EL XIRIKI DE MAKWIPA EN ZACATECAS
EL CENTRO CEREMONIAL WIXARIKA BUSCA REACTIVAR UNA GEOGRAFÍA SAGRADA PARA SOSTENER LA VIDA COMUNITARIA EN LA CIUDAD Y DEFENDER EL TERRITORIO PRESIONADO POR LA EXPANSIÓN URBANA
En Zacatecas, donde a menudo se escucha y se repite que no hay pueblos originarios, una llama permaneció encendida durante toda la noche del 14 de febrero para desmentir ese lugar común. En el Cerro del Padre, también denominado por el pueblo wixarika como Makwipa, el fuego acompañó los cantos y agradecimientos. Allí se realizó la vigilia del Xiriki, el templo ceremonial construido para convocar y recibir a sus dioses. “Toda la noche estuvieron velándolo… con el fuego, estuvo el chamán cantando”, narra Flor García, una de las jóvenes promotoras del proceso. En la ceremonia también hubo ofrendas y al día siguiente el chamán recibió a quienes llegaron con limpias, que es un modo de abrir el espacio y preparar el cuerpo para dialogar con lo sagrado.
La inauguración tuvo lugar el domingo 15 de febrero y lo que allí se construyó no fue sólo una estructura sino la reinstalación de un vínculo. “Es el templo; es como las iglesias de aquí, pero dedicado a nuestras deidades”, explica Flor, para que los que no conocen el mundo wixarika dimensionen la importancia del sitio. Ese sentido cosmogónico va más allá del cerro porque Makwipa forma parte de una ruta ceremonial que va desde los territorios wixaritari de Jalisco a Wirikuta en San Luis Potosí. Flor lo describe como el punto medio donde los ancestros se detenían a descansar después de caminar y ayunar. Ahí agradecían, pedían sabiduría y energía para sostener el camino. Es por ello que el Xiriki reactiva una geografía sagrada que ya ha sido transitada, pedida, y agradecida.
La inauguración sucede también en medio de una disputa territorial. Hoy el conflicto se evidencia en un detalle concreto, en una puerta y una llave. La comunidad ha denunciado que en la entrada principal (por donde pasan todas y todos) hay un control de acceso y eso se ha convertido en un obstáculo cotidiano, sobre todo cuando llegan peregrinos que no pueden entrar y “andan batallando”. Flor relata que ya han hecho gestiones y redactaron un documento para solicitar una copia de la llave, pero no han recibido respuesta.
En Zacatecas, la defensa del territorio wixarika se ha hecho visible mediante distintas formas de organización que buscan proteger todo el cerro y no sólo fracciones, como algunos actores han pretendido frente a la presión por la expansión urbana. Ante esta situación menciona que recientemente realizaron una asamblea ordinaria para reunir a los wixaritari que radican en Zacatecas, algunos provenientes de distintas regiones de Jalisco y Nayarit. Ahí eligieron a sus representantes mediante votación: el principal (su chamán), suplente y secretarios, quienes firmaron un documento avalado y lo nombraron como un paso más para la defensa del territorio.
La disputa territorial, dice Flor, no se explica sólo por las diferencias culturales sino por los intereses materiales: “Quieren colonizar más, construir casas y tuberías, avanzar sobre el cerro como una reserva urbana disponible”. Agrega que incluso les han mostrado escrituras de propiedad sobre partes del terreno. Frente a esto la exigencia comunitaria se centra en el cerro completo como un área natural conectada a su vida ritual y a su relación con la madre tierra. La joven explica que tienen un calendario anual y que quieren replicar diversas ceremonias para quienes no pueden volver a sus comunidades, como por ejemplo la fiesta del maíz y la del tambor, entre otras. De esa forma el Xiriki es un sitio para sostener la vida ritual en el contexto urbano.
Sobre el reciente reconocimiento patrimonial de la ruta sagrada wixarika por parte de la UNESCO, Flor lo plantea como una herramienta que podría ayudar a frenar las obras inmobiliarias: “Si quisieran construir aquí ya no podrían”. Sin embargo insiste en algo más profundo y es que aun con títulos es necesario ir, cuidar y reforzar con eventos para evitar la vandalización y habitar el lugar como parte de su defensa. En ese mismo entramado surge otra problemática que ya están atendiendo. Flor señala que antes “algunas organizaciones los usaban”, “les hacían firmar documentos sin saber para qué” y por ello la asamblea también sirvió para marcar un límite, pues lo que buscan ahora es el beneficio del pueblo wixarika y la protección de su ruta.
Una situación más que no debe dejar de mencionarse es la vida del pueblo wixarika en la ciudad, pues varios de sus integrantes mencionan lo difícil que es sostenerse a través de trabajos precarios y enfrentar la continua discriminación: “Nuestro sustento es la artesanía, pero a veces no hay ventas; hay que cargar mesas, montar el puesto, pagar la escuela de las hijas e hijos y crecer desde cero en una ciudad donde no se tiene tierra, ni lo básico asegurado, como sí ocurre en la sierra”.
En este diálogo, Cristina de la Cruz, otra joven participante, menciona que además de las dificultades mencionadas, al habitar la ciudad han enfrentado la violencia que pesa de manera diferenciada sobre las mujeres: “Muchas veces nos ven como menos… como es mujer y es de un pueblo originario, no se va a defender”. Esa mirada también las empuja a alzar la voz. Hablan de discriminación, de insultos como “huichola” y del relato constante de que en Zacatecas no hay pueblos originarios, aunque ya hay niñas y niños nacidos aquí cuya raíz ha sido sostenida porque se inculca en casa y porque viven la tradición en su cotidianidad.
Es por eso que el Xiriki no sólo inaugura un recinto, sino que promueve un deber comunitario que consiste en estar, volver, organizarse, sostener el calendario, cuidar el cerro completo y afirmar a través del fuego el canto y la asamblea que en Zacatecas sí hay pueblos originarios.
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Malely Linares es docente-investigadora en la Unidad Académica de Ciencia Política, Universidad Autónoma de Zacatecas.