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LA HISTORIA DE LA SIERRA EN LA VOZ DE DON MANUEL CRUZ

ELIANA ACOSTA MÁRQUEZ

El 16 de abril de 2026 falleció don Manuel Cruz Oliver, defensor del territorio de Papaloctipan, comunidad totonaku de la Sierra Noroccidental de Puebla. Es difícil caracterizar a un hombre que a lo largo de sus 83 años ejerció diversas labores, así como diferentes cargos y compromisos en su comunidad.

Su voz y presencia resuenan en múltiples conversaciones y enseñanzas —algunas de ellas me permitieron registrar como parte de mi trabajo y compromiso con el Consejo de Mayores— y también en memorias y corridos que legó a su comunidad. Esa voz propia, la cual, siguiendo a Mijail Bajtin, “participa en él no sólo con todos sus pensamientos, sino con todo su destino, con toda su personalidad”. Además de una conciencia situada que encarna un punto de vista éticoideológico, expresa otras voces como parte constitutiva de “la naturaleza dialógica de la conciencia, de la misma vida humana”. Su voz participa de ese diálogo inconcluso legado por otros, de lo dado, para hacerlo propio y crear nuevos sentidos, únicos e inéditos. En esa frontera se entrecruza esta historia que aquí resuena desde esa trama, en homenaje a él y a su legado.

A don Manuel lo conocí como fundador e integrante del Consejo de Mayores y también como defensor de la tierra y del territorio, una de sus tantas facetas y compromisos con su comunidad. Desde los 12 años trabajaba con su papá en labores del campo y ya sabía “afilar el machete” y trabajaba de “mecatero”, cargando leña en la espalda con su mecapal, además de que en esa edad aprendió a hacer milpa. Él mismo recuerda que “éramos campesinos desde la edad de la niñez” y rememora que en ese tiempo, cuando no había escuela, los papás se organizaban para pagar a “maestros emergentes” que ensenaba a niñas y niños de distintas edades. A él le ensenó la maestra Clelia Ríos el español y también a escribir; de esa mujer con nombre de río aprendió el gusto por la escritura que lo acompanó durante toda su vida.

A los 17 años, a la vez que trabajaba como jornalero, se dedicaba a la actividad de la arriería con su papá y con sus diecisiete mulas recorrían la Sierra y cruzaban arroyos y montañas, trayendo y llevando diversos bienes cuando sólo había veredas y el camino real. Ya casado a sus 21 años empezó el trabajo “más duro” pues había que dar de comer a los doce hijos que crió con su esposa. Empezó con el cultivo de la cana y hacer panela, además de aprender la manufactura del refino. Afirma don Manuel que era un trabajo “muy pesado, muy pesado, pero lo hice, molí trece años en la caña de azúcar. Hice panela durante trece años. Acumulaba yo en aquel tiempo diez toneladas de piloncillo”.

Después vino el tiempo del café, un buen momento para los campesinos de la región cuando existía el Instituto Mexicano del Café (Inmecafé). Don Manuel recuerda que llegó a cosechar y vender 12 toneladas de pergamino. Con la venta del café, además de mantener a una familia en crecimiento, pudo seguir comerciando otros productos aún en la arriería y también en una tiendita que abrió con su esposa.

A sus 29 años, en 1972, lo eligieron Presidente Auxiliar, aún por usos y costumbres; “el presidente más joven que hubieran nombrado en Papaloctipan hasta entonces”. Sobre lo cual puntualiza don Manuel: “Me gustó trabajar para mi pueblo” y fue así que inició una labor de servicio para la comunidad y también una lucha política que continuó hasta el último de sus días. En 1984 lo nombraron otra vez presidente; ambos periodos los rememora como “la lucha por los servicios”: entre la década de los setenta y principios de los ochenta, además de la construcción de más aulas de la escuela primaria, se logró fundar el prescolar y la telesecundaria y también por esos años se consiguió el registro civil y la construcción de una clínica de salud por IMSS Coplamar. La energía eléctrica se inauguró en 1984, los postes para la electricidad fueron traídos cargando desde La Perla hasta Papaloctipan, ya que en ese entonces no había carretera y en faenas se acarrearon los postes por las veredas. Apenas en 1993 se empezó a abrir la brecha e inició la construcción de la primera carretera, la de Tlaxco, la cual se terminó hasta 1999. Al respecto don Manuel reafirma que todas las obras se lograron por organización de la gente de Papaloctiplan y sin contar con el apoyo de la cabecera municipal de Tlacuilotepec.

Actualmente Papaloctipan reivindica su derecho a la municipalidad como pueblo indígena y la recuperación de cerca de 15 mil hectáreas de tierra. El derecho territorial del pueblo indígena de Papaloctipan se encuentra sustentado en los Títulos del Pueblo de San Francisco Papaloctipan, documento de origen colonial fechado en 1714 y reconocido por la Real Audiencia, lo que le otorga validez jurídica como instrumento de reconocimiento de la propiedad comunal previo a la creación de México como Estado-Nación. La ratificación posterior de estos documentos por escribanos públicos en 1870 y la existencia de copias certificadas de 1903 refuerzan su vigencia en distintos regímenes jurídicos, lo cual demuestra la persistencia del reconocimiento legal del territorio indígena más allá del orden colonial. La preservación de los títulos para los papalenses demuestra la continuidad territorial, el carácter colectivo y el derecho ancestral a la tierra frente a procesos de despojo y reordenamiento territorial.

La lucha política de Papaloctipan no se entiende sin la expansión del caciquismo y su impacto, el cual tiene diversas expresiones en la región: el control económico de unas cuantas familias, que han acaparado las tierras y cada vez más las aguas, las cuales han promovido el cambio de uso de suelo para favorecer la ganadería extensiva en detrimento de la producción de la milpa, la concentración de los cargos políticos y la compra de votos. Don Manuel y otros integrantes del Consejo de Mayores enfatizan que Papaloctipan ha luchado históricamente contra la cabecera municipal de Tlacuilotepec debido a la imposición de autoridades y la corrupción en sus diversas formas. Esta situación de caciquismo, donde ciertas familias acaparan, mantienen el poder y se apropian del dinero público, se ha recrudecido durante los últimos 25 años, desde el año 2000 y bajo distintos partidos políticos. El último presidente auxiliar elegido por usos y costumbres fue en 1996, y a partir de 1999 las elecciones han sido controladas por el ayuntamiento de Tlacuilotepec.

Rememora don Manuel que cuando era niño en la década de los cuarenta la autoridad era encabezada por el Consejo de Anciaños y se integraba por los mayordomos, fiscales, los topiles mayores y menores, así como los semaneros. Parte de la autoridad era el adivino, a quien se le conocía como “compadre grande”. En ese tiempo no faltaba el Tawilat, “la fiesta de la fertilidad”, una “costumbre grande de todo el pueblo”, cuyo propósito central era propiciar la fertilidad. Con la participación de la mayor parte de la comunidad, se ofrecía comida y se bailaba durante quince días, tiempo en que se consagraban las semillas, animales y se solicitaban los dones a los “ídolos” del sol, el aire y el agua. Organizada por el adivino y los fiscales, el Tawilat también se llevaba a cabo en momentos de sequía o exceso de lluvias, en los que los “ídolos” con formas circulares alusivas a los astros se animaban con la danza y la música de violín y arpa.

Conocedor de la costumbre, don Manuel también fue violinista y compositor de corridos, le cantó a su tierra. En uno de sus corridos se escucha el sentir por su comunidad: “Soy orgulloso de ser un pueblo, de un pueblo viejo muy conocido, está ubicado sobre la mesa de un cerro alto donde he nacido. Republicano desde un principio, fue totonaco su gobernador y con los cambios fue municipio del que recuerdo con gran valor. Papaloctipan pueblo querido, lugar bonito, bendito por Dios, que por tus calles eres distinguido, en la región como tú no hay dos”.

En sus corridos y en sus escritos junto con la historia de su pueblo se encuentra el territorio, con sus marcas, historias y simbolismos. De sus antepasados escuchó aquel relato que él mismo nombró como “Historia ancestral de Papaloctipan”, sobre la cual dejó consignado por escrito: “La dispersión de los pueblos por las guerrillas y las epidemias que han existido a lo largo de los siglos motivó muchos cambios y la existencia de otros pueblos que formaron los habitantes indígenas de aquellos tiempos, como es el caso del Tutun Yacat, dicho en español ‘Tres lagunas’, hoy llamado Agua Zarca. En este lugar, ‘Tres lagunas’, hoy casi perdidas por la existencia permanente de ganado mayor, los carrizales que rodeaban aquellas lagunas desaparecieron, así como los pájaros migrantes acuáticos que pasaban por este lugar […]. La última laguna restante, el paso de la autopista la desfundó, hoy sólo queda la huella”.

Don Manuel legó múltiples historias, las cuales a su vez aprendió de otros que lo antecedieron, entre las cuales está la del Águila, una de las más significativas para los papalenses, un referente histórico y territorial para la comunidad. La historia refiere a una piedra con una figura con la forma de un águila que se encuentra en el Camino de Herradura, conocido también como el Lindero. Se cuenta que ahí el águila andaba buscando una base donde pararse para establecer la Ciudad de México. Llegó a este lugar, se paró en una piedra y dejó su huella plasmada con la marca de que ahí se fundaría México. Sin embargo, un arriero la espantó, y el águila voló y se fue a donde finalmente se posó, en un nopal devorando una serpiente. A pesar de que el águila se fue, dejó la marca de su huella en esa piedra donde también se encuentra un pocito, una fuente de agua. Sobre el Águila escribe don Manuel: “Desde lo más alto de la loma con que se cubre con su sombra Papaloctipan […] hubo una montaña, como en todas partes, una más grande y más alta, ahí se vino anidar un águila a la altura de la loma. En este lugar el ave dominaba a gran distancia con su poder visual, ahí permaneció por mucho tiempo. Cierta ocasión curiosamente le dijo el faisán al cojolite ‘algún día el águila nos va a acabar’. El cojolite le contestó al faisán ‘tienes mucha razón, todos los pájaros necesitamos hacerlo amigo para que ya no nos coma, necesitamos organizarnos para llevarle una orquesta entre todos nosotros’. Se regó la voz y prepararon para irle a festejar […] el cojolite gritaba, las chachalacas y el guajolote bailaban […] el colibrí y las golondrinas le peinaban el plumaje a la gran águila. Así pasó mucho tiempo. Pero como nadie es eterno […] un día ya no lo encontraron”.

Como escribió él mismo sobre el Águila, “nadie es eterno”, pero también se puede afirmar con toda evidencia que quedan las marcas de la existencia. Ésas no sólo perduran, sino que también se transforman y multiplican. Su voz y su presencia es parte de ese diálogo inconcluso y de la lucha intergeneracional, de la cual él recibió de sus antepasados y amplió con sus palabras y sus actos. Con la maravilla del encuentro de haber conocido a ese hombre extraordinario, como enunciaría otro defensor del territorio de la Sierra Norte, el doctor Camacho, encontraremos a don Manuel y a quienes ya se han ido, “como luz de estrella en la noche y en el día como el sol que alumbra nuestro camino”.

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