LAS TRISTEZAS QUE NO SABEN POR DÓNDE SALIR — ojarasca Ojarasca
Usted está aquí: Inicio / Escritura / LAS TRISTEZAS QUE NO SABEN POR DÓNDE SALIR

LAS TRISTEZAS QUE NO SABEN POR DÓNDE SALIR

JUVENTINO SANTIAGO JIMÉNEZ

La última vez que te vi fue una tarde en Xoxocotlán, Oaxaca. Traías puesta una blusa de manta, hecha por las manos mágicas de las mujeres de Tlahuitoltepec. Los bordados en los hombros y en el pecho parecían que ellas se habían puesto de acuerdo en sembrar una parcela entera de magueyes, para no perder jamás la bebida milenaria de nuestros pueblos: el pulque y el mezcal. Al ver esos hilos convertidos en varias pencas, recordé cuando iba con mi mamá al encuentro con los dioses mixes en los lugares sagrados de El Duraznal. Llevábamos esas bebidas, sí, para ofrecer, para pedir y para agradecer que estábamos sanos y a salvo.

Te veías contenta y yo también. Pero la alegría en mí siempre ha sido como el relámpago que veía cerca de las Piedras Gemelas: sucedía de manera esporádica y fugaz. Nunca duraba. Fue entonces cuando comentaste, mientras acomodabas tu larga cabellera:

–Tú quisiste ser alguien y yo quise ser libre. Tu vida es cómoda y la mía no tanto. Sólo es libre aquel campesino que forja la tierra, que siembra su alimento, el que ríe, calla y llora. Pero no le llora a nadie y sólo ellos son libres. Alguna vez fui rica; ahora soy pobre.

Supe que esa repentina alegría muy pronto se desvanecería, pues más tarde viajarías a Tamazulápam Mixe y me dejarías solo. Justo cuando llegó el mototaxi en la entrada de mi casa, te recargaste en mi hombro y me abrazaste. Al sentir tu cuerpo junto al mío me entró un temblor, de esos que nacen en los huesos, y presentí que ya nunca más nos volveríamos a ver.

–Sólo te diré que si algún día quieres verme, estaré esperando en mi casa. A la hora que tú quieras, de día o por la noche. Yo estaré para ti. También te diré que mi tiempo es tuyo y haz que mi vida tenga color —me dijiste.

Esa sensación de desamparo no era nueva para mí. Me ha acompañado desde siempre, y todo inició cuando dejó de latir el corazón de mi papá. Minutos antes de morir, le encargó una promesa a mi mamá:

–Prométeme que mis hijos irán a la escuela.

–Está bien. Haré lo que dices —respondió ella.

Tres años después empezó otro calvario: la escuela. Mas no había otro camino, ya que mi mamá debía cumplir la idea de Matías. Así pasé los años en distintos internados: primero en Cuatro Palos y luego en Tamazulápam. Los viernes por la tarde iba a mi casa, y los domingos por la mañana ya estaba de regreso. Ese ir y venir, como los muertos que no terminan de irse y regresan a cada rato ya transformados en otros seres.

Recuerdo una vez que me detuve a cortar leña antes de cruzar un puente de madera. El mismo puente donde mi mamá casi se cae, por haberse tomado mucho tepache en el puesto de una señora que vendía papas y chayotes. Horas después llegué a casa de la abuela Espíritu. Subí la leña a un muro, ya no pude mover el cuello. Luego, me puse la mano en la cabeza y sentí que se había sumido, hundida por el mecapal, por cargar ese montoncito de leña casi cinco horas.

Pero la abuela me miraba con odio y yo sentía su malestar como si me atravesara con algo el estómago. Al ver que yo no era bienvenido en su casa, volví a cargar la leña rumbo al albergue. Al pasar por el mercado, todas las vendedoras me miraban. Esa noche me quedé en la cama de Eleazar, uno de tantos compañeros del dormitorio, porque él no había llegado. Cuando amaneció, la sábana y el colchón estaban mojados. Me había orinado.

Me levanté antes de las seis. Las cocineras me dijeron:

–Juventino, lleva la cubeta de nixtamal al molino de Gregorio. Te acompañarán dos niñas.

De regreso echaron tortillas en un comal enorme y almorzamos. Tomé mi morral, el de los libros y el cuaderno. Caminaba despacio rumbo a la escuela y pensaba: ojalá que las cocineras no se den cuenta de que mojé el colchón.

En el atardecer Eleazar llegó al albergue, se acostó en su cama y sintió lo mojado que todavía estaba. Fue a decírselo a una cocinera. Al día siguiente lavé la sábana y la colcha. Estaba triste, los ojos se llenaron de agua, y esas lágrimas se mezclaron con la llovizna de aquella mañana fría. Eran los momentos más difíciles de estar en el albergue. Fue en ese ciclo escolar cuando me brotaron muchísimos granos entre las piernas: amarillentos y con pus. Me dolían al caminar, dado que rozaban con el pantalón. Pero eso sí, nunca me llevaron a una clínica. En lugar de buscar a un médico, mi mamá prefirió ir a ver a una curandera.

Ella me miró, miró los granos y dijo:

–Este niño no está enfermo de la piel. Son las tristezas que no saben por dónde salir.

Ya por la noche, recibí tu mensaje:

–Ya llegué a casa. Hoy quisiera dormir y no despertar más…

comentarios de blog provistos por Disqus