FUEGO DE ENERO — ojarasca Ojarasca
Usted está aquí: Inicio / Escritura / FUEGO DE ENERO

FUEGO DE ENERO

PEDRO MIXTEGA VICENTE

Una mañana de enero, de esas en las que el frío cala hasta los huesos, mi abuela estaba sentada en su acostumbrada silla verde, sosteniendo una taza de café entre las manos. A su lado, una llama de colores intensos danzaba, iluminando el espacio y calentando su cuerpo cansado.

–Ven, toma café —dijo mientras se levantaba para servirme.

Me senté junto al fuego y la escuché hablar con voz temblorosa.

–Hace mucho frío, por eso junté leña. Me acordé de cuando mi madrastra me mandó a recogerla a la huerta. Yo no quería ir porque helaba mucho, pero me jaló de las greñas y me sacó a la fuerza. Lloré mucho, pero como mi papá no estaba para defenderme, tuve que ir temblando. No, no… esa señora era bien hija mala.

Hizo una pausa y continuó:

–Yo no conocí a mi mamá; murió cuando yo nací. Tampoco fui a la escuela, porque mi madrastra decía que eso era para hombres o para gente con dinero, no para indios como yo. Y como mi papá se la pasaba trabajando en el naranjal, no había quién se hiciera cargo de mí. Sufrí mucho de niña. Cuando cumplí doce o trece años (no lo sé bien, porque nunca fui a la escuela y ni siquiera sé cuándo es mi cumpleaños), mi papá me entregó a tu abuelo. Yo no quería irme con él, que ya era un muchacho como de veintidós años. Sólo sé que me llevó a vivir a su terreno, lleno de naranjos. Ahí nacieron tus primeros tíos, porque nada de hospitales como ahora.

Suspiró y agregó:

–Por eso, cuando veo a una muchacha pasar por aquí rumbo a la escuela, me da mucho gusto. Sé que con su estudio no va a sufrir lo que yo sufrí.

La interrumpí para decirle que era una mujer muy valiente, porque a pesar de todo lo que había vivido, nunca se dio por vencida. Al escucharme, sus ojos se entrecerraron y unas lágrimas recorrieron su delicada piel, marcada por los años y las experiencias.

–Atízale al fuego, que el humo ya me está haciendo llorar —dijo.

No supe si era el humo o esas lágrimas que nunca había podido derramar, ese sentimiento guardado durante años en un lugar que no le pertenecía.

Mientras acomodaba los palos para avivar la hoguera, continuó hablando:

–Nunca volví a saber de mi papá, ni siquiera sé dónde murió. Ojalá algún día pueda volver a verlo y decirle cuánto lo quiero y lo he extrañado cada día de mi vida. Tómate ese café, que se va a enfriar y ya no sabe bueno.

Se levantó y me miró. No dijo nada más, pero entendí que la plática había terminado. El silencio se apoderó del lugar y, como si el tiempo se hubiera detenido, pensé en lo difícil que debió ser la vida para las mujeres de su época, en un tiempo sin equidad. Tal vez nunca llegue a conocer toda su historia, pero ahora sé que aún guarda un sueño, y aunque quizá no pueda cumplirlo, no pierde la esperanza.

–¡Tu café se va a enfriar! —exclamó.

La miré: ahí estaba, de pie, con los brazos cruzados, observando fijamente el fuego inmóvil, como si también él recordara aquel día de enero en que fue obligada a ir por leña. Sentí cómo unas lágrimas rodaban por mi rostro… y qué extraño, porque esta vez no había humo.

__________

Pedro Mixtega Vicente, estudia Enfermería en la Universidad Intercultural del Estado de Puebla.

comentarios de blog provistos por Disqus