VIVE LA SIEMBRA
LAS SEMILLAS, UNA INTELIGENCIA COLECTIVA FLUIDA, COMO EL LENGUAJE
Es raro descubrir al paso de los años que infinidad de procesos son más evanescentes de lo que aparentan. Tomemos por ejemplo las semillas. Así duras como se les mira en sus capas protectoras, en realidad encarnan una temporalidad en vilo, siempre en tránsito, encaminada, que apunta a lo que habrá de ocurrir si se cumplen ciertas condiciones que no parecen estar fijadas por nadie en particular pero que definen lo que ocurrirá con tales semillas si germinan y brotan para después crecer y florear y fructificar en su propio ciclo insustituible.
Pero su evanescencia viene de su fluidez, de su transmutación eterna que es la base de su permanencia. Al igual que las palabras, su configuración cambia para cumplir con los mínimos requisitos que posibilitan su renacimiento perpetuo, como nuestras conversaciones renacidas y a la vez reconocibles, ancestrales, con posibilidades de una historicidad y una experiencia.
Este rasgo nos abre un paréntesis para anotar que la principal falla y el principal peligro de la inteligencia artificial (IA) es justamente que no tiene cómo hacerse de la experiencia de la que abrevamos la gente que cargamos nuestra propia historia.
La imposibilidad de una experiencia propia hace que todo lo rejuntado por la IA no sólo sea estadístico únicamente, sino que termina siendo superficial y confuso porque no está configurado a partir de nuestro devenir propio. Las semillas son lo contrario. Todo en ellas es fruto de lo que han ido atravesando, de lo que las va transformando vez tras vez, siembra tras siembra, cruza tras cruza, conversación tras conversación entre personas, condiciones y semillas, guardando ciertos paralelos con nuestras conversaciones humanas.
Y hay un antecedente adicional que las aleja de la IA: que si las estrellas que vemos hoy emitieron su luz hace millones de años, así lo que hablamos hoy es un lenguaje de antes, y en realidad continúa todo lo que se nos ha dicho y nos ha impactado y que configura nuestra condición de ahorita. Lo que hablamos está cargado de esa historia plena de nuestra gente viva y nuestros muertos (la inteligencia artificial no puede hacer eso).
Sostenemos con nuestros muertos una relación fluida y son nuestra imaginación, nuestra memoria: toda esa gente que vino antes de nosotros, desde el principio de los tiempos, y que de tantos modos sigue viva, son nuestro pasado, nuestra experiencia, que no se ha ido. Sigue con nosotros y configura lo que decimos, nuestra visión del universo. Así con nuestras semillas. Este pasado que sigue aquí con ellas nos las acerca por ser claves de la vida, las semillas, inmemoriales, milenarias, invisibles pero presentes y cargadas de futuro, como la poesía de Gabriel Celaya.
Pero a los poderes les importa despojar de pasado y de sus posibilidades de futuro a muchísimos procesos de vida, ignorando que son fluidos, interminables y eternamente cambiantes. Esperan que les miremos como cosas, sin complejidad, sin entramado, sin las relaciones que les dan densidad de milenios. Cosificar y privatizar las semillas y sus saberes asociados es un crucial empeño actual de este suicida imperio globalizante y totalitario.
Nuestra esperanza es que la gente sigue resolviendo su vida y sus quehaceres más fundamentales como se ha hecho por siglos y siglos: invocando la continuidad plena de lo que nos circunda cuando los cambios de fuera son tan raudos que nos avasallan o ejerciendo rupturas, incluso súbitas, cuando lo inamovible parece aplastarnos.
Seguir sembrando semillas nativas, propias, es uno de los quehaceres más detallados de esa continuidad invocada, como seguramente lo fue para los grupos humanos que recolectaban en los bosques y las praderas, en los valles fértiles plenos de vegetación, donde descubrieron variedades que les parecieron especiales y comenzaron a regresar, vez tras vez, sincronizando con sus ciclos, para encontrar las semillas que les gustaban y tal vez enterrarlas y entablar conversaciones que hoy están vivas.
Como dijimos al solicitar la intervención del Tribunal Permanente de los Pueblos para visibilizar la urgencia de defender las semillas, un proceso que se inauguró ahora en Costa Rica entre el 19 y el 21 de enero: “la permanencia actual de los cultivos y su futura diversidad siempre cambiante dependen de que la gente campesina siga en su labor de custodia, intercambio y reproducción. Las semillas campesinas siguen evolucionando, y no por casualidad, porque las comunidades campesinas e indígenas trabajan sobre ellas”.
Y siendo una labor permanente, aunque invisible, las semillas ayudaron a formar a los pueblos y éstos a su vez configuraron los cultivos en una crianza mutua. La existencia de las semillas depende de los pueblos y la existencia directa de infinidad de pueblos en el mundo depende de la viabilidad de sus cultivos, sus semillas y sus variedades.
Siendo la crianza mutua entre las comunidades y sus semillas algo tan profundo y crucial, el ataque primordial contra los pueblos es la guerra contra la subsistencia (por parte de empresas y gobiernos y entidades multilaterales). Es someterlos y acumular con su mano de obra mientras se provoca miseria creciente que arranca a la gente la posibilidad de resolver su alimentación por medios propios. Es la deshabilitación de nuestras estrategias, condicionantes y posibilidades, la normalización de sumisiones y subsunciones que achican nuestro universo y nos hacen suponer la imposibilidad de proponernos soluciones. En esa subsunción, a las corporaciones les importa mucho interrumpir, corromper, perturbar, erosionar o de plano prohibir o criminalizar la relación de los pueblos con sus semillas. Pactos y convenios, tratados de libre comercio, leyes, normas y estándares se invocan para frenar la relación de los pueblos con sus cultivos y registrar a campesinos y su X semilla de características Y, cuando eso es imposible por su interminable transformación que no se detiene.
Resulta cada vez más insuficiente la idea lineal de una agricultura que abrió el monte para sembrar en vastas extensiones inaugurando civilización y progreso. La producción antigua de los alimentos no empezó ahí y sigue empeñada en otras muchas cuestiones que no se agotan en lo que generalmente se conoce como agricultura, porque es mucho más: es una inteligencia plena de estrategias que lo cuidan todo con relaciones plenas de imaginación. Tal es la fuerza que mantiene un arco histórico de larga duración: un tramado de saberes de pueblos y comunidades que detalle a detalle delinean la geografía local, las relaciones entre la montaña, el bosque, las pendientes y los niveles de cañadas, laderas, cascadas, manantiales, en un manejo de los pisos ecológicos y la microverticalidad de ese manejo.
Mantener el territorio es ejercerlo, entre quienes ahí vivan y convivan, y se alimenten de él y con él y alimenten ese territorio conjuntamente. Así, para alcanzar ahora esta soberanía alimentaria hay que dar múltiples batallas simultáneas, reconstituirnos y prestar atención a muchos niveles. No basta ya con producir los propios alimentos. Trabajar la agroecología y cuidar el suelo ayuda, pero no es suficiente. Hay que ir entendiendo, paso a paso, nivel a nivel, todas las políticas públicas, las normativas, los estándares, los criterios, las restricciones técnicas, administrativas, las dependencias con que el aparato del Poder Ejecutivo y la estructura jurídica complicitan con hacendados y corporaciones, y terminan poniendo en sus manos los instrumentos de sojuzgamiento que hacen estallar la violencia que puebla las noticias con muerte y desapariciones de gente que resiste y lucha. Tenemos que desmontar el aparato.
EN LAS SEMILLAS ESTÁ NUESTRO PASADO MILENARIO Y TODO NUESTRO FUTURO
Las semillas son un punto de encuentro y relación de las colectividades humanas con su entorno. A través de la siembra no sólo se producen alimentos, sino que se reconoce el estado actual del suelo, el agua, el clima en su conjunto, la biodiversidad y en general los ciclos de la vida.
Las semillas que se siembran hoy son una conexión con todo nuestro pasado milenario, con todo el futuro que se pueda imaginar y provocar con la agricultura.
Los pueblos del mundo, que no son las naciones-Estado, han viajado con sus semillas a lo largo y ancho del planeta peregrinando, migrando, haciendo intercambios, ceremonias o exploraciones y sorteando así toda clase de situaciones ambientales y sociales, incluida la esclavitud, las guerras, invasiones y colonizaciones. Han dispersado y adaptado biodiversidad de mano en mano o naturalmente como hacen los pájaros, toda clase de mamíferos y el mismo viento. Para la dispersión de la biodiversidad no hay límites ni fronteras más que los que la propia naturaleza reconoce.
En la actualidad es casi imposible pensar las crisis separadas unas de otras. La crisis ambiental, alimentaria, de salud y climática, por ejemplo, están profundamente interconectadas. Es fundamental conocer e intentar comprender en todas sus dimensiones la crisis de la amenaza a las semillas de los pueblos en este contexto. Las semillas se han criado mutuamente con las sociedades-colectividades humanas a través de cientos o miles de años y de innumerables procesos colectivos de selección, prueba, diversificación y dispersión.
Es totalmente ilógico que en la nueva conformación mundial “liderada” por Estados y empresas se permitan imaginar la propiedad sobre alguno de los aspectos de las semillas. Tan sólo esa perversa imaginación ha llevado a la irreparable pérdida de miles de variedades de semillas y otras variedades vegetales que en su integralidad conforman la verdadera alimentación, nutrición y cultura de los pueblos. En esta integralidad de perspectiva, desde las semillas se comprenden mejor los ataques a la naturaleza perpetrados por la agroindustria o el agronegocio, que acapara tierras, destruye suelos, roba y acapara el agua, contamina de agrotóxicos o pesticidas, aplica tecnologías digitales contaminantes y monopólicas y concentra y ejerce un acaparamiento global de los mercados. Sustituye los cultivos y alimentos biodiversos, tradicionales y silvestres por mercancías agrícolas de moda que se imponen a través de propaganda a todo el mundo generando la expansión de la frontera agrícola en detrimento de los territorios y sistemas agrícolas campesinos y silvestres.
En el Tribunal Permanente de los Pueblos que inició en Cartago, Costa Rica a fines de enero pasado y cuyo proceso durará por lo menos un año, se pretende acompañar el proceso de visibilizar la relación de los pueblos con sus semillas y hacer un esfuerzo por nombrar la enormidad de este ataque a los pueblos de las semillas en el propio lenguaje de los pueblos. Sin imposiciones de ningún tipo, académicas, coloniales o de la propia digitalidad del lenguaje, partiendo como se dijo en la sesión inaugural de que “no hay pueblos sin semillas ni semillas sin pueblos”. El intento es hacer eco y conciencia de este fundamental problema dentro de las múltiples crisis que enfrentamos y comprender que sólo garantizando la existencia de los pueblos sin genocidios ni imperialismos, manteniendo y defendiendo la integralidad de los territorios incluidas sus semillas cultivadas y silvestres, podremos un día reivindicar la biodiversidad que nos enseñaron y ejercieron nuestras antepasadas y antepasados.