LA MEMORIA ES PASADO, PRESENTE Y FUTURO
LA CANTANTE K’AQCHIQUEL SARA CURRUCHICH Y LA POESÍA DE LUIS DE LIÓN
Sara Curruchich nació en San Juan Comalapa, conocido por su población maya k’aqchikel como Chixot, que significa “sobre el comal”. Este municipio del departamento de Chimaltenango, a 52 kilómetros de la capital guatemalteca, es cuna de artistas, tejedoras y poetas. Además, fue atravesado por masacres, desapariciones y persecución durante el conflicto armado interno (1960-1996).
Un mural colectivo que rodea el cementerio municipal en la entrada al pueblo relata la historia de Chixot. En el municipio hubo un destacamento militar donde la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua) encontraría fosas y osamentas.
Soy indígena maya kaqchikel de Comalapa. Desde hace diez años comencé a cantar y a componer canciones como una manera de refugio, pero también para sanar muchas de las agresiones que había vivido por ser mujer indígena en un contexto tan diferente a mi pueblo, que era en la ciudad específicamente, y encontré en la música muchísima sanación, alegría y una razón muy grande de emancipación, así que eso es lo que soy.
La esperanza y el abrazo a la música ha hecho de mi ser alguien que sueña, alguien que quiere seguir cantando también desde sus vivencias como una mujer que ha compartido y ha sido atravesada por la maravilla y la energía preciosa de la tierra y estos conocimientos que también me fueron enseñando mi familia, mi comunidad, y bueno, es lo que quiero compartir a través de mis composiciones.
La música llegó más conscientemente cuando tenía unos seis años. Fue muy impactante porque hubo un momento durante esa temporada en la que mi mamá y mi papá formaban parte de un grupo religioso que visitaba personas enfermas en el pueblo. Recuerdo que mi papá, en lugar de decirme que fuera a jugar con los otros niños y niñas, me señalaba siempre al grupo que tenía las guitarras, las panderetas y ése fue mi primer acercamiento a la música.
Recuerdo que cuando las personas a quienes él visitaba escuchaban la música y comenzaban a cantar tenían una transformación en su rostro y desde ese momento me gusta mucho ver la reacción de las personas. Además, recuerdo que su semblante era de paz, de armonía incluso, y ahora con mucha certeza también para mí es una afirmación de que la música es precisamente la sanación, y lo viví cuando me fui acercando más a la composición, porque para mí fue precisamente eso.
La primera canción que escribí es muy personal. De hecho, no la he compartido y quizás en algún momento vaya a suceder. Pero la escribí en el 2011. Fue como un recordatorio de lo valioso que era ser parte de un pueblo indígena. Para mí fue muy necesario, y a manera de amor propio, decirme: está bien, es maravilloso ser de un pueblo indígena y es inmenso también poder pertenecer a una raíz tan fuerte.
Llegué a la capital para poder estudiar magisterio musical, me gradué y en la escuela se desarrollaron las enseñanzas de piano, de marimba, de flauta. Pero para poder ingresar a la Escuela de Música había un examen de admisión y decían que era mucho más eficiente si podías tocar un instrumento aparte de la flauta y yo no tocaba ningún otro instrumento. Entonces, mi mamá todavía asistía a este grupo religioso y tenían guitarras, así que previo a ingresar a la Escuela de Música presté una guitarra y aprendí a afinarla y también a tocarla. Fue como autopedagógico y ya luego en la escuela me enseñaron mucho más.
En mi familia lo que se vivió fue persecución. No hay ninguna persona desaparecida. Sin embargo, las secuelas y los traumas de las persecuciones todavía habitan en la familia. Son procesos que aún siguen en sanación. También por esa cercanía y por conocer la historia de las personas desaparecidas, yo creo que estamos en un punto en el que no debemos ser insensibles ante las historias de las otras personas de nuestras comunidades o de nuestros alrededores.
Cuando era niña, veía murales y pinturas que abordaban temáticas de la guerra y específicamente de las violencias. Hay una aldea que fue arrasada en Comalapa que se llama Papumay y de pronto ver poemas escritos de Papumay cuando sos niña te impacta. Personalmente no soy una persona que vivió directamente de cara la guerra, pero existen las memorias colectivas y las memorias comunitarias y por supuesto que hay muchos dolores. Entonces, nosotras como hijas, como nietas también de personas que vivieron de frente al conflicto armado, mamamos de esos temores, de esas angustias.
Recuerdo que tendría unos ocho años y estaba yendo a la escuela cuando vimos que había camiones del ejército frente a la plaza municipal. Fue demasiado impactante que todas mis compañeritas y yo nos asustamos muchísimo. Poco a poco también fui viendo que ésa era la reacción de mujeres como de la generación de mi mamá, que al ejército volteaban la mirada o cambiaban de ruta.
Entonces, existe un trauma y temor, obviamente. Como no ha habido una justicia real, no ha sido sanado y eso es algo que sentimos también nosotras. Luego que la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua) pudo hacer el recibimiento de las 172 osamentas en Comalapa y darles un entierro digno, también es algo que mueve muchísimo. Es impactante empezar a escuchar de nuevo lo que las mujeres vivieron, lo que los hombres vivieron, y claro que eso es algo que te sacude.
Creo que es distinto usar huipil en un escenario porque hay muchas personas que nunca han visto a una persona de un pueblo indígena utilizarlo, sobre todo en los escenarios internacionales. A veces se acercan y preguntan si tiene algún significado. Nosotras en nuestras cotidianidades utilizamos nuestros huipiles y sabemos que en el caso de Comalapa hay en ellos mucho simbolismo de los guardianes del pueblo, por eso también decimos que es como nuestra segunda piel. Hay un vínculo que te acerca al significado y a la cosmovisión que guardan nuestras indumentarias.
Pero cuando estamos en un escenario se sorprenden. Y en algún par de ocasiones también sucedió acá en Guatemala que me preguntaban si me iba a cambiar para pasar al escenario porque no se esperaban que yo utilizara la indumentaria.
Es parte también de la naturalización del racismo y de creer que no sos capaz, como mujer indígena de un pueblo, de subirte al escenario con tu indumentaria.
En la industria musical se ha anulado el trabajo de las mujeres y ha sido un desafío integrar nuestros trabajos y nuestras composiciones. Sin embargo, ha habido grandes pasos y muy significativos para nosotras en general en la industria. En el caso de Guatemala, las personas o las artistas están haciendo sus creaciones y estamos como productoras.
Por el otro lado, está el público y la gente que consume. Si asumimos una responsabilidad de escuchar, además de darnos ese regalo de escuchar los proyectos que están teniendo otras mujeres, compañeras, amigas, creo que eso nos puede cambiar la energía de una manera maravillosa. Además, es una manera de ir cambiando las estructuras de una industria de la música que ha sido muy desafiante para reconocer el trabajo de las mujeres en la música específicamente.
Me gustaría mucho cantar con Anita Tijoux. Su música me ha acompañado y agradezco que la música nos acerque a mujeres extraordinarias porque en muchos momentos de mi vida su música también me ha acompañado para sentir fuerza, alegría, para sentirme acompañada en un proceso de sanación y eso es algo muy maravilloso que valoro y agradezco mucho.
Desde el 2018 tengo más acercamiento a Doña Carmen Cúmez, quien es parte de Conavigua. Doña Carmen Cúmez compone canciones y fue tan maravilloso poder escuchar sus composiciones. Además tiene una gran certeza de que a través de su canto o a través del canto que colectivamente hacen también pueden buscar la justicia, y eso a mí me impactó muchísimo. Le tengo mucho cariño, es una gran abuela para mí…
Luis de Lión es uno de mis escritores favoritos y lo conocí en el 2015, gracias a una amiga a quien quiero y admiro profundamente. Siento que Luis de Lión, además de ser un extraordinario escritor, también es una luz muy grande, no sólo para la literatura guatemalteca sino también para ese resguardo de conocimientos a través de la palabra.
El primer poema que leí de Luis de Lión forma parte de un conjunto de poemas que se llama “Poemas para el Correo”, y comienza: “Cuando volvás, te esperaré con un canasto para recibir tus alegrías”. El poema me sacudió tanto porque todas las personas en un momento hemos esperado el retorno de alguien o poder abrazar a alguien. Y algunas veces se puede y muchas otras no. Y poco a poco me fui acercando más a los escritos de Luis de Lión, pero también a su historia.
Es impactante saber que muchas y muchos de los artistas en este país fueron perseguidos, siguen siendo perseguidos también, por personas que están en contra de las manifestaciones, de palabras que puedan traer conciencia o que puedan abordar una temática de justicia o de alegrías, incluso.
Estoy muy contenta y agradecida de haber tenido este proceso de selección de poemas, junto con su hija Mayarí, a quien también admiro. Y lo elegí así porque hablar de la memoria y abrazar a la memoria no es solamente algo del pasado, es algo del presente y también es algo del futuro. Para mí es importante que a través del arte, a través del cantar, podamos traer de nuevo sobre la mesa algo que nos ha atravesado tanto, pero hacerlo a través del amor, con ternura, con esa dulzura que podemos encontrar en la narrativa de Luis de Lión.
Esa fue una de las motivaciones más grandes porque escuchar, leer a Luis de Lión, es sentir que nos lleva a un viaje. Para mí son muy visuales sus escritos y es llevarnos a la par del Volcán de Agua en San Juan del Obispo.
Publicado en Ruda, mayo de 2025. Adaptado por Ojarasca.
RUDA mujeres+territorio surgió en 2017 entre reuniones e ideas del Consejo Editorial de Prensa Comunitaria en Guatemala. Es un espacio digital para evidenciar y visibilizar las luchas de las mujeres, lanzado en enero del 2020.