FRANCESCA GARGALLO Y LA LITERATURA
DONDE NARRAR SEA PARTE DE UNA BÚSQUEDA DE SABIDURÍA
Francesca Gargallo gustaba de presentarse como “escritora, caminante, madre de Helena, partícipe de redes de amigas y amigos”. Desde que murió, cada vez que hablo de ella le rindo homenaje repitiendo esas palabras. Quizá quienes las lean se asombrarán de la manera en que ponen en el mismo lugar caminar y escribir. De todo lo que aprendí de Francesca, lo que más atesoro está allí, en esa forma que tenía Francesca de caminar y viajar, así como en la forma en que Francesca practicaba la amistad: su tejer amorosos tejidos entre personas y grupos. Esas dos prácticas definen, para mí, el tipo de filósofa que era Francesca: para ella pensar significaba viajar, ponerse en camino para buscar a quienes han pensado antes que ella y conversar.
Si su maestro Horacio Cerutti Guldberg resaltó el nexo entre filosofía e historia de las ideas (lo que significaba conocer y valorar a los filósofos de nuestra tierra), Francesca llevó ese planteamiento al mundo vivo de sus interlocutoras: las filósofas de las que partía no sólo compartían su obra en textos escritos; eran, como la propia Francesca, grandes conversadoras y animadoras de espacios comunitarios y desarrollaban su filosofía en el marco de vívidos encuentros donde se debatía el sentido de la vida en común. Francesca convirtió esa propuesta en una defensa de la amistad, de la que dedujo un método y una ética: se trataba de pensar conversando, escuchando primero a compañeras y compañeros, guardando registro de lo aprendido, regresándoles a esas personas lo que antes dijeron, poniéndolo en valor e integrándolo en vastos mapas de problemas que atraviesan territorios, épocas y proyectos políticos.
Era también una filósofa que pensaba a través de ficciones. Lo más poderoso de su pensamiento a menudo emergía en esas ficciones donde las consignas y planteamientos adquirían la forma de la duda al encarnarse en un relato y un conjunto de personajes vivos, llenos de defectos, pero habitados por preguntas. Muchos de esos personajes eran retratos de gente que Francesca había conocido en sus viajes, o derechamente de sus amigos: el lector curioso que se daba cuenta de eso pasaba, de la maravilla que causaban esos personajes, a la maravilla del mundo habitado en común. Entonces los conceptos y planteamientos de la filosofía feminista se transformaban también: se volvían flexibles y complejos.
En Intentando acercarme a una razón narrativa, un texto de 2003 hoy disponible en el blog de la autora (magníficamente editado por Gabriela Huerta Tamayo), Francesca ligó la narración a un saber que nace del interés por quienes están vivos: “en el dialecto de la Roma contemporánea un ‘ignorante’ no es sólo la persona que desconoce algo, que lo ignora, sino aquella que manifiesta su antipatía, su falta de interés por los demás, su egoísmo a través de no comunicarse verbalmente: es quien contesta con monosílabos o rehúsa dar explicaciones”.
Para Francesca, el acto de narrar está en las antípodas de esa ignorancia y se hace posible por el interés hacia los demás. Primero, el interés hacia las personas cuya historia se narra, pues el relato bien contado es una manera de buscar a otras y otros a través de las palabras. No se cuenta sobre quienes se sabe, sino sobre quienes buscamos sin darnos cuenta. Por ello no los explicamos, sino que permitimos que en la palabra propia se desplieguen formas de vivir.
El relato bien contado busca también a las personas que pueden compartir con quien narra el asombro por esas formas de vivir. Por eso los relatos buscan romper “el encierro en pequeños núcleos familiares que, en las ciudades de todo el mundo, rechazan la transmisión de conocimientos inter-generacionales por dar crédito a imágenes —tan manipuladas como los cuentos de antaño— o a informaciones consideradas científicas, que se transmiten vía aparatos domésticos (la televisión, la computadora personal), impidiendo que surjan los lazos de solidaridad que se tejen por el conocimiento narrativo de las condiciones de otra persona”. Se trata de un conocimiento conjetural, construido, en la medida en que las personas que escuchan abren su corazón a la posibilidad de imaginar cómo podrían ser esas condiciones. Así aumenta la capacidad de empatizar y pensar. A través de la ficción, el relato libera en los escuchas una capacidad que les permitirá encontrarse de forma más rica con el mundo. La forma de relatar alabada por Francesca Gargallo buscaba convertir a los escuchas en interlocutores de quien narra, y les regalaba la experiencia de un mundo común cada vez más asombroso por complejo, un mundo que ha abandonado sus rasgos rígidos y entristecidos para recuperar su belleza.
La semilla (Plan campesino de solteras, Heredad Palabras, 2022) es una de las grandes obras de Francesca Gargallo. Fue escrita como parte de un proyecto mayor, al que Francesca se refería con el título de La Madre Tierra, que evocaba el título del periódico fundado por la pensadora anarquista Emma Goldman. Se trataba de tres novelas organizadas en círculos concéntricos que ponían en relación una ciencia de la vida (la biología, la física y la geología) con una antigua manera de contar (la épica, la tragedia y la lírica). La semilla es una épica biológica. Se trataba de pensar la vida en su dimensión biológica y narrativa en un momento que se sentía como final del mundo (o al menos, de nuestro mundo), y en donde Francesca creía necesario imaginar colectivamente el recomienzo de la civilización humana después de que sus certezas hubieran terminado.
Francesca trabajó en La Madre Tierra a lo largo de muchos años. Fue su principal proyecto después de su decisión de dejar la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Trabajaba en ellas cuando atestiguó, en 2008, el levantamiento de Cherán. Una vez terminadas, Francesca llevó las tres novelas a editoriales grandes y pequeñas. Recibió un rechazo casi unánime. Uno de esos editores le dijo que a quién se le ocurría mezclar novela y biología, que la pérdida de las semillas nativas no era un tema importante para los lectores de literatura y que el tiempo pasado por Francesca en la universidad había acabado con su capacidad literaria.
Sólo Editorial Terracota apreció una de esas novelas: la publicó en 2013 con el título de Al paso de los días. Poco antes de la salida de ese libro, en diciembre de 2012, el EZLN emitió un comunicado que se hacía eco de las preguntas de La Madre Tierra. Las preguntas por el fin de este mundo, por el sentido biológico y narrativo de la vida y por lo que tendremos que construir colectivamente el día después del final, que el sistema literario enjuiciaba como no pertinente, estaban vivas en los espacios de organización social.
Yo fui uno de los lectores privilegiados de la trilogía y le dije a Francesca que sus novelas presagiaban una preocupación fundamental. Otras personas se dieron cuenta: en 2017, el colectivo oaxaqueño Campamocha editó la primera versión de La semilla (que en ese entonces tuvo el nombre de Plan campesino de mujeres). Ese mismo año, Andrés Cisneros hizo una edición de La costra de la tierra acompañada de una extraordinaria ilustración de portada. Ambas obras salieron en tirajes cortísimos. Pronto se volvieron tesoros compartidos por sus lectoras y lectores.
Francesca Gargallo dudó mucho sobre si La Madre Tierra podía ser nombrada como literatura de ciencia ficción: en sus últimas intervenciones públicas comenzó a elaborar una nueva categoría para ellas, a la que le dio el nombre de “Literatura de la Tierra”. En ella agrupaba obras de ciencia ficción, lo mismo que a narradores como José María Arguedas. Era una literatura que se preguntaba por la vida y la Tierra. Yo creo que Francesca ayudó a refundar esa tradición, hoy cultivada por extraordinarias narradoras como Gabriela Damián, pensadoras como Diana del Ángel, Yásnaya Aguilar y poetas como su amado Hubert Matiúwaà. Es la antepasada de otra literatura posible, que hoy se revela como necesaria, donde el narrar es parte de una búsqueda de sabiduría y se vincula a un arte de habitar la Tierra.