RIQUEZA BAJO EL SOL / 348
Muchos piensan que llevar “lonche” a la parcela es cosa de pobres. Yo no lo veo así. Llevar el lonche al rancho es de gente verdaderamente rica: rica en tiempo, en amor y en momentos compartidos. Es de esas riquezas que no se miden con dinero, sino con recuerdos. Cuando digo: “Yo le llevaba el lonche a mi papá”, inmediatamente me transporto a escenas llenas de risas, aprendizajes y cariño familiar.
Recuerdo que mi mamá me despertaba muy temprano. Encendía su pequeña bocina y ponía su música favorita a todo volumen para asegurarse de que ya no pudiera seguir dormida. Teníamos que ir por la masa para preparar la comida de mi papá, quien desde antes del amanecer ya estaba trabajando en el campo. Se iba cuando aún estaba oscuro, para ganarle al sol y avanzar antes de que el calor se volviera más intenso, acompañado de sus hermanos.
Alrededor de las nueve de la mañana salíamos a llevar el lonche. Iba con mis primos y mi tía. Mi mamá siempre preparaba algunos taquitos extra para que nosotros también pudiéramos sentarnos a comer junto a mi papá. A esa hora todavía se veían los pequeños ciempiés sobre el camino, y recuerdo cómo jugábamos para ver quién pisaba más antes de llegar.
Cuando llegábamos, gritábamos para avisar que ya estábamos ahí. Ellos dejaban lo que estaban haciendo para sentarse a comer con nosotros, aunque muchas veces nosotros, los niños, llegábamos con más hambre que ellos. Después, nos quedábamos platicando mientras descansábamos
un poco. Luego ayudábamos en lo que se pudiera: juntar leña o colaborar en alguna tarea sencilla.
Hubo una ocasión en la que quise aprender a cortar limón, y mi papá me enseñó. Parecía fácil, pero me arañaba las manos; ahí entendí que en el campo también se aprende, no sólo a trabajar, sino a tener paciencia y cuidado. En temporada de papaya, me gustaba envolverlas en periódico porque me parecía divertido. Lo que no me gustaba era estibarlas, porque tenían que aventarse de un lugar a otro y yo me sentía torpe para atraparlas; temía que se cayeran y la fruta se lastimara.
Ir al rancho siempre ha sido una experiencia sanadora. Estar cerca de la naturaleza nos conecta con lo que somos y con aquello a lo que pertenecemos. Aprender cómo crece cada fruto es valioso, pero más valiosos aún son los recuerdos que esos momentos dejan. Son instantes que, con el tiempo, no vuelven a repetirse.
Hoy comprendo que no sólo llevábamos comida entre las manos; llevábamos presencia, cariño y un pedacito de hogar hasta el corazón del campo. En cada paso bajo el sol, entre el polvo y la tierra, iba sembrando, sin saberlo, aquellos recuerdos que algún día serían refugio para mi alma.
Ahora que el tiempo ha pasado y la vida avanza con prisa, entiendo que aquellos momentos fueron tesoros disfrazados de rutina. Cada vez que escucho una canción sonar fuerte por la mañana o percibo el aroma de la tierra húmeda, algo dentro de mí se detiene. Vuelvo a ser esa niña que corría entre surcos, con el lonche en las manos y el corazón ligero, creyéndose pequeña.sin imaginar que estaba viviendo una de las grandezas más puras de su vida.
Y entonces lo entiendo todo: la verdadera riqueza nunca estuvo en lo que llevábamos para comer, sino en el amor que nos reunía bajo el mismo sol. Tal vez no éramos ricos en dinero, pero éramos “y seguimos siendo” inmensamente ricos en vida.
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Adamary García Fernández es originaria del municipio de Papantla, Veracruz.