MUJER JAGUAR
Nikan nineme
nikuepone
tliluitsitsitsin
Estoy aquí
florezco
venerable espina de fuego.
poder.
Así describiría a las féminas de mi linaje. Sin embargo, pocos o ningún hombre de mi pueblo enlistaría alguna de estas características para nombrarlas. Temen a su coraje, al ímpetu que perdura ante la brutalidad del abuso, a la confianza que crece al primer golpe para defenderse de la humillación y el hambre. Se espantan al escuchar su bramido, ese grito que revienta montañas y regresa al centro en forma de eco.
El tiempo del jaguar es inagotable, abarca desde el cielo nocturno hasta las profundidades de la tierra, es dual, ya que está relacionado con la energía etérica de la luna y el sol. El dios es diosa también, dentro de su ser mora la mezcla de dos corrientes universales que designan el recorrido del espacio y centran la importancia de un despertar en las tinieblas. Nombrar al felino es reconocer la mística de un ser que atesora en su alumbramiento la llegada de la metamorfosis y la evolución del pensamiento.
Sentipensarnos desde una constelación de figuras y colores es trenzar nuevas narrativas para enaltecer nuestra savia, ofrendar el corazón para curar los males de la indiferencia, atándonos fuerte al mecate de palma para tejer un sueño colectivo en el que repose la antología de nuestro paso por el mundo. Desatar nuestro tonal para que corra libre de prejuicios y enfermedades, conjurar la noche y pedir su protección. Seguir alimentando el impulso de nuestra magia sin olvidar su nombre: ¡Estrella-Jaguar!
La tierra es el designio bendito para gestar vida, en sus entrañas reposa la semilla de la fertilidad y el devenir de la humanidad. Cual madre, nos dota de alimento en épocas difíciles, nos hacer crecer, nos nutre alrededor de sus costillas, siempre dadivosa, señora de los cuatro caminos del universo. Tlaltecuhtli es la diosa de la tierra, se le atribuye una dualidad al poseer ambos géneros, guarda la alegría de sus hijos en su cuerpo desmembrado que dio origen al cosmos e inframundo en la mitología mexica.
Esta deidad está estrechamente ligada al jaguar, no es extraño pensar en ella como símbolo de ferocidad y grandeza, al igual que su congénere, custodia la noche, habita cuevas, montes y ríos. Sin embargo, poco es el credo que se le confiere en la creación del mundo, consintiendo su importancia a un papel irrelevante y secundario. ¿Qué sería de la estrella-jaguar sin la protección de Tlaltecuhtli? ¿Sin su llanto y fuerza? ¿Cuándo se vuelve necesario desenterrar nombres del pasado para reconstruir nuestra historia?
Existe una impresión dominante en la construcción de nuestra morfogénesis, se habla de ser hombre o mujer, pero ¿qué pasa si dentro de nosotras habitan ambos seres? Cambiar la concepción de nuestros vínculos y conexiones es prestar atención a lo minúsculo, expandir la mirada, continuar con la guardia en alto, fijar el interés genuino de preservar la memoria y la vida a pesar de todo. Reconocer que somos un chimalli1 de flores al que ninguna flecha le hace daño.
Fue mi abuela la felina más amorosa que nació y regresó al vientre de la tierra.
La manada crece y se empodera, rastrea la sospecha, huele el temor, lo compara con la oportunidad de respirar la armonía de los días venideros. Nos reconocemos estirpe, atesorando la salvajidad que nos confiere ser jaguar. Hijas que procuran la alegría y supervivencia de su madre, Tlaltecuhtli.
Confrontar al cazador sin vacilación es devolvernos la libertad de sabernos indómitas ante la pérdida. Sacudirnos el espanto es un riesgo constante, nos quita la piel de víctima para restituirnos como hacedoras de nuestras luchas cual tormenta que puede derribar hasta los cimientos más profundos y arrancarlos de tajo.
Reclamar nuestro poder es un derecho que no se borrará con la muerte.
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