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PUEBLOS ORIGINARIOS, ARQUEOLOGÍA Y LUGARES SAGRADOS

OMAR AGUILAR SÁNCHEZ
Todos de niños soñamos con encontrar un tesoro,
pero yo lo he encontrado realmente.
Alfonso Caso

 

Como muchos, vi las imágenes de San Pedro Jaltepetongo a inicios de este 2026 y también me emocioné de apreciar lo que ha estado ahí, de ver la calidad, maestría y magnificencia de las piezas encontradas, no sólo porque estudié arqueología, sino por ser parte de un pueblo originario, y saber que lo encontrado ahí fue hecho por nuestros antepasados, pero justo estos antepasados no lo hicieron pensando en nuestros propios intereses ni deseos, ni de personas, ni instituciones, ni para ser expuestos, depositados y almacenados en los museos, dado que es un entierro y lo depositado ahí fue para el descanso y acompañamiento de la persona ahí depuesta, entonces ¿por qué profanar la tumba de nuestros antepasados y abuelos? Por lo visto eso poco importa ante el deseo desmedido de encontrar “tesoros”.

Pero ¿qué lecturas nos deja el hallazgo en Jaltepetongo? ¿Sorprende? Por supuesto que no. Todo México y sobre todo Oaxaca está lleno de lugares “arqueológicos” e históricos. ¿Por qué? Porque tenemos una historia de poblamiento de 12 mil años y una historia civilizatoria de al menos 4 mil 500 años, y esto ha creado el paisaje cultural que tenemos hoy en día en la que convergen las huellas de nuestro devenir histórico. Por lo que todos, absolutamente todos los municipios en Oaxaca históricamente habitados por pueblos originarios tienen un enorme patrimonio arqueológico, sagrado, religioso, colonial e histórico, e incluso paleontológico.

Entonces, ¿por qué sorprende lo descubierto? Porque se ha hecho público y viral en redes sociales. ¿Qué nos preocupa? Que se incite al saqueo por la búsqueda de “tesoros”. No, no es un tesoro, no es un tesoro porque su valor no radica sólo en lo económico y estético, sino que su importancia es por lo que significa para la cultura de la que procede, porque es parte de la herencia cultural y memoria histórica de la comunidad, misma que ha habitado ese espacio desde tiempos inmemoriales, y que como muchas comunidades ha protegido lo suyo. Pero ¿a quién le interesa descubrir y por qué? ¿Es necesario hacerlo público? En esencia, las primeras y más interesadas de conocer su pasado y bienes culturales, así como en difundirlas son y deben ser las mismas comunidades, y también a las que les corresponde protegerlas y cuidarlas.

¿Qué ha pasado? La colonización y la narrativa histórica nacionalista ha hecho que exista esa ruptura entre el pasado y el presente de las comunidades. Es innegable que haya un interés y deseo nato por conocer sobre el pasado, y más del propio, pero más allá del interés particular de ajenos, debe ser por iniciativa de la comunidad y apoyándose de quienes pueden tratar los contextos arqueológicos, para con ello obtener conocimiento acerca de ese pasado, y en México es la arqueología la que te da esas herramientas.

Si bien, a nivel nacional e institucional, es el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) el encargado de “la investigación, protección, conservación, restauración y recuperación” de todo lo relacionado con lo arqueológico, no debemos dejar de lado que 1) ha respondido a los intereses nacionalistas, 2) ha perdido credibilidad ante muchas comunidades y pueblos originarios, y 3) está inmersa en una constante y creciente crisis institucional, tanto de presupuesto como de visión, alejada de la realidad y necesidades de las comunidades originarias. Al INAH le urge dialogar con las comunidades, un cambio de fondo en la forma en cómo concibe el patrimonio, que si bien, legalmente es de la nación, éticamente y consuetudinariamente es de las comunidades originarias.

Y aquí es necesario aclarar que los arqueólogos en México no somos el INAH, ni somos del INAH, somos profesionistas formados para la investigación, estudio, rescate, preservación y gestión del patrimonio arqueológico, pero legalmente no podemos sobrepasar lo dispuesto en las leyes, eso limita nuestra injerencia en la práctica, por ello, no confundir este texto ni la profesión con cuestiones personales, sino con la ética profesional. Aunado a lo anterior, también es importante mencionar mi vinculación cultural, como parte del pueblo originario ñuu savi. ¿Por qué de esta última sentencia? Porque considero que los pueblos originarios son los que deben resguardar su patrimonio cultural material y hay que trabajar en ello. Es necesaria una consciencia dentro de la misma comunidad sobre el pasado y su legado. En términos de la herencia precolonial y colonial, un asesoramiento con especialistas sobre el tema, de cómo tratar lo tenido y encontrado. Que en las comunidades se cree un organismo interno encargado de salvaguardar este patrimonio desde la conjugación de conocimientos locales hasta las técnicas contemporáneas para su conservación. Pero no debemos permitir que agentes externos saqueen lo nuestro. La respuesta no es el saqueo, ni la exposición pública y virtual de la herencia arqueológica a todo el mundo; hacerla pública también es exponerla a los saqueadores, porque en vez de proteger se está exponiendo a quienes sí quieren lucrar con ello.

Cualquier arqueólogo con ética no promovería un saqueo, aunque sepa dónde están los lugares, y por saqueo me refiero a realizar una remoción de un contexto arqueológico para extraer piezas, sin los permisos ni los conocimientos de registro y cuidado, no sólo por la cuestión legal sino por lo que conlleva un control y estudio profundo de ello. Cualquiera puede extraer un contexto arqueológico, pero no cualquiera lo puede registrar y con base en ello contestar preguntas que seguramente saldrán en el futuro: ¿Cuándo fueron depositadas?, ¿para qué y por quiénes?, ¿qué nos dice el contexto, la posición de las piezas?, ¿qué contenían las vasijas al momento de ser puestas?. Esto no se contesta con piezas descontextualizadas ni lugares saqueados.

Si bien todos de niños soñamos con encontrar un “tesoro”, como Alfonso Caso, que esto no ciegue nuestro juicio para saber que el saqueo lo único que provoca es fomentar la enajenación de nuestra herencia cultural por intereses generados fuera de la comunidad. Las comunidades y los comuneros de los pueblos originarios sin duda también caen en las garras de la curiosidad, pero es necesario entender que lo encontrado va más allá de intereses particulares y beneficios económicos, se trata de nuestra herencia cultural como pueblos originarios, y aquí todas y todos tenemos esa responsabilidad, un largo camino que hemos recorrido en los últimos 500 años y que tenemos que seguir haciendo.

¿Todo debe ser expuesto en redes? No. Hay lugares y prácticas que son sagradas para las comunidades, y sólo la comunidad debe decidir hacerlo público o no, porque los lugares sagrados no son curiosidades… Kueni, kueni, ko’on….

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Omar Aguilar Sánchez, arqueólogo del Ñuu Savi

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