MORIR UN RATO
Cada vez que regresaba de Tamazulápam o de Cuatro Palos, me detenía unos minutos en la cima del lugar sagrado El Colibrí para contemplar el mar de nubes que se extendía sobre El Duraznal. Era un espectáculo común ver cómo las nubes, además de corretearse entre sí, se dedicaban a esconder al sol. Una mañana hacía tanto frío que me senté en un banquito junto al fogón, dentro de la casa, e intenté calentar mis pies y mis brazos. Mis gatos, tumbados cerca, platicaban conmigo sin usar una palabra. Por el tiempo que habíamos permanecido en aquel espacio, ya olíamos a humo y teníamos el cuerpo bañado de cenizas.
De pronto, mis gatos salieron. Pensé que tal vez iban a cazar algún ratón, por lo que me levanté y bajé un chaleco que colgaba del tendedero de mecate. Al tomarlo, recordé que me lo había regalado mi tía Irene, años antes de que muriera de cáncer en un hospital de Oaxaca. Me lo puse y me quedé parado en el patio. Enseguida, saqué de la bolsa del pantalón un trompo que días antes había terminado de pintar con muchísimos colores, usando tintes de hojas que había encontrado en el monte. Al hacerlo bailar, era como ver un arcoíris en movimiento; mis abuelos me habían contado que ese fenómeno era en realidad una serpiente de trece cabezas.
En tanto seguía jugando, oí muy cerca a un animal masticando algo, mas aquel ruido ya no me era extraño. Giré la cabeza y vi que, más abajo de la casa, algunas plantas de maíz de nuestra parcela comenzaban a hundirse lentamente. Desde su túnel, una tuza estaba comiendo los tallos. Solté el trompo y agarré un palo largo con un fierro puntiagudo en la punta. Era la herramienta que usábamos para sembrar maíz. Me quité los huaraches para no hacer ruido, caminé despacio y hasta contuve la respiración para que no percibiera mi presencia.
Una vez en la milpa, abrí bien los ojos para localizar exactamente el túnel y allí clavé el palo. No sentí en mis manos que hubiera dado en el blanco y, para cerciorarme, escarbé un poco, pero el animal ya se había escapado. No había nada. Al regresar, noté que un poco más arriba de la casa alguien estaba sacando y arrojando montoncitos de tierra. Dejé el palo pegado a la pared de piedra y lodo, agarré un machete y subí. Vi asomarse otra tuza, con la cabeza cubierta de tierra. Se parecía a una rata e intenté matarla. Tan solo conseguí que entrara y desapareciera en su túnel.
Después de mis intentos de matar a las tuzas, el sol comenzaba a ocultarse y, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo mixe en El Duraznal quedó completamente despejado porque las nubes se concentraron en abrazar el cerro del Zempoaltépetl. Luego, se hizo de noche y mientras mi mamá lavaba el metate con una escobeta, me indicó:
–Nëjkx ja’a të’ëts kipy x’ëskapy jëts yë’ë jëën xon tsyo’okt. (Ve a traer leña seca para avivar el fuego.)
Al salir al patio, escuché el aleteo de un ave que se posó en la rama del árbol de durazno e imaginé que se trataba de un pájaro que buscaba un lugar para dormir.
Sin embargo, comenzó a cantar:
–Tëëts, tëëts, tëëts…
Sentí escalofrío en todo el cuerpo y, al acercarme lentamente con una lámpara al árbol, me percaté de que era un tecolote. Regresé corriendo por mi resortera, cargué una piedrita y disparé. Le pegué en el ojo derecho y el ave cayó. Justo en ese momento, también recordé que el arma homicida que tenía en mis manos era un regalo de mi tío Fortino, quien había muerto en su propia casa al caer y golpearse la cabeza.
Mi mamá sabía que no era un buen presagio la visita del tecolote, por eso sacó algunas brasas de encino en una pala para quemarlo. Mientras se consumía, salía un olor muy desagradable, como si el tecolote ya estuviera muerto desde hacía años. Olía a podrido. A esa hora, yo estaba terriblemente cansado por el largo viaje del día. Entonces, tendí un petate en el piso de tierra para acostarme y morir un rato….
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Juventino Santago Jiménez, narrador ayuuk de Tamazulápam Mixe, Oaxaca.