LE ANGUSTIA LA MILPA. SUS MAZORCAS SE HAN VUELTO RARAS
FRANCESCA GARGALLO CELENTANI
Le angustia la milpa. Sus mazorcas se han vuelto raras. Todas de granos iguales, redondos, todas de treinta y seis hileras.
–No resisten la sequía, se chupan refeo.
De repente, se le escapa un sollozo.
–Y ya no se mantienen buenas de cosecha a cosecha.
Y se llenan de gorgojo a los tres meses. Y a su alrededor no crecen quelites ni hierbitas. Y en épocas de lluvia, ni un huitlacoche. Y, y, y…
Guadalupe se seca la nariz con el dorso de la mano. La tierra devastada es a la vez su semblante y su trabajo. Suspira antes de decir que ha oído que allá arriba —levanta la boca para indicar un punto vago en el horizonte—, allá en la Sierra, está pasando algo parecido. Pero ellos sí lo han denunciado. Ellos, los innombrables, como los enemigos y las esperanzas.
–¿Es verdad?
La pregunta de la campesina es retórica; Guadalupe no necesita de una respuesta para proseguir con su jaculatoria de pecados y explicaciones.
–De haber sabido, no habría sembrado los granos de la tienda del gobierno… Si alguien me hubiera descreído de que ese maicito no sólo era bien rendidor, eso no habría pasado. El maíz es como nosotros, es nuestra carne. Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza. En la tienda nos engañaron, lo ofendieron y nosotros no supimos defenderlo. Ay, Dios mío, tan bueno que es el maicito. Dios mío, dejamos que lo humillaran.
Santiago se siente perdido ante esa revelación. La periodista interviene. ¿Podría contarnos más? Algo en el aire parece removerle los vagos temores que la han llevado hasta México.
Doña Guadalupe pasito a pasito los conduce hacia una casa de piedra; de las ventanucas y del techo cuelgan latas de diversos tamaños con plantitas de adorno. La mujer los invita a entrar y les ofrece tortillas y frijoles. Insiste al punto que cualquier rechazo sería una afrenta. Una vez que los ha sentado a su mesa, seduce su curiosidad con la perspectiva de dirigirse a la milpa. Con ellos irán sus hijos, dos muchachos fuertes. Porfía como si no supiera que para esos viajeros ella es una especie de enviada del cielo. Todos asienten, pero el más pequeño de sus hijos se enconcha cuando Adriana intenta jugar con él.
De los ranchos, conforme los ven pasar, salen mujeres gordas, enclenques, viudas de migrantes muertos al cruzar la frontera norte, viejas que han sufrido golpes en cada
borrachera de su hombre. Muchas mujeres solas, algunas más seguras que otras.
–Tuvimos exceso de incultura —suspira una de ellas, Olga, con el cansancio del trabajo esculpido en el cuerpo. Guadalupe la llama comadre.
–Ahora no queremos guardarnos la ignorancia —agrega.
El año en que el hielo de diciembre quemó los pocos tallos que habían sobrevivido a la sequía, Olga visitó el cementerio. Se sentó en la tumba de su madre y no se atrevió a hablarle por miedo de que su voz la traicionara. Quería decirle que se iría, que no daba más, que lo dejaría todo. Cargaba fatigas para nada, para nadie. Pero se quedó sentada tanto tiempo sin proferir palabra que el frío le entumió los dedos. Cuando se masajeó las manos, no pudo soltarse de la tumba de su madre ni abandonar la tierra en que descansaba. Ese año sembró un poco del maíz comprado en la distribuidora nacional de alimentos; no le quedaba un solo grano.
–No fui la única, otros también lo plantaron. Quisimos probar la semilla. Nadie nos dijo que ese maíz no debe sembrarse, porque a nosotros nadie nos dice nada.
La confesión de Olga provoca pequeños gestos de aprobación entre las vecinas. Se han guardado en el seno sus historias como la tristeza por los hijos que se van. Pero de repente llegan unos oídos extraños y se apresuran a narrar sus cuitas como si su relato tuviera una urgencia vital. Sus voces rozan la intensidad de un coro de tragedia.
No logran comercializar su maíz blanco. En la tienda encuentran uno a un precio tan bajo que, por momentos, se les quitan las ganas de seguir sembrando. La milpa suave que da quelites en junio y luego, durante seis meses, ejotes, calabazas, espigas, chile y, finalmente, maíz y frijol enlazados, está estirando la pata como la gente, como los motivos para trabajar.
–Yo no sé —dice Guadalupe—, pero como que al presidente municipal le da alegría que nos muramos de hambre…
Se hunden en el silencio que sigue las confesiones. Sólo una agrega:
–Y no llueve. Miren el cielo, miren. Junio y ni una nube. Los biólogos levantan la vista al espacio despejado. Olga ha sembrado en la parcela el grano comprado durante varios años. Obtenía una mayor producción y los bichos no se lo comían. Necesitaba más agua, agua que cargaba en cántaros del pueblo a la sementera. Luego se percató de que el maíz estaba raro —bonita la planta, pero los granos no brillaban y eran todos iguales: amarillos y sin sabor. Preguntó por aquí y por allá. Dio por fin con unos serranos que iban a la feria de Huajuapam.
–Ellos tienen un laboratorio —dice.
Olga sacude la cabeza para que le crean, sabe que se trata de una cosa enorme:
–Un laboratorio de ellos —repite.
Entonces Santiago musita:
–Sí, lo sé.
Su maestra enarca una ceja.
–En ese laboratorio vieron que el maicito que han cosechado en los últimos años, así como que no es natural aunque nazca de la madre tierra. Y que lo envían a California y que allí le confirman que tiene algo así como… modificaciones; sí, modificaciones dijeron —interviene Guadalupe.
Olga suscribe lo dicho por su comadre con un gesto afirmativo de la cabeza.
–Si nos hubieran avisado que no debíamos sembrar ese maíz, si lo hubieran escrito con letras grandes en las bolsas que distribuyen, esto no estaría sucediendo.
La voz de las demás le hace eco:
–Al maíz esto no se le puede hacer; es como matarnos.
La oscuridad cubre los sembradíos, las estrellas despuntan en la bóveda. Las campesinas han empujado a los tres biólogos y a la periodista de una milpa a otra. La niña las ha seguido, incapaz de sustraerse al dolor de sus voces. Una fiebre de denuncia posee a las mujeres del pueblo; jalan frente a Jacinta los pelos del elote, rompen sus hojas en la cara de Santiago, prueban la resistencia de los tallos.
Leonor necesita creer que la necesitan. Con sus manos, que pocas veces han trabajado fuera del laboratorio, intenta sentir el calor de la vida subir por los brotes enraizados.
–¿Cuánto tiempo se tarda en crecer su milpa?
—pregunta.
Las mujeres empiezan a confundirse.
–Pues, eso también es raro —dice por fin Guadalupe.
–Antes cosechábamos cada nueve meses.
Sembrábamos en abril con las primeras lluvias y recogíamos en diciembre, a más tardar en enero.
Ahora la mazorca brota cuando el sol está todavía bravo y la quema. –¿Todas las plantitas crecen al mismo tiempo?
—vuelve a preguntar Leonor. –En el camino hemos encontrado mazorcas verdes cuando deberían estar brotando.
Jacinta le sonríe, Santiago da un paso de aprobación hacia su compañera de estudios.
–No. Algunas maduran antes y las otras siguen verdes —contesta Olga.
Los tres investigadores asienten con la cabeza.