LA GUERRA ES MUNDIAL / 347
De manera poco perceptible si no está uno bajo las bombas o a merced de enfrentamientos con todo tipo de calibres, el mundo ha llegado a un estado permanente de guerra. Y no la revolucionaria o popular, sino crasamente militar. La mayoría son conflictos entre naciones, aunque también muchas sean internas. Priman la sinrazón y la crueldad. Además, aquellas naciones fuera del frente son partícipes indirectas y cómplices de algún bando, o resultan afectadas. Transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, prácticamente todo el mundo está en una guerra o bajo su influencia.
En 2024, la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria contabilizó 56 guerras activas. Hoy son más. La guerra entre Rusia y Ucrania involucra a prácticamente todo el continente europeo en el bando de Ucrania. La potencia rusa pelea sola en apariencia, pero tiene aliados en el este y en Asia. La que desataron Israel y Estados Unidos contra Irán lleva los bombardeos a los aliados árabes de Washington y socios de Europa occidental, sin margen para actuar contra los drones, misiles y bombarderos que atacan las bases militares de las potencias, así como sus industrias, puertos y pozos petroleros. La más atroz “guerra” de Occidente, en realidad un genocidio sin contraparte militar, la protagonizan las Fuerzas de Defensa de Israel en la Franja de Gaza, extendida arbitrariamente a Cisjordania, Líbano y Siria. El arrasamiento total podría ser una realidad para Palestina. Esto, cuando el régimen de Tel Aviv ya tiene la guerra en casa, pues Irán no anda de día de campo.
Afganistán no ha descansado de guerras en más de 40 años y se enfrenta en estos días a Pakistán, única de las naciones bravas y musulmanas con arsenal atómico. Por lo demás, India y Pakistán mantienen vivo un peligroso conflicto en Cachemira. Algunas guerras africanas poseen continuidad aterradora, o rebrotan cuando parecían apagadas, como en la República Democrática de Congo y los dos Sudán. El International Crisis Group señalaba a principios de 2026 que “con Sudán en llamas, un enfrentamiento entre sus vecinos Etiopía y Eritrea podría sumir al Cuerno de África en una conflagración total. Tras meses de intercambios de acusaciones, Adís Abeba y Asmara podrían estar al borde de una guerra”.
En Nigeria se desarrollan diferentes conflictos simultáneos, el más grave con Boko Haram. También Mali y Burkina Faso padecen un yihadismo salvaje. Según el medio especializado El Orden Mundial, el Sahel (Mauritania, Mali, Níger, Chad y Sudán) se perfilan como uno de los principales focos de inestabilidad en 2026. El Sahara Occidental vive desgarrado entre el colonialismo marroquí (con apoyo de España) y el independentismo del Frente Polisario, en un conflicto no resuelto hace décadas donde por ahora no se combate. Si uno mira bien, en África y el Medio Oriente siempre aparecen las huellas históricas y el arsenal moderno de Gran Bretaña, Francia, Israel y Estados Unidos, máximos exponentes actuales del colonialismo “blanco”.
En el sudeste asiático, Camboya y Tailandia se tambalean en una “paz” a medias patrocinada por Donald Trump, impredecible comandante en jefe del mayor ejército que hay, mientras Myanmar sufre un brutal conflicto interno. Armenia y Azerbaiyán disputan violentamente la región de Nagorno Karbaj. El inaprehensible Kurdistán se mantiene en armas y “acompaña” las guerras sucesivas en una región que va de Turquía a Siria, Irak e Irán. China tantea una intervención militar en Taiwán. América entera respira la atmósfera y los efectos de las guerras de ultramar, bajo el influjo de Washington y los cuatro fantasmas que éste desea conjurar de “su” continente: China, Rusia, Irán y el “comunismo”. Como en los demás rumbos de la escalada actual, liderada por la coalición Estados Unidos-Israel, una mayoría de gobiernos caribeños, centro y sudamericanos aceptan con docilidad el mandato de Trump y son cómplices de sus guerras, así sea como comparsas, mientras dejan arder la Patagonia ¿para futuros asentamientos israelíes? En tanto, Canadá purga sus propios pecados coloniales y enfrenta riesgos militares latentes, al igual que Groenlandia, y por extensión Dinamarca.
Al sur de México y Cuba, los gobiernos que todavía medio se resisten al yugo yanqui son Guatemala, Nicaragua, Colombia y Brasil. Suerte de trofeo de guerra para Trump, Venezuela está obligada a nadar de muertito. Pero si nuestros países se libran de las batallas imperiales, no se salvan de sus propias situaciones de violencia extrema, que pueden o no llamarse “guerra”: los choques entre grupos criminales, o de éstos contra las fuerzas institucionales. México aparece como “país en guerra” en algunos análisis globales.
Aquí persiste la contrainsurgencia moderna, inaugurada hacia 1995 por Ernesto Zedillo. Desde entonces ningún gobierno ha reducido el número de elementos castrenses fuera de cuarteles a los que ya no regresarán. Al generalizarse la presencia de cárteles y grupos mercenarios, los paramilitares originales resultaron útiles para extender una contrainsurgencia híbrida a cargo del narco, funcional al extractivismo. Sucede en Chiapas en general, y particularmente en torno a los zapatistas. También viven amenazadas las autonomías de Michoacán: en Ostula y la costa (la mera tierra del abatido Mencho Oseguera) y en la meseta p’urépecha con dedicatoria especial a Cherán. Súmense las zozobradas urbes jaliscienses y sinaloenses. En condiciones de violencia latente transcurre la vida de los wixaritari en la sierra Huichola; de nahuas, me’ephàa y ñuu savi en la Montaña de Guerrero; de rarámuri en la sierra Tarahumara. El narco asedia a las comunidades. ¿Qué tanto es tantito cuando hablamos de “guerra”?
La connivencia económica, de seguridad y militar con Estados Unidos es absoluta en Argentina, Chile, Ecuador, Panamá, El Salvador, Honduras, Guyana y varias islas caribeñas estratégicas. El Comando Sur del Pentágono se expande no tan silenciosamente, y ya actúa en el Ecuador de Noboa en su “guerra” contra el narco. En Chile podría recrudecer la guerra dizque antiterrorista contra los mapuche.
Imposible no estar en este mundo. Pueden ocurrir cosas impensables. Y más allá de la paranoia colectiva, el riesgo de un evento nuclear asoma como nunca. Los expertos piensan que Israel podría desatarlo si la guerra se alarga. “Irán ni siquiera ha disparado aún sus mísiles más sofisticados”, según Lawrence Wilkerson, ex jefe de gabinete del secretario de Estado Colin Powel. Ingresamos a un periodo de la humanidad en status bélico, como se dice de la epilepsia: un ataque convulsivo que no cede. Es necesario interrumpirlo, o el individuo sucumbe.
El concepto de “paz” ha perdido su significado noble en aras de la comercialización, la mentira, los premios y los intereses electorales. Europa, Israel, Australia y Estados Unidos persiguen a quienes protestan contra el crimen israelí de lesa humanidad, siendo el genocidio con mayor audiencia jamás.
La resistencia pacífica resulta un imperativo. Desde los territorios del común, la solidaridad entre pueblos y la reivindicación de un lenguaje que no sea también un instrumento de la violencia, residen las reservas más confiables para una paz con justicia y dignidad.