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A 30 AÑOS DE LA TRAICIÓN. LOS ACUERDOS DE SAN ANDRÉS: ENTRE LA SIMULACIÓN ASISTENCIALISTA Y LA PALABRA INSURGENTE

ARTURO LOMELÍ GONZÁLEZ
Se cumplen tres décadas de un hito que la narrativa oficial ha intentado congelar en el calendario como una efeméride del pasado. Sin embargo, los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, firmados aquel 16 de febrero de 1996, representan un proceso de diálogo que no ha terminado, se encuentra interrumpido por el incumplimiento de lo firmado por parte del Estado mexicano. Lo que nació en la Catedral de San Cristóbal y transitó por San Miguel Ocosingo no encontró su culminación en la firma de la Mesa de Derechos y Cultura Indígena en San Andrés, más bien fue el inicio de una traición institucional que persiste hasta nuestros días. El balance al día de hoy es la muestra de la brecha entre dos formas de entender la política: la del Estado, que administra el sometimiento, y la del zapatismo, que construye libertad.

 

EL ESPEJISMO DE “ATENDER LAS CAUSAS”

Desde las oficinas federales y estatales se pregona una narrativa de cumplimiento. El discurso oficial sostiene que se están “atendiendo las causas” que dieron origen al conflicto mediante programas sociales y asignación de presupuestos. Sin embargo, esta visión es una trampa histórica. Al reducir la demanda de autonomía a una cuestión de carencias materiales, el Estado elude su responsabilidad principal: reconocer la autodeterminación y la autonomía que atravesaban transversalmente todas las mesas de diálogo.

Lo que se ve es la continuación de una cultura de sometimiento. Los programas asistencialistas, lejos de liberar, profundizan la dependencia y funcionan como mecanismos de control clientelar que fragmentan el tejido comunitario. Mientras el presupuesto fluye para aceitar la lealtad al régimen, los megaproyectos avanzan sin freno, amenazando los territorios y convirtiendo la consulta en un trámite administrativo vacío. No se puede hablar de “atender las causas” mientras el despojo territorial es la moneda de cambio del progreso.

 

LA GUERRA QUE NO HA CESADO

La historia de estos 30 años es también la de traiciones. El incumplimiento no ha sido pasivo; se ha ejecutado mediante una guerra de baja intensidad que ha mutado pero no desaparecido. Recordamos las turbulencias, los asesinatos y las masacres en la región Norte y los Altos, con la herida sangrante de Acteal como recordatorio del precio de la resistencia.

Incluso en el periodo del “foxato”, la traición se vistió de institucionalidad mientras organizaciones como la ARIC, la CIOAC y los grupos paramilitares como Paz y Justicia continuaban el asedio. Hoy, esa misma inercia persiste: grupos alentados por gobiernos municipales y estatales siguen hostigando a las comunidades zapatistas con la mirada cómplice —o la omisión activa— de quienes juraron protegerlas.

 

HONRAR LA FIRMA DESDE LA MONTAÑA

Frente a este escenario de simulación, el EZLN y las comunidades bases de apoyo han dado una lección de ética política sin precedentes. Ellos no esperaron el permiso de un decreto presidencial para cumplir con lo firmado en San Andrés. Han asumido su autonomía como un proceso vivo y en constante reflexión.

Desde los primeros Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) y las Juntas de Buen Gobierno, hasta la reciente transición hacia estructuras más horizontales como los Gobiernos Autónomos Locales (GAL) y los grupos de “comunes”, el zapatismo demuestra que la autonomía es una construcción cotidiana. A pesar de las agresiones, del cerco paramilitar y de las presiones de los megaproyectos que acechan sus tierras, han logrado lo que el Estado se niega a permitir: que los pueblos decidan su propio destino en salud, educación, justicia y gobierno.

“Para el gobierno, los acuerdos son un archivo muerto; para los zapatistas, son la guía de una realidad que ya se vive”.

 

EL SALDO DE LA TRAICIÓN

A tres décadas, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo es que un movimiento que hizo a un lado las armas para dialogar ha cumplido con su palabra, mientras que el Estado, con todo su poder, se ha dedicado a traicionarla? Celebrar los 30 años de San Andrés no es conmemorar un papel firmado, es reconocer la dignidad de quienes, en medio de la guerra y el olvido, siguen construyendo el mundo que los acuerdos prometían. Mientras el gobierno confunda presupuesto con justicia, el zapatismo seguirá demostrando que la verdadera autonomía no se compra con programas sociales; se siembra en la tierra y se defiende con la coherencia.

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