xxi, México, 1980.
11. Ramón Vera-Herrera, Veredas, historias en los filos del mundo, Editorial Itaca, 2005.
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