AMEYAJLE
Nadie vuelve de la muerte, nadie excepto Rosa, que tras horas de agonía en el hospital público de Iguala regresó. Tuvo que cargar con el dolor espinoso de haberlo perdido todo, perforaron su matriz y dieron por muerto el corazón que latía en sus adentros.
No era la primera vez que un embarazo de alto riesgo la ponía en alerta, pero en casa, con los quehaceres cotidianos de la vida, era imposible pensar en ella y su bebé. Debía cuidar de los animales, alimentar a sus suegros, lavar la ropa, cocinar, atender a su esposo, hornear y salir a vender el pan.
Rosa creció rodeada de hilos y agujas, serpenteaba la vida en cada trazo, era una excelente artista con el tejido, moldeaba las formas más novedosas entrelazando madejas multicolor para formas hamacas o cunas. Le emocionaba ser mamá. Quería que el milagro ocurriera. Por eso cuando Mateo se acercó a ella con la intención de chololearse se negó. No podía salir de casa sin el vestido de novia, sin que el pue blo se enterara de su felicidad y más aún, sin la bendición de sus padres que con esmero habían hecho crecer a Rosa entre huesos de copal.
Nunca imaginó que tras la correteada que le impusieron sus suegros para ir al campo a pixcar, su bebé se le vendría. Ese día, Rosa sintió un cosquilleo que se intensificó, era una picadura de alacrán recorriéndole el abdomen, pensó en su bebé juguetón, en las pataditas matinales que Tsitsini solía darle como recado de que seguía con vida.
Sin meditarlo tanto, se descolgó la arpilla llena de mazorcas que cargaba en la espalda y se refugió del intenso sol entre la sombra del mezquite. Comenzó a hablarle con amor a su hijo, pidiéndole que por favor le ayudará a terminar el trabajo, pero a diferencia de las otras ocasiones, Tsitsini no respondió.
Miró con desconcierto cómo se bifurcaba un río escarlata entre sus piernas, se abría con tal intensidad que le quemaba la piel. Espantó al mal aire con sus gritos, pedía que le ayudaran, sabía que aún tenía tiempo de llegar al hospital para salvarle la vida a su tetenci, a su tsitsini, a su xocoyoli.
Del otro lado se hizo el silencio. La encontraron tirada entre los surcos de maíz, con las manos sosteniendo su vientre, llena de coágulos que parecían cochinillas hambrientas pintando de rojo la tierra caliza. No supo más, despertó en una cama metálica de hospital, completamente desnuda, despojada de su más grande sueño. Le arrancaron de tajo la esperanza de espejarse en la mirada de su bebé, de sentir su calor, su amor de madre. Sus pechos lloraron por ella, gotearon sin parar, le repetían una y otra vez que podía alimentar a su cría, a su cría muerta…
Cada noche, Rosa le hablaba a su Tsitsini, le contaba de lo duro que era compartir techo y comida, lo difícil de estar lejos de la gente que la cuidaba y la amaba. Pocas veces lloraba, pues decían las abuelas que toda la tristeza que emanaba era compartida con su bebé, quizá ésa fue la razón por la que Rosa no emitió ninguna palabra, ninguna lágrima, temía que aún en la muerte su bebé se atragantara con su tiricia.
Todas las fuerzas fueron depositadas en aquel cuerpecito pequeño, rosado, frágil que le entregaron las enfermeras para que pudiera despedirse de ella. Supo entonces que era una niña, tan aguerrida a su madre que en el último aliento sostuvo su dedo para decirle que sí, que sabía que su mamá había hecho hasta lo imposible por salvarla. Pero Kalpan está a tres horas y media de Iguala, y aun con toda la esperanza del mundo, jamás lo lograrían.
Se acurrucó con delicadeza al cuerpo inerte que le sonreía y le decía: gracias.
Recordó la canción que su tío le cantaba para arrullarla en las noches sin luna, fue entonces que los vocablos en una lengua mutilada comenzaron a brotar, cantaba para sí, cantaba para su hija, cantaba para decirle lo mucho que la esperaba y quería.
tikistinemis.
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Mayahuel Xuany, hija de Kopalkojtlan, mediadora de lectura, tallerista y escritora nahua de Copalillo, Guerrero. Especialista en Literaturas Contemporáneas en Lenguas Originarias.