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UNA MIRADA INTEGRAL EN DEFENSA DEL UNIVERSO BAJO NUESTROS PIES / 345

RITA VALENCIA

En una pequeña y oscura tiendita de artículos básicos de una agencia municipal de Huautla, en la Sierra Mazateca de Oaxaca, podemos encontrar lo que verdaderamente se considera como indispensable: velas y veladoras, focos, cerillos, galletas María, cloro, paraguas para la lluvia incesante que caracteriza a la región y también, al fondo, encontramos Takle, cuyo ingrediente activo es el glifosato. El herbicida es de uso común en este territorio, famoso por sus medicinas y espiritualidad. En este contexto, su uso debería de considerarse como una amenaza seria para la reproducción de la vida y la cultura mazateca, famosa por su relación con los hongos sagrados, los niños santos, porque el herbicida no sólo atenta contra la salud humana, sino también destruye la vida del suelo y por tanto tiene consecuencias en todo el ecosistema, incluyendo los preciados hongos. Por desgracia, éste es el caso en la mayor parte de las comunidades indígenas y campesinas actualmente, porque en México todavía no hay una prohibición de su uso puesta en práctica. En estas comunidades, la mayor parte de la gente que lo emplea no es consciente de su toxicidad y muchas veces combina distintos productos, generando cocteles aún más letales.

Ciertamente éste no es el territorio de la gran producción agroindustrial del país. Al contrario, más allá de la milpa que resiste y re-existe, el famoso café de la región y algunos alimentos locales tradicionales como el guasmole, la mayor parte de las verduras y hortalizas provienen de los invernaderos de Puebla. La vida en la región ha cambiado y con ella también la alimentación. Así que coexisten los venenos esparcidos localmente con los que provienen de los alimentos producidos fuera. Nos hace falta entender hasta qué punto las prácticas campesinas han cambiado, desarticulando siglos, milenios de continuidad cultural y cocrianza con el territorio, al punto que este momento nos recuerda la sabia frase del Cauca colombiano: “No sólo necesitamos tierra para la gente, sino también gente para la tierra”.

Las exigencias de dicha prohibición han cobrado nueva fuerza a partir de que en diciembre de 2025, la revista científica Regulatory Toxicology and Pharmacology se retractó de la publicación de un artículo académico clave que supuestamente demostraba que el glifosato no es cancerígeno. Dicho artículo ha sido utilizado por distintas instancias regulatorias para aprobar la comercialización y uso de esta sustancia tóxica en varios países. Incluso se ha empleado como evidencia de defensa en el litigio por la empresa Monsanto frente a su producto Roundup, cuyo principal ingrediente es el glifosato. Sin embargo, justamente por los litigios emprendidos en Estados Unidos por miles de personas con cáncer por su exposición al herbicida, varios correos electrónicos internos de Monsanto han salido a la luz pública.1 En ellos se documenta la manipulación sistemática de la literatura científica, la corrupción y colusión de personas que se prestaron a un ejercicio de escritura fantasma: presentando como investigación independiente lo que es en realidad una fabricación a modo de resultados para lograr el permiso de comercialización y uso. Para las gigantes transnacionales es igualmente importante generar una ambiente de aparente debate científico en el que hay gente con datos duros, mientras que los que nos oponemos a este envenenamiento colectivo somos descritos como ingenuos con motivaciones ideológicas descartables. Esta argumentación deja de lado mañosamente los cientos de miles de casos documentados en las últimas décadas de enfermedades y desastres ambientales.

Sin embargo, lo que está en el fondo no es la perversión de unas cuantas personas o el poder ilimitado de una empresa (Monsanto, ahora aún más poderosa al ser Monsanto-Bayer), sino una forma de organizar nuestras sociedades, nuestro mundo basado en la búsqueda de ganancia por encima de la vida entera. El tema no es sólo el glifosato, porque existen productos con aún mayor toxicidad como el Paraquat. La cuestión es la toxicidad combinada de todo el entorno y la letalidad que esto produce para seres humanos y no humanos. El argumento repetido hasta el cansancio como justificación de este modelo productivo tóxico es que, sin éste, no podríamos alimentar al mundo. Es decir, sin el paquete tecnológico criminal de pesticidas, herbicidas, fungicidas, semillas mejoradas, etcétera, tendríamos una caída dramática en la producción. El mismo argumento repetido en México por funcionarios ligados a empresas de biotecnología.

El artículo fue publicado en el año 2000, el mismo año en que se escribieron los correos electrónicos. El juicio (que fue ganado por las víctimas de cáncer) se llevó a cabo en el 2018 y ese mismo año fueron hechos públicos los correos. Finalmente en diciembre de 2025 la revista científica se retractó del artículo. ¿Cuántos años o décadas tendrán que pasar para que algo verdaderamente suceda y reconsideremos nuestra muerte colectiva por envenenamiento?

Éste es un buen ejemplo de cómo la academia internacional se encuentra inmersa en juegos de poder donde grandes compañías transnacionales compran y negocian la supuesta objetividad científica. En México, a pesar de las prácticas endogámicas de la academia y de su dependencia a las referencias y pensamiento occidental, se han hecho investigaciones serias y aportes que deberían ser suficientes para cambiar la política pública frente a herbicidas y plaguicidas, pero la influencia de las empresas de la biotecnología sigue pesando más. Los retos que atravesamos demandan aún mayor compromiso y pensamiento crítico.

Sin embargo, algo se mueve. Hay un cambio de paradigma en marcha: la fertilidad de la tierra, base de la producción de alimentos, se entiende ya como un proceso biológico y no sólo físico-químico. Palabras como relacionalidad, interacción, interdependencia y microbiota están teniendo cada vez más relevancia para describir lo que antes se entendía sólo como un simple intercambio de nutrientes. Ahora se reconoce que la mayor biodiversidad del planeta está precisamente en los suelos. Hasta el día de hoy conocemos muy poco sobre el universo vivo que existe bajo nuestros pies y sobre el cual depende toda la vida. En estos territorios mesoamericanos este universo ha sido recreado, co-creado por la constelación de prácticas específicas, diversas y situadas localmente que han generado abundancia por milenios. Un ejemplo reciente de esto es el descubrimiento en la Mixteca Alta, Oaxaca, reportado por investigadores de la Unidad Académica de Estudios Territoriales (UAET) Oaxaca de la UNAM.2 En el Geoparque de la Mixteca, identificaron comunidades bacterianas benéficas particulares de ese agroecosistema que suprimen patógenos, promueven el crecimiento vegetal y realizan ciclaje de nutrientes. Son el resultado de la creación de sistemas ancestrales como los lama-bordos y las terrazas, ambientes que promueven su reproducción. Estos sistemas productivos tienen, aparentemente, más de tres mil años. Esto es también lo que está en juego: la destrucción y desaparición de estos universos desconocidos con la imposición de un modelo agroindustrial obsoleto y venenoso.

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Notas:

1. https://usrtk.org/wp-content/uploads/bsk-pdf-manager/2019/04/Ghostwriting-Monsanto-Email-Congratulating-scientists-for-their-work-on-independent-Williams-Kroes-Munro-article.pdf

2. https://unamglobal.unam.mx/global_revista/microorganismos-beneficos-sistemas-agricolas-mixteca-alta/

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