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EN NURÍO 2001, UN HERVOR DE IDENTIDADES RECOBRADAS / 347

HERMANN BELLINGHAUSEN

SE CUMPLEN 25 AÑOS DE LA ASAMBLEA DEL CONGRESO NACIONAL INDÍGENA Y EL EZLN EN LA MESETA P’URÉPECHA

Santiago Nurío Tepecua, Michoacán, 3 de marzo de 2001. “El sustento de la vida familiar de los jodidos es asombroso, es escalofriante”, dijo el comandante Zebedeo ante los miles de asistentes al Congreso Nacional Indígena. “Esta máquina, monstruo hecho gobierno, nos humilla, nos mata. Nuestra constitución la han convertido en la Ley de Herodes”.

El toque zapatista, que ha ganado un liderazgo indiscutible entre los pueblos presentes, no es el único. Aquí suceden otros principios de autoridad, presencias que merecen el adjetivo de fuertes en grado no menor al de los rebeldes de Chiapas. Están los marakames y las autoridades de la nación yaqui, y están los dirigentes regionales de Guelatao y Tlaxcalalcingo, los representantes de organizaciones nuevas y veteranas en el seno del CNI, los testigos rarámuri de la Sierra Tarahumara y muchísimos p’urépechas de la Meseta Tarasca.

Chalío Salvador, uno de los “principales” de San Miguel Huaixtita, parte de San Andrés Cohamiata (Sierra Huichola), echó a danzar y salmodiar junto con otras dos autoridades wixarika al terminar la inauguración del tercer Congreso Nacional Indígena (y el primero en ser saludado por un presidente de la República).

Llevando sus muvieri (flechas sagradas) al viento que traen estos bosques, los oficiantes tocaron violín y guitarrita frente a una canasta de mimbre colmada de mazorcas. Su danza lenta suspendió un poco en tiempo y respiró también por el micrófono. Después alcanzaron a los 23 comandantes zapatistas y les practicaron sanación pasándoles plumas.

Llegados ante el subcomandante Marcos, hicieron una sanación más larga, y Chalío colocó en el cuello de Marcos un pectoral de chaquira. El mismo referiría luego que el collar, que representa la figura del Abuelo Venado Cola Blanca, sirve para “limpiar”. Y que por qué un venado. Chalío responde: “Para que le vaya bien, para que se sienta contento”.

No es poco el camino que ahora emprende el Congreso Nacional Indígena llevando al frente a la comandancia del EZLN. Pero tampoco es poco lo que lleva. Los pobres entre los pobres marchan hacia la capital haciendo derroche de riqueza.

 

TRANSFORMACIÓN DE SUS EXISTENCIAS

En los llanos de Nurío han venido a conjuntarse miles de voluntades individuales y colectivas de los pueblos indígenas, provenientes de todo el territorio nacional (incluso de entidades donde se supone no existen más). Por si alguien duda que las palabras toman forma, basta ver y escuchar a los delegados que participan en el tercer Congreso Nacional Indígena.

Junto con sus hermanos zapatistas (entre ellos aquí los indígenas se llaman “hermanos” todo el tiempo, incluso cuando discuten), los pueblos indios de México echaron a andar una transformación profunda de sus existencias. Al afectar al conjunto de la conciencia nacional, transforman al país de una manera inédita en el mundo moderno.

En un hervor de identidades recobradas, pueblos como los chichimecas de Tierra Caliente y Bajío, los acolhuas de Ciudad Neza o los nahuas de la Sierra de Manantlán en Jalisco, son más indígenas ahora de lo que se consideraban a sí mismos hace una década. Parecían arrasados por una modernización que no los necesitaba, y hoy están aquí, sorprendidos de sí mismos, de cuánto pueden enseñar todavía, y de que la nación parece escucharlos.

El punto único a discutir en este congreso es organizarse y armarse de argumentos y presencia moral para defender ante las Cámaras los acuerdos de San Andrés, como quedaron vertidos en la ley Cocopa. De la Huichola jalisciense, Totonacapan, Juchila, Miahuatlán y Olinalá bajaron los wixárrikas, totonacos, mixtecos, zapotecos y nahuas a poner juntas sus palabras, cargadas de identidad, particularidad e historia.

“Esta delegación les trae muchas palabras”, había dicho durante la inauguración el comandante Zebedeo. Pero no sólo los zapatistas traen el itacate lleno. Y además aquí se juega más que eso. Como lo expresó Juan Chávez, luego de saludar con el dulce sonido de la lengua p’urépecha, los pueblos han venido a mostrarle a México “el profundo rostro del corazón”.

El viento de las montañas trae un olor a pino y tierra secándose, afilado y frío. En su propia tierra, Juan Chávez señala el reto para la organización del CNI de demostrar que los pueblos indígenas son capaces de la unidad para obtener el reconocimiento de los derecho y las culturas indígenas.

 

SU LUGAR EN LA HISTORIA

Y cuando la banda El Centenario, de Nurío, pone en su filarmonía metálica la música de Carabina 30-30, que hoy se canta Ya se mira el horizonte, parece sellarse un encuentro.

“Queremos nuestro lugar en la historia. Somos merecedores”, había expresado el comandante Tacho. Pues por lo menos ya lo ganaron, y de manera espectacular, en los noticieros. Hasta el gobierno foxista, ígnaro en estas cuestiones, da la nota entre indígenas y anuncia programas superbuenos para “nuestros hermanos indigenas”.

En estos días, la principal funcionaria indigenista del gobierno de Vicente Fox luce huipiles mixes y rebozos tradicionales en sus frecuentes apariciones públicas. Xóchitl Gálvez, originaria del pueblo ñañhú de Tepa, es paisana nada menos que de Erika Zamora, la única mujer encarecelada en el penal de alta seguridad de Puente Grande. ¡Chiquito el mundo, caballero!

 

EN VÍAS DE CONSEGUIR LO QUE MÁS IMPORTA

Ahora que los indios ya habitan los videos melcochosos de la televisión, los comerciales y las promesas más resonantes del nuevo gobierno, ya sólo ven una posibilidad: que se reconozcan los derechos que demandan. En la Mesa 2 (de 5 que sesionaron hoy) se propuso declarar al CNI en sesión permanente, y que se trasladara al Congreso de la Unión para respaldar a la delegación zapatista. Muy serios, dos dirigente nahuas propusieron que en las regiones se hagan “declaraciones de autonomía en uso de los acuerdos de San Andrés”.

Y era un espectáculo elocuente ver sesionando sobre un campo labrantío, sentados en la tierra, a indios que parecían en día de labranza. Envueltos en el cielo grande y las anchas tierras y bosques de la meseta michoacana, los más de 2 mil delegados efectivos, en la primera reunión nacional que reúne sin maquillaje a gente de más de 50 pueblos (lenguas, culturas).

En un auditorio al aire libre que recuerda, como ninguno, al Aguascalientes original de Guadalupe Tepeyac, con su bancas de palo para cuatro mil personas (rebasadas de calle por indígenas y no indígenas, delegados, observadores, intelectuales y grupos civiles a su servicio), los indígenas están en camino a conseguir lo que más les importa.

La reunión de Nurío recuerda, por el numero de asistentes, a la ya lejana Convención Nacional Democrática de 1994; pero ubicada en el extremo opuesto en cuanto a posibilidades, es una reunión fundamentalmente armónica, donde todos están de acuerdo en lo esencial.

“El rumbo es Nurío”, se lee en numerosos cristales de los más de mil vehículos estacionados en la carretera, los llanos y las calles de Nurío. El subcomandante Marcos, en un texto escrito casi en endecasílabos, dijo que los hermanos y hermanas jefes “como siempre afilan el machete y la palabras”. Y se dirigen a donde de por sí ya dijeron: la casa de las leyes, en la Ciudad de México. Y para eso, andan recorriendo los caminos y las calles de la patria grande, en la que quieren caber de una vez por todas.

Publicado originalmente en La Jornada, el 4 de marzo de 2001.

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