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EL PERRO NEGRO EN TRES TIEMPOS

L. ROQUE HERNÁNDEZ

En Memoria de Estanislao Roque Martínez


1

Ese Moral que está cerca de donde hoy está la escuela nueva, pasando el puente en el carril del terreno de tío Clemente, tiene secretos. Cuando era muchito, tu abuelo Melecio me contó que, en las noches de luna llena, ahí se juntaban los que practicaban cosas malas. Unos eran del pueblo, otros venían de Santo Domingo. Era para hacer malicias a algunas gentes del pueblo. Me platicó que principalmente en las noches de luna llena, debajo de esa sombra oscura que daba el árbol, el difunto Melquiades se convertía en Perro Negro.

Me contó que el finado ensartaba un palo en el suelo, le enredaba su ceñidor rojo, daba vueltas alrededor del enredo viendo a la luna. Le hablaba en la idioma, así le decían al zapoteco, y después de unas vueltas, se transformaba en un Perro Negro bien chulo.

El Perro Negro merodeaba por el pueblo. Se metía a las casas de las personas para postrarse en los pies de los que dormían. Ahí se quedaba, mirándolos. Esperaba hasta que la persona a la que iba a espantar despertara. Ésta se aterraba cuando distinguía al Nahual bañado por la luz lunar que entraba por las rendijas de la casa. Se quedaba como hipnotizado. Al día siguiente amanecía triste. Había que curarlo a tiempo para que no se secara y se muriera de tristeza o de miedo. Decía mi papá que normalmente a la persona que el Perro Negro espantaba era por encargo. Le había negado un favor a alguien. Había hablado mal de algún fulano o fulana o se había metido con las gentes equivocadas. Eran venganzas pues.

Para evitar que el Perro Negro volviera, se tenía que preparar a los perros que cuidaban la casa. Se les ponía un alambre de cobre como collar. Así, mantenían a raya con ladridos bien despiertos a la cosa mala. Porque si no, se dormían. Al despertar, les daba tos de perro y se morían igual que el amo. En la cabecera de las personas afectadas se colocaba un espejo, y unas tijeras formando una cruz. Una jícara de agua. Así era la creencia. Se les rezaba. Se les curaba de espanto con canciones en zapoteco. Se llamaba a su alma perdida por el susto, usando los ecos de un jarrón de barro. Y se marcaba un caminito con flores desde la entrada de la calle hacia la puerta de la casa para que su alma supiera adonde volver. Adonde entrar. Era muy bonito. Feo al mismo tiempo.

 

2

Cuando tu abuelo Melecio me platicaba esto, me daba cuenta de que aún se acostumbraban ciertas cosas de esos tiempos. Aún veía a los perros con collares de alambre de cobre. Entendí por qué andaban así. Me tocó ver que curaban a alguien de susto. Y cuando pasaba por el Moral, si era de noche y por miedo, apresuraba el paso. Mi papá no vivió mucho tiempo y no le alcanzó para contarme más historias. Yo tenía doce años cuando falleció. Era muy joven, andaba como en sus cuarenta, y de repente se puso mal. Se puso flaquito flaquito. Como si se estuviera secando en vida.

A los ocho días que él se fue, se murió mi perro el Palomo.

 

3

A casi cien años de la muerte del abuelo Melecio, deambulan por las calles del pueblo los abuelos y las abuelas de estos tiempos. Tienen historias guardadas. En la calle en donde un día estuvo el Moral, hay tiendas de alebrijes. Ahí los jóvenes vendedores hablan en inglés con los turistas acerca de Tonas y Nahuales. Los ahúman con incienso para limpiar las almas y encontrarlas por si andan perdidas. Salido del imaginario colectivo y para hacer negocio, tallan al Perro Negro en maderas de copal y xompancle. Lo reviven en máscaras para el carnaval. Algunos son dueños de XoloExcuintles, el perro negro-ancestral mexicano. Lo exhiben con orgullo y les han inventado historias que venden. Les ponen collares. Habrá que ver si son de cobre.

Ojalá que los mayores que deambulan en el parque sigan contando sus historias de endenantes.

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