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LA EXCEPCIÓN CHIAPANECA. ESCRITURAS EN LENGUAS ORIGINARIAS ANTE LA CULTURA DOMINANTE / 349

HERMANN BELLINGHAUSEN

Existe un cierto consenso en que la nueva escritura literaria en lenguas mexicanas cobró impulso a principios de los noventa del siglo pasado. En poco más de tres décadas la producción literaria y la presencia cultural de poetas, narradores, intelectuales, artistas y activistas indígenas salió de los márgenes para conquistar un prestigio y ejercer una influencia insoslayables. A partir de 2018 ocupan una parte visible de la retórica y la propaganda oficiales, pero eso es resultado de sus esfuerzos y luchas. No se puede hablar de un fenómeno uniforme, ni siquiera único. Admite tantas lecturas como la variedad de lenguas y orígenes regionales de las obras que conforman este nuevo ámbito de la literatura mexicana, circunscrita hasta hace poco a la lengua oficial, herencia de la colonización española que durante cinco siglos ha intentado suprimir a más de setenta idiomas originarios.

Una de las expresiones más intensas y bienaventuradas ha sido la de los escritores mayas y zoques de Chiapas. Otras regiones y universos lingüísticos llevan adelante la creación literaria y la recuperación de la palabra original con brío, notablemente Oaxaca y el centro del país (nahua-otomí). La península maya y la Montana de Guerrero han cobrado impulso legítimo e independiente. En el área totonaca y nahua de Puebla y Veracruz parece crecer una nueva oleada de intentos literarios, no siempre bilingües.

Con el tiempo transcurrido ya se puede hacer un cierto corte de caja de lo creado en diversas manifestaciones de la nueva escritura en lenguas originarias. La experiencia chiapaneca aparece como única en varios aspectos.

LA AVENTURA DE UN IDEALISTA

José Antonio Reyes Matamoros, escritor y promotor independiente, jugó un papel cardinal en la excepción de la literatura maya y zoque en Chiapas. Escritor y activista radicado en San Cristóbal desde finales de los años ochenta, pronto se convirtió en impulsor del arte y la cultura al fundar, junto con su campanera Maura Fazi Pastorino, el Espacio Cultural Jaime Sabines, conocido como Los Amorosos. Suerte de pena, bar y restaurante, permitía el encuentro de artistas e intelectuales visitantes o radicados en la entidad. Iniciaba apenas sus seminales diplomados en creación literaria para escritores kaxlanes en ciernes cuando súbitamente, de ser un recinto “provinciano” y bohemio, pasó a receptáculo de un torrente que venía creciendo y estalló el año nuevo de 1994.

En un ensayo publicado en 2005, Reyes Matamoros señalaba: “El alzamiento hizo posible las condiciones de afirmación del ente étnico, ni supremacía ni racismo. Sencillamente, parte de los pueblos originales decidió hacer uso de la palabra por la vía armada y esa acción provocó que los sectores más ágiles intelectualmente se pusieran a la vanguardia del quehacer creativo” (“La literatura chiapaneca a raíz del levantamiento de 1994”, revista Replicante). Los Amorosos se convierte en amigable punto neurálgico para los políticos, activistas, periodistas e intelectuales que se lanzaron al Chiapas insurgente. A la vez crece la presencia de escritores y escritoras en ciernes provenientes de los pueblos mayas. Sin exagerar, algunos pasan de meseros a talleristas, y con el tiempo publican poemas y relatos de gran valor.

La primera organización de este tipo había sido la Unidad de Escritores Mayas Zoques (Unemaz), uncida al presupuesto de los gobiernos priístas. En 1993 José Antonio establece la Escuela de Escritores. No tardó en ver que el quehacer creativo resultaba problemático para los hablantes de idiomas mayas o zoque. “Las organizaciones de escritores e intelectuales indios en Chiapas apenas tenían cierta vida, contaminada de paternalismo y con métodos de trabajo artesanales, difusos, sin exigencias, estancados en la tradición oral”. Los talleres y “la visita de afamados escritores fueron insuficientes, y en no pocos casos resultaron utilizados los escritores mayas y zoques”. Apunta que es hasta la fundación del Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas (CELALI) en 1997 y su acercamiento con la Escuela de Escritores fundada en 1993, que comienza la formación y capacitación de escritores “de manera más exigente y metodológica”.

Ya entonces logra percibir que la resonancia de los escritores e intelectuales mayas y zoques rebasa el ámbito local, “como extraña pieza literaria al nivel de difusión y competencia de la mejor literatura producida en México y en América Latina”. Los escritores “han pasado del peticionismo en su organización a la discusión de construcciones estéticas”. Esto le permite afirmar “que el proceso de organización de los escritores mayas y zoques está íntimamente ligado al grado de exigencia de los pueblos indios y a la discusión y el proceso fáctico del alzamiento de 1994”.

Maura Fauzi recapituló en 2023: “El periodo más fructífero de José Antonio fue su estancia en San Cristóbal de Las Casas, la fundación de su Espacio Cultural Jaime Sabines (Los Amorosos) y sus generaciones de escritores egresados. Aquí traduce los Acuerdos de San Andrés (con un equipo de hablantes de las lenguas tsotsil, tseltal, ch’ol, tojolabal, y con Andrés Aubry) en pleno alzamiento zapatista”. Alejandro Aldana Selshopp resume: “Su trabajo consistía en la formación de cuadros”.

No está de más mencionar el impacto literario de la expresión zapatista y la novedosa escritura del subcomandante Marcos, con su ágil fluir digamos que intercultural, en narrativa, análisis, polémica, poesía, sátira y denuncia. José Antonio fue muy receptivo a este aporte literario, lo mismo que los autores y autoras que trabajaban con él, que los acercó a la mejor escritura en castellano, lo que agrega valor a sus versiones en dicha lengua.

 

UN CLIMA GENEROSO

Destacan el desinteresado entusiasmo y el compromiso de Reyes Matamoros en la ebullición de Chiapas entonces, pues alumbra y explica la excepcionalidad del ámbito donde florece la literatura maya y zoque. Egresados tempranos de su escuela son Nicolás Huet, Josías López, Enrique Pérez López, Juana Peñate, Ruperta Bautista y Andrés López Díaz, entre otros. En los Altos de Chiapas, Armando Sánchez Gómez también ha ejercido un magisterio singular entre tsotsiles y tseltales. Fueron publicando y destacando Alberto Gómez Pérez, Juan Álvarez Pérez, Marceal Méndez, Diego Torres Sánchez, Manuel Bolom Pale, Enriqueta Lunez y Mikeas Sánchez.

Los torrentes siguieron creciendo. Ya entrado el nuevo milenio se dan a conocer Miguel Pérez Sántiz, Rosy Vázquez, Angelina Suyul, Adriana López, Canario de la Cruz, Antonio Guzmán López. También Xun Betan anima el clima literario en San Cristóbal. Tras un predominio de la poesía que nos ha dado un corpus admirable, resulta alentadora la escritura y la presencia de los nuevos prosistas Mikel Ruiz, Delmar Penka, Cristina Patishtán y Victoria Díaz.

Algo que suele no considerarse es la privilegiada cercanía que tuvieron los escritores y escritoras mencionados (y los que se me escapan) con figuras importantes de la literatura nacional y chiapaneca. No encuentro un parangón en otras regiones, ni siquiera en Oaxaca y el papel de Francisco Toledo. Piénsese que entre espacios como Los Amorosos, la efervescencia zapatista, la creatividad del Taller Leñateros impulsado por la poeta Ámbar Past y la acelerada visibilización de los pueblos tseltal, tsotsil ch’ol, tojolabal y zoque, dos o tres generaciones de creadores y promotores indígenas convivieron en igualdad y cercanía cotidiana con algunos poetas definitivos de Chiapas como Juan Bañuelos, Óscar Oliva y Javier Molina, así como los grandes historiadores Jan de Vos y Andrés Aubry, antropólogos como Arturo Lomelí González, la colaboración con Pablo González Casanova Henríquez y el importante lingüista Giles Polian, a más de la lección directa de Carlos Montemayor en Chiapas, Yucatán, Oaxaca y la Ciudad de México.

José Antonio fungió hasta su muerte en 2010 como pararrayos y facilitador de esta riqueza literaria e intelectual. Antepuso la formación y promoción de los autores emergentes a su propia obra, que apenas comienza a ser divulgada. Su huella se extiende a través de la muy activa asociación Abriendo Caminos “José Antonio Reyes Matamoros”, que reúne en plena horizontalidad a escritores de los pueblos mayas con los poetas y escritores no indígenas Alejandro Aldana Selshopp, Pedro Faro, Ulises Córdova, David Andrade, Liz Sénz, Luz Horita, Norma Vargas, Chary Gumeta, Roberto Rico y otros. En conjunto, y más allá de la moda centralista de las culturas y las artesanías indígenas en México, la experiencia chiapaneca en su epicentro en Jovel ha sido muy afortunada. Un work in progress colectivo.

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