DINERO MALDITO
Cuentan de un dinero enterrado, que se encuentra en un monte donde se hace milpa y nadie lo toca por estar maldito. Dicen que el que lo desentierra se vuelve loco o enferma, y que sólo al regresar lo agarrado se recupera; si no lo hace, muere a los tres días, y toda su familia queda condenada a pobreza, hambre y miseria.
Así lo repetía el abuelo Hilario cada vez que el viento soplaba fuerte por los surcos y la lumbre del fogón chisporroteaba como si quisiera meterse en la conversación. El monte estaba a las afueras del pueblo, donde la tierra es roja y fértil, y el maíz crece alto cuando las lluvias son buenas. Allí sembraban generación tras generación, pero había un pedazo que nadie tocaba: una lomita coronada por un mezquite torcido, cuya sombra parecía más fría que la de cualquier otro árbol.
Decían que hace muchos años, cuando la Revolución todavía era recuerdo fresco, un forastero llegó huyendo con una carga de monedas de oro. Nadie supo su nombre. Se metió en el monte al anochecer, cavó bajo el mezquite y enterró su fortuna. No volvió a salir. Algunos aseguraron que lo vieron perderse entre la bruma del amanecer; otros juraban que la tierra misma lo reclamó por codicioso. Desde entonces, el dinero quedó allí, latiendo como un corazón oscuro bajo las raíces.
Tomás, nieto de Hilario, creció escuchando la historia con una mezcla de miedo y fascinación. Era joven, fuerte, y la vida le parecía injusta. La milpa había dado poco ese año; las mazorcas salieron pequeñas y el precio del maíz bajó en el mercado. Su madre contaba las monedas con cuidado y suspiraba por las noches. El rumor del dinero enterrado comenzó a parecerle menos leyenda y más oportunidad.
–Son cuentos para asustar muchachos —decía él, aunque por dentro la duda le rasguñaba el pecho.
Una madrugada, cuando la luna estaba redonda y el pueblo dormía, Tomás tomó una pala y caminó hacia el monte. El aire olía a tierra húmeda y a promesa. Cada paso crujía sobre hojas secas que parecían susurrar advertencias. Llegó al mezquite torcido y, sin persignarse siquiera, empezó a cavar.
La tierra estaba más blanda de lo esperado. A la tercera palada, la pala golpeó algo duro. El sonido metálico le erizó la piel. Cavó con más prisa, respirando agitadamente, hasta que apareció una olla de barro sellada con cera vieja. Sus manos temblaban cuando la abrió.
Dentro, relucían monedas antiguas, gruesas y doradas, que devolvían la luz de la luna con un brillo casi vivo. Tomás sintió que el corazón se le desbocaba. Rió en silencio, incrédulo, y llenó un costal con todo lo que pudo cargar. “Mañana mismo se acaba la pobreza”, pensó.
Pero no alcanzó a dar diez pasos cuando el monte se volvió extraño. El viento se levantó sin aviso, silbando entre los surcos como un lamento. Las sombras se alargaron y el mezquite crujió, aunque no había tormenta. Tomás sacudió la cabeza y siguió caminando, diciéndose que era el miedo jugando con su mente.
Esa noche no durmió. Las monedas parecían tintinear solas dentro del costal, como si alguien las contara una y otra vez. Al amanecer, le dolía la cabeza y veía sombras en las esquinas de la casa. Para el mediodía, empezó a escuchar voces que lo llamaban por su nombre desde el patio vacío.
–Devuélvelo… —susurraban.
Tomás apretaba los oídos con las manos, pero las voces seguían allí, metidas en su sangre. Al segundo día, la fiebre lo consumía. Decía ver al forastero cubierto de tierra, parado a los pies de su cama, con los ojos huecos y la boca llena de polvo.
Su madre lloraba, recordando las palabras del abuelo Hilario.
–Regresa lo que no es tuyo, hijo —le rogaba. Todavía estás a tiempo.
La codicia luchaba con el terror en el pecho de Tomás. “Es nuestro derecho dejar de sufrir”, pensaba en los pocos momentos de lucidez. Sin embargo, cada hora que pasaba sentía cómo la vida se le escapaba como agua entre los dedos.
Al tercer día, cuando el sol apenas asomaba, Tomás ya no distinguía la realidad de las visiones. Veía la milpa seca, las mazorcas convertidas en ceniza, su casa derrumbándose y su familia mendigando en caminos polvorientos. Escuchaba el llanto de niños que aún no nacían, condenados a una miseria sin fin.
Con un último esfuerzo, pidió que le llevaran el costal. Lo abrazó contra el pecho y con lágrimas ardientes murmuró:
–Llévenme… al mezquite.
Su madre y dos vecinos lo sostuvieron mientras caminaban hacia el monte. Cada paso era un gemido. Al llegar, Tomás se soltó y cayó de rodillas frente al hoyo aún abierto. Con manos débiles, vació el costal dentro de la olla y la volvió a cubrir con tierra.
En el instante en que la última moneda desapareció bajo el suelo, el viento cesó. El aire se volvió ligero. Tomás respiró hondo, como si emergiera de un río profundo. La fiebre comenzó a bajar y las voces se apagaron como brasas cubiertas de ceniza.
Regresó a casa sostenido por su madre, pero vivo.
Nadie volvió a dudar de la historia. La lomita del mezquite quedó intacta, y la milpa siguió creciendo alrededor, respetuosa, como si supiera que bajo esa tierra late algo más que oro: una advertencia.
Cuentan los abuelos que el dinero sigue allí, esperando a otro corazón ambicioso. Y dicen también que el monte no perdona, pero da oportunidad de arrepentirse.
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Hugoriel Alatorre Guzmán es totonaco.