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SUEÑO INDÍGENA

JANETH JACOBO HERNÁNDEZ

Desde que era muy pequeña me preguntaba cómo mi padre y mi madre podían darme un plato de frijoles. Ellos no sabían leer ni escribir, vestían con prendas de manta y huaraches de piel. Ansiaba tener estudios para sacarlos adelante, iba con mi padre al campo todas las mañanas, ayudaba a matar las plagas de la milpa, cuidábamos los frijoles, chile y calabaza; después de ayudarle un poco me gustaba ir a cortar chiltepín y algunas calabazas para ir a venderlas con mi gente. Me gustaban unos tenis de Barbie que prendían al caminar, una vez mi padre me dijo: “Si los quieres debes trabajar duro para obtenerlos”. A él no le alcanzaba para darme unos, así que con las ventas juntaba mi tostón en un jarrón de barro, recuerdo que me costó tres meses para poder juntar lo que costaba.

Desde las seis y media de la mañana caminaba con un par de huaraches y una mochila hecha con hilo de pita rumbo a la primaria de mi pueblo. Recuerdo haber sido una niña muy competitiva en las aulas, sabía que mi acento totonaco no ayudaba tanto, pero aprendí rápidamente el español y me convertí en la mejor rival de esos compañeros que lo hablaban fluidamente viniendo de familias ricas. Me quedaba viendo sus zapatos negros y limpios, con uniformes planchados, mochilas nuevas y desayuno exquisito. Pese a todo, los frijoles que me ponía mi jefecita no sabían mal y podían darle combustible a la panza para que el cerebro siguiera pensando.

Pasaron nueve años y la que era mi casa ya no lo era, tuvimos que mudarnos a otro lugar, nos habían echado de ese terreno prestado. Recuerdo no haber comido dos días seguido me rugía la panza y no podía pensar en otra cosa que no fuera en comida, ¡esto no podía estar ocurriendo! Cuando mi padre por fin había logrado juntar un puño de tostones tenía que gastarlo buscando un lugar donde vivir. Una mañana siendo lunes llegué a la secundaria, yo era la abanderada, esa vez mi uniforme estaba un poco manchado por la mudanza, la profesora sin pensarlo dos veces me destituyó de la escolta y me dijo: ¡Ve a formarte, traes mal el uniforme y no te quiero así! No pude decir ni una sola palabra.

Cuando pasé a la prepa me enamoré de la biología y dejé a un lado los números. Entiendo que me había preparado toda la vida con ellos, que desde los cinco años ya me sabía las tablas de multiplicar y otras operaciones adyacentes, pero las ciencias naturales no se comparaban a las ciencias exactas. Me pasé tres años estudiando a los animales, plantas y el cuerpo humano. Pude ingresar a la universidad en la carrera de enfermería; claramente observaba la complejidad, pero no sólo estaba enamorada de las ciencias, a ésta la amé.

Concluyendo la carrera me estanqué un poquito, no conseguía el título universitario, estaba pasando por momentos complicados que me frenaban económicamente y emocionalmente hasta que el momento llegó: al inicio de año me dieron la noticia, ya podía obtener mi título por todo ese esfuerzo. A veces llegamos a pensar que es imposible, que no somos capaces de conseguirlo, que nos hace falta dinero o no somos acreedores de nuestros sueños, que viniendo de una familia indígena no podemos estallar de victorias; no te niego, es complicado y teniendo raíces de pueblo se vuelve más complejo. Nunca olvides aquella niña o niño que se paraba a la luz de la luna mirando las estrellas, pensando si podía ser una de ellas.

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Janeth Jacobo Hernández, originaria del municipio totonaca de Zozocolco de Hidalgo, Veracruz.

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