PALESTINA. UNA CULTURA AÑEJA / 348
La patria del escritor es la palabra.
José Martí
El espacio existente entre el Mediterráneo y los desiertos de Siria y Arabia ha sido desde tiempos muy remotos una tierra que sus moradores han aprendido a cultivar, así como también han sabido cultivar la convivencia con base en acuerdos, pactos, resistencia y equilibrio.
Con estos antecedentes, naturalmente el pueblo árabe palestino no está dispuesto a sucumbir ante la campaña de exterminio que le amenaza y que puede sepultar para siempre esta rica tradición. Paralelamente, su resistencia es una dura interpelación al mundo, indiferente aun a la inmensidad de su tragedia.
El proceso de restitución plena de su cultura y de recuperación de su memoria se viene manifestando a partir de fines del siglo XIX, y en ella tienen un papel insustituible los hombres de letras.
La historia de Palestina se hunde en el tiempo, y desde su comienzo se caracteriza por la existencia de una cultura con fuertes rasgos urbanos donde Ariha (Jericó), una de las ciudades más antiguas del mundo, existente desde hace 7 mil años, sobresale por su originalidad.
A partir del tercer milenio a.C., Palestina ya se inserta en la época histórica, en contacto con otras civilizaciones como las de Mesopotamia y Egipto. En el segundo milenio, conoce una prosperidad remarcable, donde el vino, el aceite, los higos, las granadas, la miel, los rebaños, y una artesanía de cristal, tejidos y cerámica constituyen la base de la vida cotidiana. A ello debemos sumar la presencia de ricos metales, especias, piedras preciosas, marfil, ébano, armas, carros y caballos. Hablaban los palestinos el cananeo, la lengua semítica documentada en fecha más antigua, conocen además la escritura cuneiforme, pesas, medidas, cálculos, y a ellos llegaron los conocimientos astronómicos y médicos de Mesopotamia.
También por esa época aparece un sistema de escritura que supera al silábico. Irrumpe el alfabeto de treinta letras que transforma totalmente el conocimiento humano.
La ciencia histórica trata de conocer más y mejor cada día a los antiguos pobladores de Palestina en su rica diversidad, donde cada grupo de población es conocido por el nombre de la ciudad que constituye su núcleo a la cual se han trasladado desde diversos e ignotos lugares, distinguiéndose de esta manera unos de otros. Así tenemos a los cananeos, fenicios (o cananeos del norte), filisteos, conocidos en un principio como pueblos del mar, porque llegaron desde Creta estableciéndose en ciudades costeras palestinas, amorreos o amurru, moabitas, hebreos o “nómades” ammonitas, hititas, hurritas, edomitas, etcétera.
La compilación de datos anotados a partir del siglo X a.C. en la Biblia, destacando a los hebreos sobre los demás pueblos de Palestina, y la difusión de esos textos sagrados como si se tratase de una historia plenamente ajustada a la verdad, sin tener en cuenta los recientes estudios de investigadores calificados, ejerce un efecto pernicioso sobre el lector del mundo occidental, pues le ofrece un relato deformado por elementos míticos o legendarios que hace imposible considerarlos seriamente como versión única de la historia en la actualidad.
El periodo de hegemonía persa, que abarca desde el 539 hasta el 332 a.C, a más de transmitirle una nueva experiencia administrativa a los palestinos, no dejó huellas remarcables. Con la helenización, la lengua griega va imponiéndose paulatinamente, si bien el pueblo prefería seguir hablando en arameo.
Uno de los rasgos más notables de continuidad cultural en Palestina es haber sido cuna de hombres de religión, de profetas, y de haber dedicado sus templos a las divinidades principales en cada tiempo histórico. Es en Jerusalem donde MALEQ SADEC (Melquisedec), rey cananeo de la ciudad y sumo sacerdote del Dios Altísimo, recibió y bendijo a Abraham, inaugurando el carácter de santidad que la iba a caracterizar desde entonces.
Los hebreos iban a regresar a la ciudad posteriormente, pero esta vez ya en forma violenta… “combatieron los hijos de Judá a Jerusalem y la tomaron y pasaron a sus habitantes al filo de la espada y pusieron fuego a la ciudad” (Jueces 1:8).
Ya en época romana, Jesús, hablando en arameo, renueva la tradición profética y literaria. Es desde entonces que esta tierra es conocida como Palestina. A partir de la conversión del emperador Constantino al cristianismo, las peregrinaciones a Tierra Santa se efectúan en libertad plena.
Ni la presencia bizantina ni la llegada de los árabes musulmanes en el siglo VII alteraron los rasgos palestinos comunes. No debemos olvidar que la relación entre los habitantes de Arabia y Palestina es permanente a todo lo largo de la historia, y que las zonas limítrofes del sur y el sureste palestino estuvieron siempre habitadas por árabes, fenómeno que gradualmente se traslada a las ciudades. En el año 637 el califa Omar llega a Jerusalem y, en actitud simbólica, la confirma como uno de los lugares santos del Islam, permite el regreso de los judíos a Jerusalem, de donde fueron expulsados por los bizantinos, tolerando al mismo tiempo el culto de los cristianos. De esta suerte, se inicia la etapa de arabización cultural de Palestina.
Se producen así dos fenómenos ya inextinguibles: la adopción de la lengua árabe en forma progresiva por toda la población, y buena parte de ésta se convierte al Islam, aun siendo amplia todavía la cantidad de cristianos allí existentes, contando además con una minoría de judíos palestinos.
Los centros del saber religioso y erudito se encontraban en los monasterios, como los de San Sabas, San Cheritón y Santa Catalina, ubicado éste en la península del Sinaí, y dependían del Patriarca de Jerusalem. Hasta el siglo VIII, las obras aún se escriben en griego y siríaco, pero de a poco el árabe se impone. El monje Teodoro Abu Qurra redactó en árabe algunos alegatos que presentó ante los musulmanes en esa época.
Si bien el latín, el griego, el siríaco, el hebreo y el árabe se mantenían en las respectivas liturgias, esta última lengua también encuentra amplia aceptación en los sectores populares.
Palestina pasa a formar parte de un conjunto de civilización y cultura, al que aporta sus propias cualidades. Coincide con la aparición de figuras de relevancia que trascienden ampliamente los límites del país. Al Shafei es uno de los cuatro imames que crearon escuela jurídica en el Islam. Había nacido en Gaza y murió en El Cairo en el 820. Su escuela domina en Indonesia, Malasia, en la costa oriental de África y en Siria. Las otras escuelas son: la Maliki, la Hanafi y la Hambali.
Por su parte, Al Maqdisi (s. XI) es un geógrafo e historiador destacado que nació en Jerusalem. Al Safadi, polígrafo, oriundo de Safad, donde desempeñó importantes funciones y produjo más de quinientas obras, se suma a esta lista.
A lo largo de la Edad Media, se acentúa el atractivo de esta tierra sobre los viajeros de todo el mundo. Las cruzadas enfatizan la atención europea hacia ese suelo. Con Saladino, Palestina conoce de nuevo una época de plenitud.
Ya en el siglo XVIII, sobresalen dos aspectos importantes en el campo cultural: las tradiciones populares, como la literatura, la música, el bordado, etcétera, y la literatura mística, donde sobresale la figura de Al Nabulsi (m. 1791), originario de Naplusa, profundo conocedor de la lengua árabe.
En el siglo XIX aumenta la atención europea y norteamericana por Palestina. Ya Napoleón Bonaparte había manifestado su interés en convertir esta tierra en la base de penetración en toda la región, para lo cual había que emplear no sólo la fuerza militar, sino también medios culturales sutiles.
Por su parte, en 1818, se constituye en Estados Unidos una asociación misionera con el objetivo de instalarse en Palestina, lo que se logra plenamente entre los años 1840-50, mientras que, en Roma, el Papa Gregorio XVI exhortaba en 1831 a los jesuitas a que se dirigieran a Siria.
La llegada de la primera imprenta a Palestina representó un hito trascendente, que en su primera etapa se dedicó solamente a imprimir libros de carácter religioso. En 1851, se crea la Imprenta Nacional por Alfuns Antún Alunso.
A lo largo del siglo XIX la mayor parte de la población palestina contaba sólo con educación escolar elemental, recibida fundamentalmente en escuelas religiosas. La institución islámica dedicada a la enseñanza era el Kutab, palabra cuya raíz significa escribir. Coexisten en la época escuelas oficiales otomanas con las de las distintas misiones religiosas cristianas.
Los centros de enseñanza superior se hallaban entonces en Estambul, Beirut y El Cairo. Hacia finales del siglo, sólo el 10% de la población infantil estaba escolarizada. En las escuelas otomanas se enseñaba en turco, mientras que en las misiones se enseñaba en francés e inglés, y muy tímidamente se introducía el árabe. La producción literaria palestina se insertaba dentro del vasto movimiento renacentista a la NAHDA, que tiene como objetivo principal recuperar las características artísticas y nacionales que identificaban a la literatura, el pensamiento y las ciencias árabes en el período clásico que comienza en el 661 con la dinastía omeya en Damasco, y se consolida con los abbasies en Bagdad a partir del 750, prolongándose hasta el siglo XII, sin olvidar el extraordinario desarrollo que conoció en Andalucía, con un gran énfasis por el conocimiento histórico. La aparición de la prensa y la difusión de principios sociales reformistas en todos los sectores de la sociedad palestina sobresalen ampliamente.
La primera publicación palestina de carácter periodístico fue Al Quds al Sharif (Jerusalem Santa), aparecida en 1876, impresa en turco y árabe, que se editaba mensualmente.
A fines de siglo, comienza la emigración palestina a tierras americanas y a Egipto. Se destaca plenamente una figura femenina, Mayy Ziyad (1886-1942), oriunda de Nazaret. Es el símbolo de la nueva cultura que iba abriéndose a la mujer. Organizó en Egipto un salón literario que fue célebre en su tiempo. Por su parte, Nayib Azuri contribuyó en dar a conocer el pensamiento nacionalista árabe fuera de su país. Formaba parte en Francia de la Liga de la Patria Árabe publicando en 1904 el libro El despertar de la Nación Árabe y entre 1907-1908 el periódico La Independencia Árabe.
Los intelectuales palestinos se lanzan con brío y entusiasmo a recuperar su espacio. Se multiplican las imprentas en la medida en que lo hacen los periódicos. En ese mismo año de 1908 se crean quince periódicos: Al Karmel, fundado por Nayib Nassar en 1909, y Filastín, fundado por Isa al Isa, son los órganos que más amplio destaque brindan a la cultura.
En lo que atañe a la educación, comienzan a multiplicarse las escuelas oficiales, difundiéndose el uso de la lengua árabe. Aparecen también centros de estudios superiores como la Kulliyyat al Salahiyya, que dio un gran impulso a la lengua árabe. Muy pronto surgen también instituciones de enseñanza no confesionales como Al Madrasa al Dusturiyya (La escuela constitucional), fundada por Jalil al Sakanini en 1909.
La aplicación del Mandato británico sobre Palestina favoreció el desarrollo de la enseñanza de las misiones extranjeras y de grupos confesionales minoritarios, mientras que ejerció un severo control sobre el sistema educativo musulmán que era el mayoritario, limitando la forma de enseñanza y de la cultura nacionalista.
Es en ese contexto que hay que entender el hecho de que no existiera una universidad oficial árabe palestina, autorizándose sin embargo la creación de la universidad hebrea a mediados de la década de 1920. La población por esa fecha era de 757 mil 182 palestinos, de los cuales 590 mil eran musulmanes, 73 mil 014 cristianos, 83 mil judíos y 9 mil 474 ciudadanos de otras religiones.
Numerosos palestinos tuvieron que trasladarse en consecuencia a Beirut, Trípoli (Líbano) y El Cairo a proseguir sus estudios superiores sin ningún apoyo estatal. Las clases sociales más desfavorecidas ya no pudieron acceder a ese nivel. Sin embargo, y pese a todas las trabas y dificultades, a finales de la época de 1940, la tasa de escolarización entre los niños mayores de siete años era del 30% en las áreas rurales y de alrededor del 45% en los centros urbanos, porcentaje sólo superado por Líbano en el Mundo Árabe de la época.
La etapa de la ocupación colonial británica que comienza en 1918 es de resistencia soterrada, de dolor, de frustración, de la llaga del recuerdo. No es un proceso pasivo, sino de altísima tensión, de vivencias escondidas que buscaban romper las barreras de contención. Era la etapa de preparación.
Los escritores palestinos debían expresar el dolor de su pueblo, pero al mismo tiempo estaban obligados a iluminar senderos para el futuro, retomando quizás la antigua tradición profética palestina. Muchos de ellos son figuras emblemáticas, tales como Abdel Rahim Mahmud, Mahmud Ibrahim Tuqan, Abu Salma, Fadua Tuqan, Mahmud Darwish, Samih Qasim, Emil Habibi, Gassan Kanafani.
Con excepción de estos dos últimos, todos son poetas. Habibi y Kanafani son narradores, que escriben cuentos cortos y posteriormente relato novelado, coincidiendo con los poetas en el emocionado y estremecedor sentimiento realista de lo palestino. Parte de la obra de Kanafani, nacido en 1936 en Acre, y asesinado por un comando israelí en 1972, se inserta con el trabajo de los ensayistas, con los críticos e historiadores, que nos dan a conocer en forma cabal la evolución de la cultura palestina bajo la ocupación y la falta de libertad de expresión a la que son sometidos en forma implacable.
La generación que surge bajo la ocupación israelí actual es fruto de una infancia expulsada y desposeída, de escuelas creadas en las carpas de los campamentos de refugiados y en el exilio, y madura, en el caso de los poetas, en el marco del verso libre que ha brotado con inusitada fuerza en Iraq. Esta poesía va adquiriendo profundidad y sorprende a la crítica especializada. De ella se admira la capacidad para universalizar el dolor y la nostalgia palestinos, su fibra resistente, su originalidad y su sencilla y cautivante hermosura, “creada para combatir en defensa del alma y la piel”.
Es una poesía que está escrita en los ojos de los niños, que a pesar de todo siguen jugando días y más días, sin esperanza, en los campos de refugiados, junto a la madre avejentada y el padre ocioso, con los ojos ya eternamente humedecidos por el hondo destello, por el suave temblor de los confines, tan cercanos y lejanos al mismo tiempo. Niños que, como sus padres, no han tenido culpa de nada. Son artistas que han preferido permanecer en la tierra ocupada, exponiéndose a la permanente represión de las autoridades israelíes. La cárcel les es familiar, y sus publicaciones han circulado en la semiclandestinidad en su mayor parte. Es a Gassan Kanafani a quien debemos el conocimiento del trabajo de estos poetas, un puñado apenas, pero con un impresionante apoyo de su pueblo que se quedó a luchar. En un sorprendente libro que vio la luz en 1966, el mundo occidental descubre a los poetas de las resistencia palestina, que nos pintan con pinceladas crudas el horror y el drama que están padeciendo, pintura impregnada sin embargo de una terrible belleza.
La inmensa simpatía que ha despertado esta poesía naturalmente está expuesta a modificaciones en el futuro, ya que se ha estructurado en el fragor de la lucha. Seguramente, después, sobrevivirá la verdadera poesía palestina.
La tremenda presión ejercida actualmente sobre los palestinos por parte de las autoridades israelíes, una casta de generales liderada por Ariel Sharon, educada en el mito de la redención de la tierra, es parte de un plan que tiende a eliminar a los palestinos del centro de la atención mundial primeramente, y esperar que las circunstancias mundiales maduren para que las matanzas, el hambre, las evacuaciones forzosas y las migraciones obligatorias de los palestinos vayan diezmando su población y debilitando su resistencia.
El plan incluye además la división de los territorios palestinos ocupados en 64 celdas aisladas, cada una asignada a una fuerza militar especial que actuará con poder total, con el fin de aislar las comunidades palestinas entre sí, como paso previo para la toma total del poder en esos territorios.
Como consecuencia de esto, un nuevo término árabe es acuñado y conocido en estos días por la opinión pública mundial, es el SUMUD. Esta palabra es la que mejor expresa la resistencia callada e interna, el dolor profundo de este pueblo estoico. Aferrarse a la tierra, con todas las fuerzas, “con los dientes” si necesario fuera, es la consigna palestina.
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Alejandro Hamed Franco nació en Asunción, Paraguay, en 1934. Historiador y diplomático, fue ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Fernando Lugo. Eterno Femenino Ediciones ha publicado El calvario palestino: consecuencia de la expansión europea y la antología La intifada palestina y su poesía (originalmente publicada por Arandura Editorial, Asunción, 2002), cuyo prólogo es este ensayo.