COMUNALIDAD AL OTRO LADO DEL AGUA / 348 — ojarasca Ojarasca
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COMUNALIDAD AL OTRO LADO DEL AGUA / 348

RAMÓN VERA-HERRERA
Gabriela Linares,
Ojún: al otro lado del agua. una mirada a lo que jamás debimos de haber olvidado, Área de Derechos Indígenas de la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca, Sociedad Civil (Unosjo, SC). Con apoyo de Grassroots International, Ilustrado por Edgar Cruz Méndez

 

En la presentación de este libro para niños y niñas, escrito con la intención de convocarles y lograr que las infancias se interesen en la comunidad, en la práctica de la crianza mutua, en eso que allá en Guelatao se expresa en voz alta: la comunalidad, dice Aldo González: “Este relato es un buen pretexto para fomentar la tradición oral, quien lo lea si es mayor y pasó por estas épocas u otras, seguramente tendrá muchos recuerdos que contar a los menores, si es menor podrá leérselo a los mayores y arrancarles cariñosamente sus recuerdos. Ambas opciones serán buenas formas de cerrar la brecha de transmisión de saberes que se ha abierto al interior de las familias y las comunidades”.

De entrada entonces es un texto escrito que quiere fomentar la lectura, pero también la conversación, los espacios de diálogo, y que la gente mantenga o recuerde las posibilidades infinitas de la memoria, de los relatos, de las consejas, de las leyendas, de las historias, de la historia… y si la historia es colectiva, esto implica fomentar los procesos de relación comunitaria en la promoción de las relaciones de las personas grandes con los chicos y chicas, y que vaya más allá de la enseñanza escolar de la Secretaría de Educación Pública.

Para eso, el libro imagina un relato que, como todos los relatos, no es aislado, son muchos detalles que se van enhebrando hasta lograr un retrato de lo que fluye en el fondo a largo plazo, pero también de lo está ocurriendo, de lo que aproblema; y las formas de resolver, afrontar o escapar de esos obstáculos.

Ésta es entonces la historia de Yatziri, una niña que vivía en una comunidad llamada Ojún, que en zapoteco quiere decir “al otro lado del agua”.

Y lo bonito es que el relato nos cuenta de cómo para ella “nacer y crecer en ese lugar fue lo mejor que le pudo haber pasado. Su vida se desenvolvió entre el campo, la hermosa laguna, manantiales, ríos y cascadas”.

Yatziri fue la más pequeña de una familia de siete hermanos, aunque su nombre significa flor de maíz, una de sus tías la llamaba cariñosamente en zapoteco cuiti laya cucchu, que en español significa “niña dientes podridos”, esto porque estaba en la edad de mudar los dientes. Su abuela solía también llamarle gavilán pollero.

Ojún era una comunidad muy chiquita, aunque para Yatziri todo era grande aún por lo que todo lo tenía que hacer de puntitas “y ni así alcanzaba los marcos de la puerta de su casa”.

Pero Yatziri tuvo que irse a la ciudad para regresar de tanto en tanto, como muchos niños y muchas niñas. Ahí los papás se las llevaban o las mandaban a que estudiaran.

Algo muy bonito que le pasó a Yatziri es que comenzó a ver su comunidad “con otros ojos. Ahora todas y cada una de las cosas tenían otro sentido y otro valor”.

El relato sobre Ojún nos hace sentir lo hermoso de un pueblo pequeño, pero un pueblo donde la comunidad es fuerte, y donde “las costumbres, tradiciones y vivencias valiosas” que encerraba la comunidad hacían muy grande la vida en ese lugar. Esa vida, que luego no se cree que exista, es la raíz y la razón de tantas familias, incluso de aquellas que tuvieron que irse.

Como tantas comunidades campesinas, originarias, en todo el país la gente ha tenido que salir y entre los embates de fuera y el exilio que siempre es forzado, las tradiciones se van perdiendo, “el paisaje que ella tenía grabado de su niñez fue cambiando rápidamente, los sembradíos de milpa que había a un lado de la carretera que llega a la comunidad” disminuyeron drásticamente. Y en un círculo vicioso de deshabilitación la vida en la comunidad no sólo cambió, sino que esos cambios afectaron la vida de las personas y la vida de lo que le llaman la “naturaleza”.

Yatziri había crecido yendo y viniendo de la ciudad al campo y ella no dejaba de indagar, de tratar de entender por qué las cosas habían cambiado.

Había crecido en el campo, rodeada de cerros, campos de cultivo, caballos, vacas, ríos, manantiales y cascadas. En los campos de cultivo la gente sembraba maíz, frijol, chícharo, habas y magueyes para el pulque.

Lo más sorprendente de ese periodo de descubrimiento y toma de conciencia de Yatziri es que llegando a la escuela, ella más bien se escapaba del salón y se iba a pasear por el monte.

Su fascinación por los lugares donde había nacido, por las relaciones que ahí se tejían, y que la llamaban, es en realidad ese otro lado del agua que es entender que el agua no es un recurso, que no es una mercancía, sino un tramado de relaciones y celebraciones, algunas momentáneas, otras de largo plazo. Que los tramados de relaciones de los que hablamos son contrapuntos de ritmos y entreveros, flujos con pulsos y tempos diversos que se cumplen y agregan a la enseñanza continua de ser con el territorio.

Gabriela Linares escribió este libro con una sencillez sorprendente, por compleja y asible a la vez. Su tono es el de un murmullo que alguien nos dice al oído para que prestemos atención. Entonces no importa si somos mayores o recién venidos a estas tierras. Mientras haya la voluntad de comprender lo que es obvio y no se mira, lo que es permanente y desde fuera corporaciones y gobiernos buscan romper.

Estamos ante un libro para las infancias [como les dicen ahora] pero que cualquier persona puede disfrutar, y del que todos aprendemos.

Sin superficializar el contenido, ni oscurecer con conceptualizaciones innecesarias el fondo del asunto, Gaby Linares nos va desgranando paso a paso la vida de la comunidad, su suave sencillez y su riqueza profunda que no tienen nada que ver con el dinero, con los avances del “progreso” —esa condición que cae sobre el mundo, sobre nuestro universo, y nos interrumpe, nos escinde de todo lo que rodeándonos pueda ser pertinente para nuestra vida y para la vida de ese entorno. Progreso que nos impide resolver lo que más nos importa con nuestras propias estrategias y formas de ser.

Le ayuda mucho al libro el equilibrio tan notable que logran las ilustraciones a color de Edgar Cruz Méndez, que nos sumergen a los paisajes para volverlos territorios actuantes y abrazadores, lugares significativos donde alguien como Yatziri pudo sumergirse y comprender.

Yatziri fue una niña traviesa y curiosa del mundo que le rodeaba. Cuando se escapaba de clases solía ir al campo junto con otras compañeritas. Su diversión consistía en tomar naranjas en terrenos ajenos, pero lo que más le gustaba era ir a la cascada.

Esas escapadas volvían a Yatziri más audaz pero también más entendida. Así el texto nos va sumergiendo en el agua misma. Y su presencia nos fue diciendo que Yatziri congeniaba con la cascada, “a pesar de lo lejos que se halla de la comunidad”.

Gaby comienza a darle giros de leyenda al relato para incluir el elemento mágico, mítico, sagrado, que configura la presencia inmemorial del agua en la vida de las comunidades. Para Mesoamérica y su visión del mundo, el agua es pariente de la culebra, como lo es también de la sirena. Es siempre lo fluido que nos anuncia su recorrido y su transmutación cumplida en el ciclo de la nube al manantial y de regreso en la lluvia y las caídas del agua.

En la historia de Yatziri, ella no tenía ni idea de que en esa cascada donde se zambullía con tanta delicia, “habitaba una enorme culebra con una corona de oro en la cabeza”, pero el detalle es que nunca fue molestada por la culebra, que sin duda la cuidaba.

Gaby nos va sumergiendo en los parajes, y en el sentido que van teniendo la cascada, los lavaderos, el llamado “chorro” que es un lugar donde los hombres se bañan y que también tiene la asechanza de la llamada “Llorona”, una mujer que alguna vez en su dolor ahogó a sus hijos y de ahí a la eternidad tendrá la urgencia de encontrarlos para restañar tal vez un poco, la culpa, la pena, el vacío que la cubre. Dueños y dueñas del mundo, lo cuidan noche y día relacionándose también con quien respeta o quien transgrede y descuida.

Entre las reglas o cuidado que se usaban cuando Yatziri era chica es que no podía ir al paraje donde estaba “el chorro”, pues era un lugar reservado para hombres donde las niñas se pondrían en riesgo al visitarlo.

A los lavaderos en cambio “la pequeña podía asistir sin ningún problema”. “Para ese entonces, la comunidad no contaba con agua potable, así que las mujeres tenían que trasladarse hasta ese lugar donde se encontraba un hermoso manantial de agua. En ese sitio las mujeres lavaban sus ropas, se bañaban y bañaban a sus hijas en hijos”.

El paraje de los lavaderos era un sitio muy pintoresco. Se encontraba entre un bosque de matorrales, rodeado de piedras de río donde las mujeres tendían a asolear sus ropas blancas. Había al menos unos doce lavaderos distribuidos a los costados de un estrecho, pero largo estanque, surtido de agua cristalina por un manantial que nacía del cerro. La mamá de Yatziri le contaba que antes había una piedra donde las mujeres golpeaban el amole (una planta de que utilizaban como jabón para lavar cobijas). De esta manera no contaminaban el agua como ahora con tantos detergentes.

Y Gaby cuenta algo que sorprenderá a los proponentes de ese progreso del que ya hablamos. Por lo pronto, que no era un lugar exclusivo para mujeres y que, por el contrario,

su padre, así como otros señores, acompañaban a sus esposas para cargarles la ropa. También se encargaban de limpiar las áreas y colgaban columpios donde jugaban los niños mientras las madres lavaban. Algunos esposos que tenían bebés se quedaban en los lavaderos a cuidarlos para que sus mamás pudieran amamantarlos. Una situación muy curiosa era que cuando las mujeres tenían que bañarse, los corrían lejos de este lugar.

Tal vez para mucha gente la falta de agua potable es algo que tiene que subsanarse primero que nada, pero para Yatziri “no tener agua potable en casa fue lo mejor que vivió durante su niñez. En los lavaderos le tocó ver la convivencia entre las personas de la comunidad y las familias. Era el sitio donde las mujeres podían confiarse unas a otras sobre sus problemas, los cargos de sus maridos, las fiestas y en general de la vida comunitaria”.

Para ella como para otras mujeres “ir a traer agua para beber a las pocitas cercanas a su casa era toda una fiesta que compartía con sus hermanas y hermanos mayores. Entre risas, empujones y hasta llantos, solían ir a las pocitas para traer agua fresca en ámbitos de plástico”.

La paradoja con la gente que en la simpleza de los argumentos promueve el drenaje y “el agua potable” así en abstracto, es que cuando se introdujeron los tubos las pocitas casi desaparecieron y entonces la misma gente dejó de limpiarlas y “muchas de ellas se secaron”.

Hoy quedan algunas cuántas y al tratar de arreglarlas el agua ha disminuido prácticamente hasta quedar sin nada.

Estamos ante un relato que enhebra estas realidades del agua que mantiene una relación con la comunidad, siempre y cuando se le cuide, se le visite, se le celebre, se respeten sus dueñas y dueños, no se le ensucie porque incluso si se le avientan objetos puede provocar enfermedades porque “el agua es un ser que tiene vida, siente y puede castigar también”.

Y nuestro mandato es mantener un equilibrio con el agua, pero no como una cosa o un “recurso”, sino como un ser vital que recorre la región y la abraza por la cintura y le aparece y desaparece dependiendo del estado de ese equilibrio.

Cómo entonces poder cuidar el agua cuando se le entrega a alguien más la normativa, la logística, la infraestructura y la planeación sobre su destino.

En Ojún ya poca gente visita la cascada porque ahora hay miedo de ir. “El ‘chorro’ ha desaparecido y de los lavaderos sólo quedan ruinas. La gente de su comunidad ya no enseña a las niñas ni a los niños a cuidar ni a respetar al agua”.

Disminuyen los arroyos y los ríos, y esa cascada ya no tiene el agua que llevaba antes.

En algunas comunidades desvían los cauces de los ríos, los contaminan con basura, con residuos tóxicos que dañan la salud de la gente y de los animales. En otras comunidades embotellan el agua y la venden como si fuera una mercancía, no respetan su vida, esa vida de respeto que nos enseñaban nuestras abuelas y abuelos.

A fin de cuentas, este relato es un modo de alertar a todo mundo a defender el agua, su metabolismo, su tejido con la gente y la urgencia de entender que el equilibrio del agua no es local, de una casa o un barrio, hay que defender todo su recorrido entendiendo los entornos, los parajes, las pocitas, los manantiales, los arroyos, las caídas, con la previsión de que se mantengan las pendientes sin el deslave que ocurre con la deforestación, con el pavimentado y el entubamiento.

Defender el agua va mucho más allá de las dos leyes que ahora compiten por manejar los destinos del agua en las regiones y en cada casa (la nueva Ley General de Aguas y la Ley de Aguas Nacionales, cuya existencia simultánea supone una serie de contradicciones e impactos sobre los sistemas autónomos preexistentes), mientras siguen promoviendo concesiones privadas y se sigue despojando a las comunidades de su ancestral relación primordial. Que Ojún nos lleve al otro lado del agua, para que ya no la miremos como un líquido embotellado que apaga tu sed y una botella que contribuye a los problemas que confrontamos. Y que podamos frenar por completo el despojo cínico sobre las comunidades como Ojún.

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