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LOS MUROS SE DESMORONAN

JUVENTINO SANTIAGO JIMÉNEZ

No sé por qué mi cuerpo ha estado envuelto en una tristeza profunda y parece no haber nada en la Tierra de qué alegrarme. Por ello, en varias ocasiones he tratado de escaparme de una vez por todas. La primera vez fue cuando todavía era muy joven y caí en el mundo de las drogas: una mañana desperté en los separos de la policía judicial de Pochutla. Me habían detenido de madrugada por andar caminando sin rumbo en el parque, y el principal delito era haber fumado marihuana, un “cigarrillo de guerra”, como lo llamaban los lancheros de Puerto Ángel.

Una vez que salí de allí y al ver la luz del día de aquella mañana, sentí como si hubiera resucitado, pues había sobrevivido a la sobredosis y a los hombres de justicia. Mis labios se habían quemado por la marihuana y un trayecto corto a pie me pareció una eternidad. También había escuchado sin cesar el cantar de los grillos y era como si ellos hubiesen entrado en los oídos con la intención de hacer explotar mi cabeza. Como consecuencia de esa experiencia al borde de la muerte, al año siguiente tomé la decisión de dejar de fumar. Una década después, un segundo intento de hacer felices a los gusanos sucedió en Ánimas Trujano, Oaxaca, al oír muchas, muchas voces que decían:

–Busca un mecapal y cuélgalo de alguna trabe de la casa. No pasará nada y pronto estarás bien.

Comencé a revisar y a vaciar desesperadamente las cajas de cartón que había en los dos cuartos. No encontré ni siquiera un lazo y menos un mecapal. Enseguida, oí que afuera alguien había llegado y abrió la puerta principal. Era mi mamá.

Tee mtinpy (¿Qué haces?) —preguntó.

Ka’t tee (¡Nada!) —respondí.

Todavía estaba muy agitado y sentía que en cualquier momento mi corazón saldría por la garganta. Ya por la noche no lograba conciliar el sueño. Pensaba en qué sería de mí y cómo hubiera quedado mi cuerpo si ella no hubiese llegado. Pasaron los días y apareció el insomnio que me mantuvo despierto por más de dos años.

La tercera vez que traté de autodestruirme fue cuando creí haber encontrado la felicidad absoluta al ingerir muchísimo mezcal. Fue una época en que me dediqué a deambular por la Central de Abastos en Oaxaca, y en este estado etílico estuve sumergido más de veinte años, hasta que por fin abrí los ojos justo al chocar mi camioneta contra un árbol. Del cofre salía bastante humo, como pude bajé porque no respondía mi rodilla izquierda. Incluso así, me dio tiempo de escapar y entonces dejé de tomar, pero se quedó y siguió conmigo mi fiel compañera: la tristeza.

Después, un diciembre, me encerré por dos semanas en mi casa en Xoxocotlán y, mientras escuchaba el son Bajo el cielo mixe, traté de rastrear el origen del agobio existencial. Mis recuerdos me transportaron al mismo lugar de siempre: a la infancia, pues desde niño me resultaba insoportable convivir con las personas en El Duraznal. Para mí ese era el infierno y las palabras que decían, los gestos y los movimientos que hacían, me lastimaban. Cada vez que podía, huía.

Recuerdo que cada lunes mi tío Vidal caminaba desde Tamazulápam y llegaba por las mañanas a la casa.

–¡Jícara, jícara, jícara! —gritaba. Iba a bañarase al manantial y al regresar, decía:

–¡Café caliente, café caliente!

 

Sus gritos me asustaban y me escondía. Otras veces, cuando Adelina regresaba de la Ciudad de México, quería abrazarme y como no me dejaba, me perseguía. En general, no soportaba que la gente me mirara, me abrazara o quisiera platicar conmigo. Cuando sucedía, me enfermaba con un dolor de cabeza intenso.

Las actividades escolares confirmaban este malestar porque cuando llegué a estudiar cuarto grado de primaria en Cuatro Palos, el profesor Emiliano nos llevaba en la hora de educación física detrás de los salones para que compitiéramos en carreras de velocidad entre niños y niñas. Antes de que el profesor silbara y estando aún en la línea de salida, sentía cómo la sangre de todo mi cuerpo subía muy de prisa y se concentraba en mi cara. Específicamente, en mis cachetes y se tornaban rojísimos, me generaba un calor tremendo. Además, sentía sobre mi espalda todas las miradas de mis compañeros, y eran demasiado pesadas, hasta el punto de que arrastraba mis pies como si corriera en cámara lenta. Por esa razón no avanzaba y Valentina me ganaba con facilidad.

No es que no me gustara jugar, quería hacerlo solo y sin que nadie me estuviera observando. Así que nunca estuve contento ni disfruté estudiar y por las tardes huía de manera sigilosa e iba a mi casa. Respecto al internado de Reyes Mantecón, los alumnos jugaban futbol y tampoco me gustaba andar persiguiendo y pateando un balón. Lo que verdaderamente me gustaba era imitar a los luchadores, porque se trataba de pelear de uno a uno, de cuerpo a cuerpo.

Entonces, jugaba a las luchas con mi primo Dagoberto, y aunque al final nos peleábamos de a de veras, al menos nos divertíamos un momento y podía ser yo mismo. Tanto era mi afición a la lucha libre, que una tarde de 1991 entré a la arena San Francisco en Oaxaca para ver a Tinieblas y a Alushe.

Mientras terminaba de escribir estos recuerdos, un sábado viajé a El Duraznal después de más de cuarenta años, y lo que alguna vez fue nuestro ya no existía. La casa donde alguna vez jugué ya no tenía techo; el viento se lo había llevado quién sabe adónde. Mi abuela Josefa y mi tía Teresa, quienes me cuidaron de niño, yacían tres metros bajo tierra. Los muros de lodo y piedra se deshacían lentamente, y cuanto más los miraba, más sentía que mi vida también se desmoronaba.

 

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Juventino Santiago Jiménez, escritor mixe (ayuuk), originario de Tamazulápam, Oaxaca.

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