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LA LUCHA DE LOS PUEBLOS NO CABE EN LA ECOLOGÍA POLÍTICA

JAIME TORRES GUILLÉN

Cuando Eric Wolf usó en el título de un artículo suyo1 el término ecología política, tenía la finalidad de explicar que, en las sociedades complejas,2 los cambios en la propiedad de la tierra no se entendían por procesos ecológicos locales o regionales, sino a través de “un campo de batalla de fuerzas en pugna”3 con el que se mantenían o reestructuraban las relaciones económicas, sociales y políticas de la sociedad. En ese texto Wolf enfatizó que “el capitalismo progresa mediante el empleo de reglas jurídicas de propiedad para despojar al trabajador de sus medios de producción y negarle el acceso al producto de su trabajo”.4 Con el tiempo esto desencadenó que las estrategias de propiedad y herencia locales fueran mediatizadas por factores sobre los cuales las comunidades comenzaron a tener poco control.5

Existe una gran distancia entre el uso analítico de un concepto como lo hizo Wolf y las versiones actuales que conciben a la ecología política como “un campo creado por geógrafos, antropólogos y sociólogos ambientales que estudia los conflictos ecológicos distributivos”,6 una actividad académica que recoge “las críticas a los modelos de desarrollo”, “investigaciones sobre los vínculos entre la economía política y los impactos ambientales humanos en diferentes ubicaciones y disciplinas académicas”7 o estudios académicos sobre conflictos ambientales8 “por distribución de los costos y de las potencialidades ecológicas en la construcción de la sustentabilidad”.9

Ahora no deseo discutir la diferencia entre el uso analítico del término ecología política y la cuestionable elevación a “campo de estudio”; tampoco, la ambigüedad del uso del concepto.10 Lo que me interesa debatir es la pretensión de cierta industria académica que se adjudica un contenido de lo que llama ecología política, a partir de las luchas de los pueblos en resistencia en América Latina. A mi manera de ver, con esta pretensión, se deforma el contenido político de la lucha de los pueblos en tanto sujeto político heterogéneo formado por indígenas, mujeres, campesinos, jóvenes, habitantes de los barrios, obreros, profesionistas y maestras, quienes a título individual o colectivo se unen para cuestionar y bloquear las diferentes acciones violentas con las que la clase dominante monopoliza la tierra, la propiedad y la riqueza social.

No hablo en abstracto. En México y en no pocas partes del mundo, estas luchas están vinculadas con la degradación del suelo provocada por la agricultura capitalista, el monopolio de las semillas, la contaminación de las industrias y los imperios ganaderos a cuerpos de agua, el despojo de tierras o la defensa de bosques o ríos. En concreto, las luchas políticas de los pueblos se deforman con la noción de “conflicto socioambiental”, con la asignación arbitraria del activismo “en defensa del medio ambiente” o con el término académico de “controversias sociotécnicas”.11

En primer lugar, habría que decir que el término conflicto socioambiental es heredero de la noción de conflicto social, el cual es una categoría sociológica con la que se evita el análisis de clase. Con ella se entiende que existen estructuras fundamentales de lo social y que el conflicto tiene la función de estabilizar dichas estructuras.12 Es verdad que existe literatura que intenta vincular la noción de conflicto socioambiental al proceso de acumulación originaria que aparece en el capítulo XXIV de El Capital, pero tal relación no se establece de forma sistemática. No se repara en que la noción de conflicto es base de la noción liberal de sociedad pluralista. En ésta se acepta el conflicto en una versión limitada, a saber, que éste sea regulado, canalizado u orientado hacia las instancias institucionales que mantienen el orden. Actualmente, la base objetiva de los antagonismos sociales en el capitalismo es entendida de forma “agonista”, en la que los oponentes no son enemigos de clase, sino adversarios que pueden llegar a una solución negociada.13 Concebir la lucha de los pueblos como conflicto socioambiental impide entender los procesos activos y condicionados de su acción política, los cuales son resultado de los antagonismos de clase. Digo clase y no clases, porque como bien lo argumentó en su momento E. P. Thompson, la clase no es una cosa o fenómeno fijo, sino una relación encarnada en gente real que se capta en tanto “fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados, tanto por lo que se refiere a la materia prima de la experiencia, como a la conciencia”.14 Por tanto, al limitar las luchas de los pueblos a una experiencia contenciosa (defensa del agua o bosques) concebida como conflicto socioambiental, deforma la lucha al neutralizar el antagonismo real, separando la experiencia concreta del concepto de clase y orientando con esto el proceso político hacia la integración al orden establecido.

En segundo lugar, las luchas de los pueblos no son movimientos ambientalistas que surgen ante la “crisis ecológica” y al llamado a salvar el planeta, sino resistencias ante la violencia con la que transnacionales y los Estados despojan tierras, talan bosques o instalan basureros en territorios específicos. Tal violencia forma parte de la ofensiva capitalista por destruir las formas de subsistencia social como lo describía Rosa Luxemburgo en 1912. Dos son las razones de esta ofensiva: una, que las formas de reproducción social no capitalista “ofrece rígidas barreras, en todos los sentidos, a las necesidades de capital”.15 Otra, que como el aceleracionismo del capital no puede esperar a que los comportamientos de la gente transiten de manera rápida al “mercado de la competencia pacífica”, tiene que usar todas las formas de violencia que estén a su alcance. De ahí la decisión de los capitalistas en contubernio con los Estados de establecer una guerra a muerte a estas formas de producción “en la forma histórica en que se presente”:16 antes contra las diversas formaciones del común o la subsistencia campesina tradicional, hoy contra los territorios indígenas, contra las tierras ejidales o los barrios y colonias populares. Precisamente frente a esta violencia se organiza la resistencia de los pueblos en tanto lucha, y no como movimiento de un conflicto socioambiental.

En tercer lugar, las luchas de los pueblos no son “controversias sociotécnicas”, esto es, no son “marcos de significación en disputa” que pueden mediarse hasta convertirlos en “espacios de deliberación”17 para hacer políticas públicas. Vistas así, tales controversias serían “productivas”, porque generarían “arreglos institucionales” y nuevas relaciones entre “los actores afectados”.18 Entonces, si todo es una “controversia” entre redes de actores, como en los conflictos, tampoco hay enemigos de clase, sólo “malentendidos” o “falta de mediación” para que la controversia sea productiva, esto es, para que genere nuevas leyes, nuevos lenguajes o nuevas formas de participación pública. Ésta es una deformación de las luchas de los pueblos porque observa las resistencias desde afuera, como si éstas fueran un laboratorio y supone que el contenido de tales luchas es una especie de negociación sobre significados de la naturaleza o el medio ambiente. Con tal abordaje, la cuestión de la propiedad de la tierra, la reproducción social no capitalista y la formación de un sujeto político se borran para dar paso a los “actores” o las “partes interesadas” de una controversia.

Por lo anterior, la lucha de los pueblos no cabe en las versiones de ecología política que usan estas ideas porque su estrechez de análisis deforma la resistencia de aquellos a la fuerza capitalista que trata de convertirlos en un apéndice del capital. Si nos percatamos que en estas luchas se bloquean las aspiraciones capitalistas de industriales y gobernantes de despojar territorios mediante su defensa del agua, bosques, humedales, ríos, praderas o montañas, como se manifiesta en no pocas luchas de pueblos actuales, se debe a que éstas son la acción más visible contra el capital que actúa construyendo industrias que despojan y contaminan cuerpos de agua, líneas de ferrocarriles o autopistas que perforan montañas o talan selvas, o basureros que no sólo contaminan el suelo y el agua, sino que condicionan la vida de los barrios, colonias o poblaciones. Pero eso no significa que los pueblos sean ambientalistas o que están inmersos en un conflicto socioambiental. Para entender esto se requiere pensar que son pueblos que, como sujeto político, están en un tiempo de larga duración durante el cual han resistido, no sin contradicciones, a la destrucción de sus formas de reproducción social por parte de los capitalistas y los gobiernos en turno. También, que es la consciencia de su condición de productoras y productores de valor lo que les permite rechazar las formas de producción, reproducción y estructuras de dominio estatal.

Es posible que las prácticas políticas variadas de los pueblos confundan a quienes de buena fe pretenden entenderlos. Por ejemplo, los pueblos en lucha pueden combinar la asamblea y la democracia directa con el régimen formal de ciudadanía y derechos; pueden combinar también la protesta, el litigio jurídico y la movilización contenciosa, con la exigencia a los gobiernos para responsabilizarlos de sus “tomas de decisión”, con la crítica a éstos y la posibilidad de modificar las formas de gobernar. Al movilizar estas prácticas también pueden generarse contradicciones. Esto sucede debido a los procesos diferenciados de formación política y por el constante asedio estatal al tratarlos como poblaciones controladas, grupos fragmentados y con intereses diversos. Además, en América Latina y el Caribe, el monopolio de la tierra, la propiedad y la riqueza social tienen raíces coloniales, racistas y oligarcas, lo cual ha tenido sus efectos desastrosos para la formación política de los pueblos, en especial la conciencia de clase.

Si a ello se le agrega el asedio para convencerlos de que sus luchas son ambientalistas o controversias sociotécnicas, entonces la lucha no se concibe en tanto clase de productores, sino como activistas o actores incorporados al funcionamiento de la sociedad realmente existente. El resultado es que no se concibe su existencia como irreconciliable a la sociedad capitalista.

Superar esto último pasa por pensar con más detenimiento el contenido político de la lucha de los pueblos. Pasa por superar las versiones de concebirse como “grupos de interés”, activistas o actores en un conflicto, y tomar muy en serio la cuestión que interroga por el tipo de conciencia y organización que corresponde al momento histórico en que éstas se desarrollan. Es la fase de formación lenta de una fuerza permanente y organizada por largos periodos la que tenemos que entender de las luchas de los pueblos. También, que, aunque parezcan “conflictos puramente locales”, sus luchas en realidad están conectadas con la totalidad objetiva del estadio en que se encuentra el sistema capitalista actual.

Bien podríamos comenzar por comprender que los pueblos están luchando por su autodeterminación, lo cual lleva implícito tanto la defensa de sus vidas y las otras vidas que están en sus territorios, como la abolición del sistema capitalista. Puede que esto último sea tachado de utopista e incluso que una defensa concreta de los pueblos parezca limitada y no tan espectacular, pero en los hechos, los pueblos con sus distintas luchas ya han superado el chantaje economicista que impone la falsa disyunción entre “generar empleos” y destruir los territorios, y sobre todo han rechazado el fatalismo con que el academicismo del horror y otras sectas del fin del mundo contribuyen al inmovilismo social.

Todo lo que he dicho hasta aquí no debería entenderse como una apelación a la industria académica de la ecología política, sino como parte del trabajo intelectual que, como herramienta para la crítica, la autocrítica y el apoyo mutuo, busca construir lugares de intercambio de ideas con los que se prefiguren esbozos de muchas vidas libres de la subordinación estructural capitalista. Como un grano de sal, me he sumado a la resistencia de algunos pueblos y ahí he visto que, en los actos de confrontación política contra el capital, nuestros avances, derrotas y contradicciones van formando la consciencia de nuestro ser social, esto es, el darnos cuenta que nuestra existencia está inserta en el antagonismo estructural propio de la sociedad capitalista. Esto no se podría entender con las distintas versiones de la ecología política.

Referencias:

1. Eric R. Wolf, “Ownership and Political Ecology”. Anthropological Quarterly, Jul., 1972, Vol. 45, No. 3 (Dynamics of Ownership in the Circum-Alpine Area - Special Issue), pp. 201-205.
2. Wolf utiliza este concepto para evitar dividir el mundo en sociedades modernas, primitivas y tradicionales. De esta manera, las unidades locales de estudio (aldeas, comunas, familias) son vistas en relación con los centros de control (ciudades o instituciones estatales). En una sociedad compleja dicha relación son las fuerzas que “someten a sus imperativos a las poblaciones humanas”. Cfr. Eric R. Wolf, Europa y la gente sin historia (México: Fondo de Cultura Económica, 2016), p. 466.
3. Por ejemplo, dos derechos enfrentados: el consuetudinario de la comunidad y el jurídico del Estado/Capital.
4. Eric R. Wolf, “Ownership and Political Ecology”, p. 202. Wolf sigue el análisis de la acumulación originaria en toda su obra.
5. Ibid., p. 203.
6. Cfr. Joan Martínez Alier, El Ecologismo de los Pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valoración (Barcelona: Icaria Editorial, 2004), 9 y 81. También, Enrique Leff, Ecología política. De la deconstrucción del capital a la territorialización de la vida (México: Siglo XX Editores, 2023), p. 294.
7. Cfr. Journal of Political Ecology. https://journals.librarypublishing. arizona.edu/jpe/
8. Cfr. Ecología Política-Cuadernos de Debate Internacional. https://www.ecologiapolitica.info/
9. Enrique Leff, Ecología política, p. 298.
10. Gabriela Merlinsky, Toda ecología es política. Las luchas por el derecho al ambiente en busca de alternativas de mundo (Buenos Aires: Siglo XXI, 2021), p. 16. Cfr. Héctor Alimonda [et al.], Ecología política latinoamericana: pensamiento crítico, diferencia latinoamericana y rearticulación epistémica (Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO; México: Universidad Autónoma Metropolitana; Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ciccus, 2017).
11. Gabriela Melisnky, Toda ecología es política, pp. 18 y 71.
12. Cfr. Th. W. Adorno y Ursula Jaerisch Titor. “Anotaciones sobre el conflicto hoy”, en Adorno, Th. W. Escritos sociológicos I. Obra Completa, p. 8 (Madrid: Akal, 2004). Cfr. Nicole Laurin-Frenette, Las teorías funcionalistas de las clases sociales (Madrid: Siglo XXI, 1989), en especial el capítulo 8. A Georg Simmel le interesaba Der Streit (traducido al español como conflicto y otras veces como lucha) como una forma de socialización frente a la indiferencia. Por ello llegó a decir que el conflicto era “un remedio contra el dualismo disociador, una vía para llegar de algún modo a la unidad, aunque sea por el aniquilamiento de uno de los partidos”. Cfr. Sociología I: Estudios sobre las formas de socialización (Madrid: Alianza Editorial, 1986), p. 265.
13. Chantal Mouffe, Agonística. Pensar el mundo políticamente (Buenos Aires: FCE, 2014),
16. Gabriela Melisnky, Toda ecología es política, p. 22.
14. E. P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra (Madrid: Capitán Swing, 2012), p. 27.
15. Rosa Luxemburgo (1967). La acumulación del capital (México: Grijalbo, 1967), p. 284.
16. Ibid.
17. Gabriela Melisnky, Toda ecología es política, pp. 19 y 35.
18. Ibid., p. 102.
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